Nuestras torres gemelas
Aunque era evidente que los atentados de la Embajada y la AMIA presagiaron una ofensiva de mayores dimensiones, muy pocos quisieron entenderlo.
Si bien en escala menor y con el uso de métodos incomparablemente menos espectaculares, la Argentina también ha sido blanco de ataques terroristas similares a los perpetrados el 11 de setiembre en Nueva York y Washington. Nuestras torres gemelas se llaman la embajada de Israel y la sede de la AMIA. Sin embargo, aunque era evidente que aquellos atentados sanguinarios presagiaron una ofensiva que andando el tiempo adquiriría dimensiones mucho mayores, parecería que muy pocos quisieron entenderlo. Tal como sucedió en los años treinta cuando el mundo entero se las arreglaba para minimizar la importancia del surgimiento del nazismo, atribuyendo cada atropello a causas puntuales y confortándose con la idea de que los objetivos de Adolf Hitler y sus allegados resultarían ser limitados, era más cómodo suponer que aquellos ataques se habían debido al apoyo brindado por el presidente Carlos Menem a Estados Unidos durante la Guerra del Golfo, al conflicto entre Israel y los palestinos o, quizás, a la eventual ruptura de un acuerdo menemista con alguna que otra facción mafiosa del Medio Oriente. Puede que las explicaciones de este tipo, como las encaminadas a dar una apariencia más razonable al nazismo, hayan contenido algo de verdad, pero aun así no cabe duda de que sirvieron para distraernos de lo fundamental: bandas terroristas de origen mediooriental ya obraban en el Occidente con la ayuda de delincuentes locales y estaban más que dispuestos a matar a cualquier cantidad de civiles.
A más de siete años de distancia del atentado contra la AMIA pero a menos de dos semanas de los concretados en Estados Unidos se inició el juicio oral correspondiente. ¿Hemos aprovechado el tiempo para identificar a los autores directos e intelectuales de la atrocidad? Desde luego que no. En diversas ocasiones, los representantes de distintas organizaciones han denunciado al Estado argentino por su falta de interés por aclarar el caso, actitud que podría comprenderse en vista de la sospecha generalizada de que una investigación a fondo destaparía demasiadas conexiones siniestras, al revelar que los autores habrán contado con la colaboración activa de policías, militares de opiniones ultraderechistas y políticos vinculados con el menemismo. Es posible que tales sospechas se hayan inspirado en conjeturas maliciosas, que la ineficacia extraordinaria de la Justicia, además de la voluntad de muchos de tomar los atentados por delitos rutinarios, hayan sido producto de nada más aterrador que la desidia que suele inmovilizar a todos los organismos estatales, pero es natural que ante los atentados, lo mismo que ante tantos presuntos casos de corrupción, la ciudadanía impute la inoperancia de la Justicia y de la Policía a la resistencia de cavar demasiado hondo por miedo de lo que pudieran encontrar.
Al producirse la destrucción de un edificio federal en Oklahoma, el FBI estadounidense ordenó a más de cinco mil agentes investigarla: luego del atentado contra la AMIA, aquí se puso a trabajar una veintena de personas bajo el mando de jueces ya plenamente ocupados. Aunque los servicios secretos de otros países colaboraron, es de suponer que el escaso compromiso de los más afectados incidió en su desempeño: de ser así, se equivocaron. Es factible que de haber reaccionado no sólo nuestro país sino Estados Unidos, la Unión Europea e Israel de forma más decidida frente a los ataques contra la embajada israelí y la AMIA, las organizaciones terroristas que acaban de masacrar a miles de personas en Estados Unidos ya se hubieran visto desbaratadas. Puede que los dos atentados gemelos no hubieran justificado una «guerra mundial», pero a esta altura parece innegable que tanto nuestros gobernantes como sus homólogos de países más poderosos optaron por no prestar la debida atención a la advertencia terrible que entrañaban. Por lo tanto, los autores o individuos que comparten sus métodos y, presuntamente, su «filosofía» decidieron amplificarla cien veces, poniendo en marcha un proceso que debería haberse iniciado más de siete años antes, cuando la capacidad destructiva de las agrupaciones responsables era muy inferior a la que adquirirían después.