“No fue un accidente”

-Winston Churchill confiesa en sus memorias que cuando leyó “Mein Kampf” (”Mi lucha”), de Hitler, se dijo: “Tenemos un problema, este libro es un programa concreto de poder”. Aunque no es tema central de la investigación de ustedes, “Mein Kampf” emerge ahí como la lectura que cohesionó a los alemanes con Hitler. ¿En “Mein Kampf” comienza el Holocausto?

-No en términos prácticos, claro. Pero Hitler no era adicto a las metáforas a la hora de explicarse, definirse. En consecuencia, en su libro está lo que piensa del pueblo judío. Y está claro. Lo demás lo dijo la historia. Lo que sí dejamos nosotros en claro en nuestra investigación es que la popularidad de Hitler como también su acceso al poder no puede decirse que fueran la consecuencia de la fobia que sentía por los judíos. Pero esto no es contradictorio con que esa fobia también le sirviera a sus planes de llegar al poder. También es cierto que encontró un pueblo -el alemán- necesitado de buscar culpas por la derrota de Alemania en la Primer Guerra Mundial. Y esa búsqueda tuvo una única dirección: el pueblo judío. Y sí, Churchill tuvo razón al encontrar en “Mein Kampf” un proyecto concreto de poder…

¿No cree que reducir la causa del antisemitismo alemán a la derrota de Alemania explica poco sobre el surgimiento del nazismo o, en todo caso, explica sólo una parte?

-Sí, hay mucho de reduccionismo en esa explicación. No cierra sólo con eso…

-¿Está entonces de acuerdo con la opinión del inglés Ian Kershaw en cuanto a que Hitler no es un accidente en la vida alemana?

-Por supuesto. Hitler es un activo emergente de toda una cultura, un poder político, una sociedad que venía acumulando, a pesar de su fortaleza, la frustración -aunque no sé si ésta es la palabra adecuada- de no ser un protagonista excluyente en la Europa de finales del XIX y comienzos del XX. Todo un estado de ánimo que se venía expresando incluso en su filosofía, su literatura, su plástica…

-En un tramo del prólogo suyo al libro que escribe con Hernán Dobry, usted señala que el concepto de “la verdad” es, de hecho, el núcleo duro de la definición de nazismo. ¿”La verdad” en alcance como única, como exclusión de cualquier otra mirada de reflexión?

-Con descarte de toda duda. El nazismo es presencia, actividad intensa desde la perspectiva intelectual, de certeza y más certeza sobre lo que piensa y hace. Yo escribí que, en ese marco, el que duda desafina. Y de hecho se convierte en un enemigo de la esencia nazi. Es la mentira. No puede prosperar, no debe dejarse el espacio como para que se asiente, prospere. Hay que neutralizarla vía la persecución, la muerte. En esta tarea, alineado a ese objetivo de liquidar toda subjetividad, el nazismo se enlaza con el integrismo… Yo hablo de “sinfonía macabra”…

-¿Una religión? Religión en clave a construir desde el prejuicio sobre lo diferente, a “cerrado de sacristía”, como sostiene Fernando Savater.

-En clave a un substrato en el que se combinan lo teológico y lo ideológico que aportan para construir una imagen de un Dios arbitrario, omnipotente que en los papeles -por así decir- somete la subjetividad, la conciencia. Un Dios y sus fieles para los cuales la verdad es el enemigo central, peligroso… Este desquicio cultural y político generó coherencia en los nazis. En todo lo que hicieron, dijeron. Y este desquicio fue propio de la dictadura militar. Quedó muy bien patentizado en el Juicio a las Juntas Militares y de ahí en adelante. Todo aquel que sostenía que los militares torturaban, asesinaban, desaparecían, mentían. En consecuencia, era enemigo de las Fuerzas Armadas y, por lo tanto, de la patria, al margen que se le acreditaban -vía esa “mentira”- intenciones perversas, peligrosas para la salud de la Argentina… Era un subversivo. Y había que sacarlo de juego…


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