Obama, sin opciones fáciles
Desgraciadamente para el presidente norteamericano Barack Obama, la rebelión popular contra el régimen de Hosni Mubarak lo enfrenta con una serie de dilemas sumamente ingratos. Ya ha sido blanco de críticas por no solidarizarse en seguida con los manifestantes, pero desde que comenzaron las protestas ha tenido que tomar en cuenta la posibilidad de que Mubarak logre conservar el poder o que el anciano mandamás egipcio se vea reemplazado por una dictadura militar más interesada en restaurar el orden que en impulsar reformas democráticas. Asimismo, si bien parecería que la mayoría de los jóvenes que están llenando las calles de El Cairo y otras ciudades realmente quiere la democracia, no hay ninguna garantía de que el resultado del eventual colapso del régimen de Mubarak sea la instalación de un gobierno estable respetuoso de los derechos ajenos. En Washington muchos están señalando que la sublevación contra el sha de Irán comenzó como un movimiento prodemocrático pero que quienes terminaron apoderándose del país fueron los islamistas del ayatolá Khomeini. Huelga decir que el régimen teocrático que formaron resultó ser decididamente peor que la monarquía desde el punto de vista tanto de los occidentales como del de los iraníes mismos. Lo que temen no sólo los norteamericanos e israelíes sino también muchos egipcios de mentalidad laica es que la Hermandad Musulmana, la agrupación que está detrás de la ofensiva islamista que, además de convulsionar al “Gran Oriente Medio”, está ocasionando un sinfín de dificultades en Europa y América del Norte, se las arregle para aprovechar el caos para alcanzar el poder que busca desde hace más de ochenta años. A diferencia de los partidos opositores, la Hermandad es una agrupación bien organizada que goza del apoyo de sectores muy amplios de la sociedad egipcia. Por ahora, los islamistas dicen estar dispuestos a colaborar con el premio Nobel de la Paz Mohamed El Baradei en un “gobierno de unidad nacional” de características moderadas, pero quienes los conocen creen que sólo se trata de una maniobra astuta. Aunque no les convendría a los islamistas correr el riesgo de provocar una reacción violenta por parte del ejército liderando la resistencia contra Mubarak –el que, desde luego, se vería fortalecido si se difundiera la impresión de que la alternativa a su régimen consiste en una dictadura equiparable con la iraní–, sería poco probable que se conformaran por mucho tiempo con un papel subalterno. Así las cosas, puede entenderse el desconcierto que sienten Obama, la secretaria de Estado Hillary Clinton y otros integrantes de la administración norteamericana frente a lo que está sucediendo en el país más populoso del mundo árabe. Para ellos no hay opciones sencillas. Si sólo fuera cuestión de elegir entre solidarizarse con quienes están reclamando una salida democrática y continuar respaldando a un tirano, todo sería más fácil, pero no pueden darse el lujo de olvidar que, como afirmó en una ocasión el primer ministro turco, el islamista Recep Tayyip Erdogan, a su juicio la democracia se asemeja a un tren; el pasajero bajará en cuanto llegue al destino que se ha propuesto. Clinton se ha limitado a pedir que “la transición sea ordenada” sin especificar por dónde quisiera que Egipto transitara, lo que, dadas las circunstancias, es más que suficiente, porque cualquier intento por parte del gobierno norteamericano de intervenir podría resultar contraproducente, pero por estar tanto en juego tampoco puede asumir una postura prescindente a menos que esté dispuesto a ver liquidado lo que aún le queda de su poder en una región de gran importancia estratégica. Si la administración de Obama optara por confesar su impotencia, todos los gobiernos del mundo musulmán se sentirían obligados a modificar drásticamente sus propias alianzas, acercándose a países como China o Rusia, procurando congraciarse con los clérigos iraníes o, en algunos casos, pertrechándose de armas de destrucción masiva con la esperanza de disuadir así a sus enemigos en potencia. Dicho de otro modo, a menos que, para el alivio de casi todos, resulte que en esta ocasión los optimistas hayan acertado y los países árabes, encabezados por Egipto, estén por transformarse en democracias auténticas, el mundo está entrando en una etapa sumamente peligrosa.