No será tan sencillo

El Occidente se dañaría a sí mismo de manera irreparable si sus líderes optaran por organizar una nueva cruzada contra todo el "Islam".



El presidente estadounidense George W. Bush se ha comprometido a librar una guerra victoriosa contra el terrorismo internacional, el Congreso de su país le ha dado su apoyo virtualmente ilimitado suministrándole 40 mil millones de dólares adicionales, han sido convocados cincuenta mil reservistas y la mayoría de los gobiernos del mundo ha manifestado su voluntad de colaborar. Sin embargo, aunque está armándose una coalición militar más impresionante que aquella que puso fin al nazismo, el fascismo italiano y el imperialismo japonés, en esta ocasión el enemigo no consiste en una gran potencia a la cual sea posible derrotar destruyendo sus ejércitos y bombardeando sus ciudades. De quererlo, los Estados Unidos y sus aliados podrían reducir a cenizas a Afganistán, Irak, Siria y, por si acaso, Corea del Norte, sin eliminar la amenaza terrorista: una ofensiva del tipo que según parece tienen en mente los estrategas militares equivaldría a haber bombardeado la Argentina con el propósito de aplastar a los montoneros. Asimismo, el “Occidente” se dañaría a sí mismo de manera irreparable si sus líderes optaran por organizar una nueva cruzada contra todo el “Islam”.

Mal que les pese a los deseosos de que la represalia sea más impactante que la masacre llevada a cabo por los atacantes, para que la lucha contra el terrorismo tenga éxito, la fuerza militar convencional importará menos que la inteligencia, en ambos sentidos de la palabra. Podría resultar necesaria la ocupación militar de algunos países con régimenes que manejan a grupos terroristas o que por los motivos que fueran les permiten operar en su territorio, pero convendría que desde el primer momento los ocupantes disfrutaran de la plena colaboración de dirigentes opositores locales o, si esto es imposible, subrayaran que su único interés consiste en construir una democracia respetuosa de la ley y de los derechos de los habitantes. Por supuesto que sería forzoso aplicar con severidad leyes destinadas a prohibir la prédica del odio étnico o religioso que de todos modos serían similares a las ya imperantes en muchos países democráticos, entre ellos el nuestro, en los que la propaganda nazi o racista no es considerada tolerable. En algunas partes -como Pakistán- dicha lucha podría resultar tan difícil y tan autoritaria como hubiera sido un esfuerzo por desnazificar a Alemania en 1939, pero si están hablando en serio quienes se han proclamado resueltos a eliminar el terrorismo en el mundo entero no les quedará otra opción que emprender un proyecto igualmente ambicioso.

Además de obligar, por las buenas o, si esto no resulta, por las malas a todos los gobiernos a hacer cuanto sea necesario para asegurar que ningún grupo en ningún lugar del mundo esté en condiciones de emular al responsable del ataque a Nueva York y Washington -objetivo que requeriría un grado de transparencia sin precedentes en países como China-, las potencias occidentales, empezando por Estados Unidos, tendrán que invertir muchísimo más en inteligencia policial y militar. Cuando en 1993 se produjo el primer atentado contra las Torres Gemelas, los norteamericanos se enteraron de que apenas contaban con agentes capaces de entender el idioma árabe, lo cual, en vista de la inmensa importancia estratégica y económica del Medio Oriente, para no hablar de los peligros planteados por el “fundamentalismo”, fue realmente asombroso. A partir de entonces, poco ha cambiado. Puesto que desde hace muchos años norteamericanos influyentes han estado instruyendo a sus compatriotas y otros sobre lo crucial que es la relación de su país con el mundo islámico, a esta altura deberían haber miles de funcionarios de origen no musulmán que, además de haber aprendido las lenguas correspondientes, se hubieran familiarizado con los detalles sociales, políticos y culturales de la región. Tal vez el mayor conocimiento del Medio Oriente no les hubiera permitido frustrar los atentados sincronizados del 11 de setiembre, pero por lo menos reduciría el riesgo de que la “guerra” anunciada por Bush se concentrara no en los enemigos auténticos de la convivencia civilizada, sino en civiles tan inocentes como los que fueron asesinados en Estados Unidos.


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