Obama contra el mundo
El presidente norteamericano Barack Obama atribuye la durísima derrota que sufrieron los demócratas en las elecciones legislativas de la semana pasada a manos de los republicanos a que sus compatriotas se sentían frustrados por el estado de la economía que, a pesar de los “paquetes de estímulo” gigantescos con los que el gobierno ha intentado reavivarla, se ha negado a crear muchos empleos bien remunerados. Con todo, convencido de que andando el tiempo la estrategia “keynesiana” así supuesta tendrá los efectos previstos, el jefe de la Reserva Federal, Ben Bernanke, ha decidido inyectar otros 600.000 millones de dólares en la economía, lo que, además de alarmar a la mayoría de los norteamericanos que sencillamente no creen que la mejor forma de salir de una crisis provocada por el endeudamiento masivo consista en endeudarse todavía más, ha enojado sobremanera a los gobiernos del resto del mundo. Es por este motivo que muchos han comenzado a hablar del G19 más uno, con Estados Unidos acusado de torpedear los esfuerzos de los demás países por colaborar a fin de corregir los desequilibrios que, de acuerdo común, plantean una amenaza muy grave al futuro de la economía mundial. Cuando de la economía se trata, pues, Obama se ve aún más aislado de lo que estaba su antecesor, George W. Bush, en el terreno diplomático, ya que por lo menos algunos gobiernos europeos y asiáticos lo apoyaron en la eufemísticamente llamada “guerra contra el terror”. En los días previos a la cumbre del G20 en Seúl, voceros de los gobiernos de China, Sudáfrica, Brasil y los integrantes de la Unión Europea criticaron el unilateralismo financiero estadounidense con mordacidad insólita, puesto que a su juicio hace virtualmente inevitable una “guerra de monedas” caracterizada por devaluaciones competitivas seguidas por medidas proteccionistas. La preocupación que sienten puede entenderse, pero por razones políticas evidentes escasean los gobiernos dispuestos a anteponer la salud de la economía mundial en su conjunto a sus propias prioridades nacionales. Muchos, entre ellos el nuestro, ya han erigido lo que en efecto son barreras proteccionistas para defender los fabricantes locales contra “la invasión” de productos extranjeros, en especial de los chinos, con la esperanza de que sus socios –y competidores– opten por minimizar su importancia. Hasta ahora las medidas puntuales que se han tomado no han sido suficientes para desatar una ola de proteccionismo explícito, pero de agravarse mucho más los problemas económicos y sociales de los países relativamente ricos las presiones en tal sido no tardarán en intensificarse. Además de querer estimular la economía norteamericana –la que, a pesar de sus problemas recientes, sigue siendo la más rica del mundo por ser muy pequeños los países que ostentan un producto per cápita más alto– la Fed está procurando obligar a los chinos a revaluar el yuan por suponer que ayudaría a reducir el ingente déficit comercial de Estados Unidos. Sin embargo, el gobierno de China se resiste a hacerlo por temor a las consecuencias no sólo económicas sino también sociales y por lo tanto políticas. Bien que mal, el “modelo” chino, lo mismo que el surcoreano, el japonés y el alemán, se basa en su capacidad para exportar cantidades enormes de productos manufacturados. Cambiarlos, para que en adelante dependan más del consumo interno y de los servicios, como pretenden los norteamericanos, no les sería fácil en absoluto, pero tal y como están las cosas los países consumidores, como Estados Unidos y el Reino Unido, no podrán continuar importando como hacían antes de estallar la crisis financiera. Parecería, pues, que los dirigentes de los países más poderosos tendrán que elegir entre un reacomodamiento gradual consensuado para que los exportadores ahorrativos se orienten más hacia el mercado interno y uno repentino bajo los auspicios nada benignos de los mercados. En vista de la voluntad de los norteamericanos de instrumentar políticas que son radicalmente distintas de las favorecidas por los chinos, europeos y los países calificados de emergentes, lo más probable es que la eventual “solución”, si es que hay una, para los problemas que preocupan a quienes dan prioridad a la economía mundial resulte ser traumática.
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