No nos creen
Es comprensible que el FMI y EE. UU. se resistan a otorgarnos otro paquete de ayuda, que sólo serviría para subsidiar "la política" criolla.
Los que suponían que, por enésima vez, el FMI tan odiado no tardaría un solo minuto en facilitarnos diez mil millones o, quizás, quince mil millones de dólares «frescos», ya no pueden ocultar su fastidio. Lejos de tomar la aprobación parlamentaria de la ley de Déficit Cero por evidencia irrefutable de la voluntad de la clase política nacional de hacer un esfuerzo serio por superar la crisis económica, tanto los funcionarios del Fondo como los líderes de los países más ricos han querido saber exactamente cómo se propone instrumentarla y, lo que es más insultante aún, algunos insisten en la necesidad de contar con algo más tangible que palabras. Si bien por razones diplomáticas nadie, ni siquiera el secretario del Tesoro estadounidense Paul O»Neill, parece dispuesto a confesarlo, la verdad es que los responsables de organizar el rescate dan por descontado que los negociadores argentinos ya son mentirosos, ya se sienten tan desesperados que prometerán hacer cualquier cosa que se les pida aunque saben que les será virtualmente imposible cumplir con sus compromisos.
La opinión de los salvadores en potencia extranjeros, pues, coincide casi perfectamente con aquélla de una amplia mayoría de la ciudadanía argentina, pero mientras que ésta parece haberse resignado a ser representada y gobernada por gente a la que desprecia, quienes están en condiciones de ayudar no se sienten obligados a seguir tolerando sus chicanas. Si no fuera por el peligro que plantea a los mercados internacionales el estado caótico de las finanzas del país, ya se hubieran negado a prestarnos un solo dólar más. ¿Por qué deberían hacerlo? La Argentina no es víctima de una catástrofe natural de dimensiones apocalípticas o de una guerra devastadora ni nada por el estilo, sino de largas décadas de crasa irresponsabilidad política. Además, aunque los artífices del desbarajuste derraman lágrimas de cocodrilo cuando aluden a las penurias de sus compatriotas, no cabe duda alguna de que el país cuenta con los recursos materiales precisos para atenuarlas. Por cierto, no es culpa ni del FMI ni los Estados Unidos que tantos individuos nunca hayan pagado sus impuestos, que los «dirigentes» hayan resultado totalmente incapaces de organizar algo tan sencillo como un seguro nacional contra el desempleo, que desde hace décadas tantos hayan hablado maravillas del valor de la educación sin hacer ningún intento de mejorarla, que caciques políticos siempre hayan privilegiado a sus parientes, amigos y clientes a costa de los demás, que la Argentina se haya permitido transformarse en uno de los países más corruptos -acaso el más corrupto- de todo el mundo civilizado.
Frente a este panorama desolador, es más que comprensible que el gobierno estadounidense, sus equivalentes europeos y los mandamás del FMI se hayan resistido a armar enseguida otro paquete de ayuda gigantesco que, a menos que lo manejen ellos mismos, sólo serviría para subsidiar «la política» criolla. Como dijo O»Neill: «Estamos trabajando ahora para encontrar la manera de crear una Argentina sostenible, no sólo una que continúe consumiendo el dinero de los carpinteros y de los plomeros en Estados Unidos …». Claro, para quienes están plenamente consustanciados con el país que efectivamente existe, se trata de otro agravio, de una nueva manifestación de desdén por «la Argentina», pero por molesto que pueda resultar que otros lo hayan dicho no cabe duda alguna de que la actitud del funcionario norteamericano se ve compartida por todos los conscientes de la gravedad de la crisis en la que nos hemos metido. Por desgracia, salir de ella no será fácil en absoluto. Es más: será imposible mientras la clase política nacional no entienda que le corresponde representar al país en su conjunto, no sólo a sí misma. Hasta ahora, no ha dado muchas señales de estar decidida a modificar radicalmente su forma de actuar, pero a menos que cambie muy pronto la única solución democrática concebible sería que la ciudadanía, en su condición de soberana, optara por marginar a los demagogos rapaces que tanto han contribuido a la ruina de su país, sustituyéndolos por otros que sean más honestos y en consecuencia más realistas.
Los que suponían que, por enésima vez, el FMI tan odiado no tardaría un solo minuto en facilitarnos diez mil millones o, quizás, quince mil millones de dólares "frescos", ya no pueden ocultar su fastidio. Lejos de tomar la aprobación parlamentaria de la ley de Déficit Cero por evidencia irrefutable de la voluntad de la clase política nacional de hacer un esfuerzo serio por superar la crisis económica, tanto los funcionarios del Fondo como los líderes de los países más ricos han querido saber exactamente cómo se propone instrumentarla y, lo que es más insultante aún, algunos insisten en la necesidad de contar con algo más tangible que palabras. Si bien por razones diplomáticas nadie, ni siquiera el secretario del Tesoro estadounidense Paul O"Neill, parece dispuesto a confesarlo, la verdad es que los responsables de organizar el rescate dan por descontado que los negociadores argentinos ya son mentirosos, ya se sienten tan desesperados que prometerán hacer cualquier cosa que se les pida aunque saben que les será virtualmente imposible cumplir con sus compromisos.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora