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“Normalizar”

El gobierno se dio cuenta recién ahora de la ingobernabilidad en la Secretaría de Inteligencia.



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de domingo a domingo

El nombramiento de Parrilli al frente de la secretaría busca ejercer un mayor control político sobre los jueces.

Sólo se “normaliza” aquello que es anormal y habitualmente al gobierno le sucede siempre cuando está contra las cuerdas: quiere cambiar sobre la marcha e imagina un bolo punch salvador. A veces no tiene distancia para aplicarlo, pero la férrea vocación por ganar otra vez el centro del ring lleva al kirchnerismo a un nuevo embate, aunque tenga que cambiar sobre la marcha. El verbo “normalizar” es hoy referencia ineludible no sólo para hablar de los cepos instituidos en el mercado cambiario, que acaba de reconocer como distorsivos el recién ratificado titular del Banco Central Alejandro Vanoli, sino también para analizar la purga encarada por la presidenta Cristina Fernández en la secretaría de Inteligencia (ex-SIDE, hoy SI), una dependencia que, recién once años después, cuando las papas queman, el gobierno descubrió que se había vuelto ingobernable. Todo lo que se observa que está saltando por el aire en estos tiempos de extremas turbulencias es parte de la historia chapucera del kirchnerismo que, por trabas ideológicas que lo impulsan a ir siempre a contramano del mundo, por verticalismo extremo, por ineptitud manifiesta o por todo a la vez, suele mostrar poca vocación por la gestión y se enreda en controles sobre controles que le terminan complicando cualquier asunto. “Ni siquiera supieron gestionar sus propias matufias”, opinó ante DyN un politólogo de primerísimo nivel que analizaba las pifiadas de forma que se descubren a diario en cada una de las causas donde hay olor a corrupción. “O se creían muy vivos o impunes de por vida”, añadió mientras ponía al vicepresidente Amado Boudou como el paradigma más irresponsable del modus operandi. “Siempre fue un tiro al aire, desde joven”, dijo y lo definió como “poco hombre”, si es verdad que buscó timar a su exesposa para no dividir el valor de un automóvil en su divorcio. Pero no sólo este costado de amateurismo y chiquitaje le aportó Boudou al gobierno, sino que en materia política le dio importantes dolores de cabeza, el primero con “el engaño” político que le hizo a la propia presidenta. Nadie admitirá en el gobierno que ella fue cándida pero, a la luz de los acontecimientos, es al menos lo que parece haber sido cuando hoy se recuerda que ella sola, basada en la “dedocracia”, lo nombró su vicepresidente. Para el analista, el caso Lázaro Báez ya es otra cosa, ya que el territorio y los negocios emparentan la cuestión directamente con Néstor Kirchner primero y, tras su muerte, con su hijo Máximo. El episodio Hotesur, derivado casi de una falta administrativa menor (la ausencia de balances ante la IGJ) que motivó un allanamiento muy publicitado del juez Claudio Bonadio en una oficina vacía en Buenos Aires, parece haber sido la gota que colmó el vaso de la presidenta y que blanqueó las hostilidades contra la Justicia. Ya no era el dinero “físico” que iba y volvía de Santa Cruz en valijas repletas de billetes de 500 euros que se pesaban ni estaba en la mira el valijero Leonardo Fariña o el primer dueño de la seudofinanciera La Rosadita, Federico Elaskar. Tampoco eran las cuentas bancarias en paraísos como Panamá o Seychelles o aun las 130 que parecen estar radicadas en Nevada, que los buitres dicen que son de Báez y Cristóbal López. Para Cristina, ahora se puso en juego otra cosa: Hotesur es propiedad de la primera familia y allí Báez y otros empresarios de Santa Cruz pagaron habitaciones que nunca nadie usó, uno de los ejemplos de libro más notorios del lavado de dinero. Más allá de la tradicional propensión política que tiene el kirchnerismo a victimizarse, está más que claro que Cristina está preocupada como madre para que las esquirlas del escándalo no alcancen sobre todo a su hijo Máximo, mucho más ligado que Florencia a la administración de los bienes de la sucesión. Según una interpretación, ésta fue la razón de fondo por la cual la presidenta se obsesionó con los jueces federales a quienes buscó parar con la asistencia de la SI. Para sus estándares, esa dependencia le negó su apoyo o no supo cómo hacerlo y de allí que se decidiera “normalizarla”. La historia hay que remontarla a los tiempos en que el expresidente Kirchner colocó al frente de la ex-SIDE a dos pingüinos de Santa Cruz, a Héctor Icazuriaga en la cúpula y a Francisco Larcher como subsecretario de Inteligencia. Las fuentes a las que accedió DyN señalaron que ambos pasaron estos años siendo más que leales al gobierno, aunque fueron “perforados” por la estructura, especialmente debido a la pelea que más abajo existía entre el director general de Operaciones, Antonio Stiusso, y el director del área de Reunión Interior, Fernando Pocino, hoy cercano al jefe del Ejército, César Milani, un hombre que está formado en la inteligencia militar. La necesidad de volver a tener el control político pleno del área y un reportaje que dio Stiusso la semana pasada a la revista “Noticias” porque, según un informante, “probablemente ya sabía lo que venía”, empujaron a la presidenta a colocar como número 1 (o “señor 5”) a un hombre de su extrema confianza, Oscar Parrilli, para que lo echara por “extorsionador”. En lugar de Larcher, Cristina nombró a Juan Martín Mena, un camporista joven, operador del gobierno en los Tribunales, quien era jefe de Gabinete del ministro de Justicia Julio Alak. Eso sí, de “normalizar” la inseguridad, la inflación, la pobreza, el parate productivo que amenaza el empleo, la falta de inversión o el avance de la droga nadie parece ocuparse.

Hugo Grimaldi DyN


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