Obsecuencia
COLUMNISTAS
La visita de Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires, al espacio del diario “Clarín” en Mar del Plata ha dado mucho que hablar -en especial a los leales seguidores de Cristina Fernández que, sin advertirlo, le dieron un enorme impulso a la proyección electoral del gobernador-. Nada podía favorecerlo más, para cultivar esa ambigüedad que le permite estar cerca y lejos de un gobierno nacional tan controvertido, que recibir los ataques del ultrakirchnerismo. Scioli, desde ya, muy agradecido.
Lo que no deja de sorprender es el grado de obsecuencia de los fieles seguidores de CFK, siempre listos para salir a la palestra en cuanto reciben instrucciones de su jefa espiritual.
El caso más notorio es el de Diana Conti, una dirigente que después de haber abrevado en las aguas del Partido Comunista y de la Alianza ha terminado convertida en una ferviente adoradora de la presidenta. En un reciente programa de televisión, luego de criticar a Scioli por haber acudido al espacio del “enemigo”, anunciaba su propósito de votarlo si finalmente ésas eran las instrucciones recibidas de Cristina. En el kirchnerismo, a diferencia de lo que opina Julián Domínguez, se puede apostar al mismo tiempo por Dios y por el diablo.
Los dichos de Diana Conti no han sido más que un eslabón de una larga cadena de declaraciones de integrantes notorios del kirchnerismo que, a modo de un coro griego, salen a dar su opinión en cuanto reciben directivas de la Casa Rosada. La más ocurrente ha sido la señora Hebe de Bonafini, quien ha acusado al gobernador de ser un “dictador” porque “pinta todo de naranja; es todo Scioli, Scioli, Scioli”. Al parecer, no se ha enterado de la cantidad de calles, avenidas, plazas y edificios que ya han sido bautizados “Néstor Kirchner” ni repara en el ejercicio de megalomanía presidencial que representa cada cadena nacional.
¿Cómo es posible denostar a alguien y, al mismo tiempo, anunciar la disposición a votarlo? ¿Es posible que, sin el menor rubor, se manifieste en público la entera disposición a cumplir sin reservas lo que ordene y mande otra persona? Efectivamente, en este país todo es posible. Un día sí y otro también los kirchneristas manifiestan su disciplinada disposición a cumplir las órdenes recibidas de “la conductora del espacio”. Asistimos a la sumisión intelectual más vergonzante, a la adopción de la cuartelera regla de la “obediencia debida”.
Al azorado observador sólo le resta buscar alguna explicación a la manifestación de tan sumiso comportamiento. Una posible respuesta a estos interrogantes reside en que los autodenominados “movimientos” -una expresión que se pretende opuesta a la más modesta de “partido”- cultivan una interesada ambigüedad ideológica. En el caso del peronismo, con corrientes interiores de derecha, ultraderecha, centro e izquierda populista, resulta muy complicado hilvanar un discurso y un programa común. Por consiguiente, sustituyen esa imposibilidad teórica y buscan la identidad colocándose bajo la cubierta de un liderazgo personal.
A continuación, se justifica y explica esa sumisión personal invocando las supuestas calidades excepcionales del líder de turno. Se menciona el “carisma” como expresión de esas cualidades excepcionales de seres que habrían sido ungidos por la providencia divina para conducir a los pueblos a un destino de grandeza, lo que representa una nueva concesión de que la virtud hace a la necesidad. Pensemos sólo un momento en qué ha quedado reducido el famoso carisma que portaba Menem para tomar conciencia de la falacia que se esconde detrás de tanta vacua retórica.
Esta sumisión vergonzante a las vanidades, deseos y ocurrencias de una persona es sumamente dañina para la democracia.
En primer lugar, como es muy evidente en la actualidad, se produce un enorme deterioro de la calidad de las políticas públicas. Cuando un vicepresidente -o los ministros- son elegidos en una suerte de casting de belleza y simpatía, las decisiones quedan en manos de personas sin antecedentes ni preparación para desempeñar tan delicados cometidos.
Por otro lado, es comprensible que cuando no hay planes ni rumbo conocido se produzcan caprichosos golpes de timón. Un día se alaba públicamente a la conducción de Repsol-YPF y al siguiente se resuelve expropiar la compañía. Otro día se reivindica el desendeudamiento y al siguiente se contrae una inexplicable deuda con el Club de París. Reina la más absoluta improvisación y se van colocando parches sobre parches cuando los resultados no acompañan a los deseos de los improvisados funcionarios.
La democracia se fortalece cuando para conducir un país se elige a personas creativas dotadas de personalidad y sabiduría. La creatividad se manifiesta cuando las personas tienen autonomía y capacidad para resolver los problemas que se les presentan. En un sistema de sumisión vertical a la autoridad omnipotente de una persona dominan la mediocridad y la mala praxis.
En un año electoral como el que se ha inaugurado, conviene tener presentes todas estas cosas y recordar, al mismo tiempo, que nuestro sistema institucional obliga a llevar sobre los hombros, por largos cuatro años, a los gobiernos que los ciudadanos han votado.
Aleardo F. Laría
aleardolaria@rionegro.com.ar
Aleardo F. Laría