Nubes sobre Vaca Muerta
SEGÚN LO VEO
Desde hace un par de años, buena parte de la clase política se las ha arreglado para ser a un tiempo pesimista y optimista. Con la presunta excepción de los cautivados por la epopeya nac&pop de Cristina, sus integrantes coinciden en que la economía seguirá hundiéndose en otra crisis destructiva provocada por la ineptitud apenas concebible de los funcionarios encargados de manejarla.
Pero también confían en que el país se guarda un as fabuloso en la manga. Suponen que, gracias a Vaca Muerta, pronto llegará a ser, en palabras de Cristina, “la nueva Arabia Saudita”, una superpotencia petrolera que será la envidia del planeta. Apuestan por que, una vez terminada la desastrosa aventura kirchnerista, el país se vea invadido por un gran ejército de inversores pertrechados de miles de millones de dólares, euros, libras, yenes, rublos, yuanes y rupias que harán realidad el tan injustamente postergado futuro próspero que Dios le tiene reservado.
Puede que sólo se haya tratado de un espejismo. No cabe duda de que el yacimiento de Vaca Muerta contiene muchísimo petróleo y gas, suficiente como para asegurarnos siglos de autoabastecimiento. Dicen que es la formación más valiosa del mundo fuera de Estados Unidos y que, una vez aprovechada, permitiría que los habitantes del país disfruten de un nivel de vida equiparable con el de los noruegos.
Sin embargo, mientras que extraer el petróleo que yace bajo la arena de Arabia Saudita y otros países de Oriente Medio cuesta centavos, en la actualidad para sacar un barril del esquisto de Neuquén hay que gastar más de 80 dólares. Si el precio internacional es alto, como hasta hace muy poco, Vaca Muerta será un negocio redondo pero, si cae, no será más que un fenómeno geológico interesante.
Pues bien, para desconcierto de los especialistas que habían creído que el mundo entraba en una época en la que el petróleo costaría tanto que en adelante la industria tendría que depender de la energía solar o eólica, hace un par de días el precio del barril bajó a 81 dólares. Por lo demás, la tendencia así supuesta parece destinada a prolongarse a pesar de las guerras civiles que están desgarrando la región petrolera por antonomasia y las dificultades enfrentadas por Rusia a causa de las aspiraciones anexionistas del presidente Vladimir Putin, ya que los países de la OPEP, en los que los costos de extracción son mínimos, han reaccionado frente al desafío planteado por el éxito del fracking en Estados Unidos reduciendo el precio del crudo.
Lo que quieren hacer es convencer a los norteamericanos de que no es de su interés insistir en la independencia energética. Para los sauditas, iraquíes e iraníes, vender crudo a 80 dólares el barril, o incluso a 70 o algo menos, seguiría siendo lucrativo, si bien les gustaría conseguir mucho más por tratarse del único producto que están en condiciones de exportar. En cambio, para quienes rezan para que Vaca Muerta resulte ser una fuente de ingresos tan cuantiosos que servirían para que el país pueda prosperar aun cuando lo gobiernen demagogos inoperantes resueltos a colmar de beneficios a la clientela, sería un desastre sin atenuantes.
A juzgar por lo que está ocurriendo en los mercados internacionales, hasta nuevo aviso el precio del barril de petróleo reflejará la eficiencia de las empresas norteamericanas que se dedican al fracking. Parecería que, en opinión de los estrategas de los países árabes que llevan la voz cantante en la OPEP, los yanquis son capaces de mantenerlo levemente por debajo de los 80 dólares, lo que debería preocupar muchísimo a la gente de YPF que necesita que se ubique por encima de ese monto. También se sienten asustados los chavistas venezolanos y sus amigos castristas; algunos meses más de petróleo relativamente barato asestarían un golpe demoledor al cada vez más grotesco modelo bolivariano y privarían a Cuba de los subsidios a los cuales se ha acostumbrado.
En el corto plazo, el que Vaca Muerta haya dejado de ser la bala de plata salvadora que fascinó tanto a Cristina que para apropiarse de ella echó a los españoles de Repsol y que los aspirantes a sucederla esperaban heredar puede considerarse un revés muy cruel. Significa que no habrá ninguna salida mágica del caos económico en el que el país se ha sumido, ningún equivalente a la soja que tanto ayudó a los Kirchner a consolidar su poder. Aunque es posible que el precio de los hidrocarburos, convencionales o no, aumenten para que Vaca Muerta recupere su brillo, los integrantes de la clase política nacional tendrán que ponerse a pensar en serio acerca de los desafíos ante el país sin perder el tiempo soñando con un tsunami de inversiones petroleras procedentes de Estados Unidos y Europa o, como quisieran los kirchneristas, China y Rusia.
Para un país con los recursos humanos de la Argentina, depender demasiado del precio internacional de un producto determinado, como la soja o, peor aún, el petróleo o el gas, siempre es malo. Por fortuna, cultivar el “yuyo” en cantidades importantes requiere la colaboración de muchísimas personas del sector privado que se resisten a permitir que la fracción política gobernante se apodere de la actividad. En cambio, para un gobierno monopolizar la producción de hidrocarburos es muy fácil, sobre todo en una sociedad en la que abundan los propensos a tomar “estatal” por sinónimo de “nacional”.
De transformarse Vaca Muerta en una cornucopia estatizada, como con toda seguridad pronto sería si el precio del petróleo se duplicara, a cualquier gobierno le resultaría irresistible la tentación de aprovechar los centenares de miles de millones de dólares que atiborrarían la caja para hacer política. Sería más que probable que, andando el tiempo, se instalara en la Casa Rosada otro caudillo populista parecido a los que ya han hecho tanto para arruinar el país que, sería de prever, no vacilaría en despilfarrar el dineral que la naturaleza le habría proporcionado en proyectos insensatos, además de repartir trozos del botín entre sus familiares y cómplices.
Incluso para un país ya rico, de cultura democrática avanzada, como Noruega, contar con un ingreso abultado que no se debe al trabajo o la inteligencia aplicada de sus habitantes puede tener consecuencias poco felices, ya que sus dirigentes suelen atribuir la bonanza no a la suerte sino a sus propios méritos. Para uno que aún es pobre, de instituciones precarias y una cultura política viciada, recibir un regalo tan impresionante como el que muchos imaginaban sería Vaca Muerta, no necesariamente contribuiría a impulsar el desarrollo social auténtico. Antes bien, podría frenarlo.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON