Obama se reubica

Redacción

Por Redacción

Luego de recibir lo que él mismo calificó de una paliza en las elecciones legislativas de noviembre pasado, el presidente norteamericano Barack Obama ha entendido que no le cabía más alternativa que intentar pactar con la oposición como hicieron sus antecesores, el republicano George W. Bush y el demócrata Bill Clinton. A diferencia de lo que sucede en nuestro país, en Estados Unidos el presidente no puede darse el lujo de tratar al Congreso como una “máquina de impedir” para entonces gobernar por decreto. Le guste o no le guste, tiene que respetar tanto la letra como el espíritu de la Constitución, aun cuando hacerlo suponga postergar hasta nuevo aviso el cumplimiento de sus promesas electorales. Por lo tanto, no fue demasiado sorprendente que Obama haya reaccionado frente a la derrota dolorosa que sufrió a manos de los republicanos renovando su gabinete para darle un perfil más centrista que antes, para disgusto del ala más izquierdista del Partido Demócrata, que en seguida lo acusó de procurar congraciarse con los ricos sin preocuparse en absoluto por las penurias de los millones de norteamericanos que viven por debajo de la línea de pobreza de aproximadamente 22.000 dólares anuales –7.500 pesos mensuales– para una familia de cuatro. Según los convencidos de que Obama se ha vendido a la patria financiera estadounidense, Wall Street, la designación de William Daley como jefe de Gabinete y Gene Sperling como el principal asesor económico significa que el gobierno ha elegido privilegiar a quienes consideran los responsables de la debacle del 2008, planteo éste que enoja sumamente a quienes creen que dadas las circunstancias el “hombre más poderoso del mundo” sencillamente no puede gobernar en contra de la voluntad del grueso de sus compatriotas. Obama se ve ante una situación muy difícil. La mayoría de los norteamericanos se califica de moderadamente conservadora y se opone a cualquier estrategia que le parezca estatista, pero para atenuar los problemas gravísimos que han provocado la crisis financiera, la recesión, un nivel elevado de desocupación y el endeudamiento excesivo, el gobierno tiene que continuar aumentando el gasto público. Con dramatismo, el secretario del Tesoro, Tim Geithner, afirmó hace poco que a menos que se superen los límites fijados por los legisladores Estados Unidos podría caer en default, lo que sería un desastre descomunal. Sin embargo, a menos que el gobierno norteamericano actúe pronto para frenar la emisión de moneda, los de otros países, encabezados por China, podrían perder confianza en el dólar, lo que perjudicaría enormemente a Estados Unidos que se ha acostumbrado a disfrutar de la ventaja insólita que le supone el privilegio de ser dueño de la divisa clave de la economía internacional. En opinión de algunos analistas respetados, no sólo Estados Unidos sino también el Japón se han endeudado tanto que en efecto ya están en bancarrota. De concretarse sus previsiones alarmantes, los años próximos verán turbulencias financieras aún mayores que las causadas por dudas en cuanto a la supervivencia del euro. Desgraciadamente para Obama, no existen soluciones evidentes para los problemas que enfrenta su país y en consecuencia todos los demás. Al estallar la crisis financiera, el gobierno de Bush, con el apoyo decidido de Obama, optó por amortiguar el impacto imprimiendo cantidades astronómicas de dólares con la viva aprobación de los economistas keynesianos, pero lo que comenzó como una medida de emergencia resultó ser sólo el primer paso de una serie de “paquetes de estímulo”. Aunque los encargados de la economía norteamericana dicen entender muy bien que tarde o temprano tendrán que dejar de acumular déficits cada vez mayores, no quieren hacerlo antes de que la recuperación se haya consolidado, algo que todavía no ha sucedido. Mientras que sus equivalentes en Europa han anunciado programas de ajuste muy severos, los norteamericanos siguen procurando estimular la economía inundándola de dólares frescos, una estrategia que en opinión de los escépticos, y de una proporción sustancial de la ciudadanía estadounidense, sólo servirá para asegurar que, cuando por fin llegue la hora del “ajuste”, será más brutal de lo que prevén todos salvo los habitualmente pesimistas.


Luego de recibir lo que él mismo calificó de una paliza en las elecciones legislativas de noviembre pasado, el presidente norteamericano Barack Obama ha entendido que no le cabía más alternativa que intentar pactar con la oposición como hicieron sus antecesores, el republicano George W. Bush y el demócrata Bill Clinton. A diferencia de lo que sucede en nuestro país, en Estados Unidos el presidente no puede darse el lujo de tratar al Congreso como una “máquina de impedir” para entonces gobernar por decreto. Le guste o no le guste, tiene que respetar tanto la letra como el espíritu de la Constitución, aun cuando hacerlo suponga postergar hasta nuevo aviso el cumplimiento de sus promesas electorales. Por lo tanto, no fue demasiado sorprendente que Obama haya reaccionado frente a la derrota dolorosa que sufrió a manos de los republicanos renovando su gabinete para darle un perfil más centrista que antes, para disgusto del ala más izquierdista del Partido Demócrata, que en seguida lo acusó de procurar congraciarse con los ricos sin preocuparse en absoluto por las penurias de los millones de norteamericanos que viven por debajo de la línea de pobreza de aproximadamente 22.000 dólares anuales –7.500 pesos mensuales– para una familia de cuatro. Según los convencidos de que Obama se ha vendido a la patria financiera estadounidense, Wall Street, la designación de William Daley como jefe de Gabinete y Gene Sperling como el principal asesor económico significa que el gobierno ha elegido privilegiar a quienes consideran los responsables de la debacle del 2008, planteo éste que enoja sumamente a quienes creen que dadas las circunstancias el “hombre más poderoso del mundo” sencillamente no puede gobernar en contra de la voluntad del grueso de sus compatriotas. Obama se ve ante una situación muy difícil. La mayoría de los norteamericanos se califica de moderadamente conservadora y se opone a cualquier estrategia que le parezca estatista, pero para atenuar los problemas gravísimos que han provocado la crisis financiera, la recesión, un nivel elevado de desocupación y el endeudamiento excesivo, el gobierno tiene que continuar aumentando el gasto público. Con dramatismo, el secretario del Tesoro, Tim Geithner, afirmó hace poco que a menos que se superen los límites fijados por los legisladores Estados Unidos podría caer en default, lo que sería un desastre descomunal. Sin embargo, a menos que el gobierno norteamericano actúe pronto para frenar la emisión de moneda, los de otros países, encabezados por China, podrían perder confianza en el dólar, lo que perjudicaría enormemente a Estados Unidos que se ha acostumbrado a disfrutar de la ventaja insólita que le supone el privilegio de ser dueño de la divisa clave de la economía internacional. En opinión de algunos analistas respetados, no sólo Estados Unidos sino también el Japón se han endeudado tanto que en efecto ya están en bancarrota. De concretarse sus previsiones alarmantes, los años próximos verán turbulencias financieras aún mayores que las causadas por dudas en cuanto a la supervivencia del euro. Desgraciadamente para Obama, no existen soluciones evidentes para los problemas que enfrenta su país y en consecuencia todos los demás. Al estallar la crisis financiera, el gobierno de Bush, con el apoyo decidido de Obama, optó por amortiguar el impacto imprimiendo cantidades astronómicas de dólares con la viva aprobación de los economistas keynesianos, pero lo que comenzó como una medida de emergencia resultó ser sólo el primer paso de una serie de “paquetes de estímulo”. Aunque los encargados de la economía norteamericana dicen entender muy bien que tarde o temprano tendrán que dejar de acumular déficits cada vez mayores, no quieren hacerlo antes de que la recuperación se haya consolidado, algo que todavía no ha sucedido. Mientras que sus equivalentes en Europa han anunciado programas de ajuste muy severos, los norteamericanos siguen procurando estimular la economía inundándola de dólares frescos, una estrategia que en opinión de los escépticos, y de una proporción sustancial de la ciudadanía estadounidense, sólo servirá para asegurar que, cuando por fin llegue la hora del “ajuste”, será más brutal de lo que prevén todos salvo los habitualmente pesimistas.

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