«No fue más que un palurdo con talento»

Redacción

Por Redacción

«Elvis era un enigma», escribe Martin Torgoff (uno de sus tantos biógrafos), «una paradoja que andaba y respiraba». No, de eso nada. De hecho dada las circunstancias, es difícil imaginar a alguien más rematadamente trivial. No fue más que un palurdo con talento destruido por el éxito: ¿qué hay de nuevo en eso? Lo único que lo distinguió fue la vigorosa diligencia de su sumisión a las drogas, las mujeres, el dinero y la megalomanía, y la facilidad con que tales excesos coexistían con su gusto natural por una rebuscada espiritualidad y su grandioso machismo sureño.

(…) Entre gira y gira, solía volver a la calma y la elegancia de Graceland. Allí todo era decencia matriarcal: un ambiente de jocosa rudeza con los muchachos, barbacoas abstemias junto a la piscina, rezos comunitarios y una serie de emociones familiares terroríficas por su intensidad y su variedad. En Graceland, además, Elvis podía entregarse a su afición por la religión y la parapsicología. Estaba convencido de que tenía poderes psíquicos, y los miembros de su entorno, al parecer, se pasaron muchas aburridas horas fingiendo que podía leerles el pensamiento. También estaba seguro de «obrar milagros». Se preocupaba mucho por la vida ultraterrena, y en sus ensueños -de bastante mal gusto- acariciaba la idea de reunirse con su difunto hermano gemelo y su muy llorada madre. Con todo, seguía viviendo del modo que le gustaba, envuelto en una niebla cada vez más espesa de drogas y aburrimiento. Había, como siempre, una chorba de dieciocho años en su cama, la mañana en que se murió en el cuarto de baño, justo al lado. «Mi niño ha muerto! ¡Mi niño, Dee!», exclamó Vermon.

 

De «La guerra contra el cliché. Escritos sobre la literatura», de Martin Amis. Anagrama. Colección Argumentos.


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