Obsesiones malsanas

A Alfonsín no le gusta para nada que los medios de comunicación se pregunten el porqué de su defensa apasionada del statu quo en el PAMI y la Anses.

Por Redacción

Ya es tan habitual que políticos reaccionen frente a las críticas que se formulan en su contra imputándolas a «campañas», dando a entender de esta manera que lo único que importa es su presunto origen, que al ex presidente Raúl Alfonsín le habrá parecido evidente que cualquier diario que se permitiera manifestar su desaprobación a sus actitudes tendrá forzosamente que estar al servicio de sus adversarios. En base a esta teoría conspirativa, el jefe del aparato radical no titubeó un instante en «denunciar» al matutino porteño «La Nación» por haberse prestado a «operaciones que hace gente del propio gobierno», desatando así otro conflicto entre el «ala política» del oficialismo y la administración encabezada por el presidente Fernando de la Rúa. Si bien es de presumir que Alfonsín y sus allegados creen que la deserción así supuesta los ayudará a arañar algunos votos más en las elecciones legislativas de mediados de octubre, es probable que resulten decepcionados. Lejos de impresionar a la ciudadanía por su «solidaridad con la gente» o por su apego a sus principios «éticos», hasta ahora sólo han logrado debilitar a «su» gobierno en un momento sumamente difícil y, como si esto ya no fuera más que suficiente, convencer a muchos de que el radicalismo en su conjunto está totalmente desorientado.

La «campaña» emprendida por Alfonsín contra un medio independiente por no compartir sus opiniones ha servido para recordarnos que son muchos los políticos, entre ellos el «padre de la democracia», a los que les es casi imposible entender que hay personas que procuran analizar la realidad según sus propios criterios, sin formar parte de ningún movimiento político organizado o camarilla de intrigantes. A su modo son totalitarios: consideran absurda la mera idea de que sea posible actuar con autonomía, requisito éste de toda sociedad libre. He aquí la razón por la que los radicales, en especial las líneas internas más cercanas a Alfonsín, siempre han manifestado un vivo interés por encontrar fórmulas jurídicas que les permitan manejar los medios a fin de «proteger» a la ciudadanía de las «campañas» urdidas por grupos que, por no ser radicales, serán forzosamente enemigos de la democracia. Por fortuna, los intentos en tal sentido no han producido ningún resultado duradero porque no es compatible el respeto por la libertad de expresión con medidas destinadas a intimidar a sus críticos.

A Alfonsín no le gusta para nada que los medios de comunicación se pregunten el porqué de su defensa apasionada del statu quo en el PAMI y la Anses, instituciones emblemáticas que, según muchos, son profundamente corruptas, grotescamente ineficaces y están infestadas de ñoquis por haberse convertido en «cajas» políticas, fuentes de botín electoral que, conforme a las reglas tácitas que rigen en estos casos, corresponderían a los radicales. Aunque el gobierno quisiera reformarlas para que por fin pudieran cumplir sus funciones, alfonsinistas como el senador Leopoldo Moreau se han resistido con tenacidad extraordinaria a los esfuerzos por desplazarlos, atribuyendo su actitud a su hipotética preocupación por los jubilados y acusando a sus enemigos cavallistas de querer privatizar la seguridad social. Por tratarse de entidades que administran la mitad del gasto público, es legítimo que medios independientes manifiesten sus dudas en cuanto a la sinceridad de las afirmaciones de los alfonsinistas que se han opuesto de forma tan virulenta a la recuperación por el Estado de organismos cuyas deficiencias difícilmente podrían ser más patentes. También lo es que, luego de examinar los hechos, muchos hayan llegado a la conclusión de que el PAMI y la Anses son ejemplos realmente escandalosos de lo que suele suceder cuando reparticiones estatales están colonizadas por militantes políticos que priorizan sus propios intereses personales y partidarios por encima de aquéllos del resto del país que, por cierto, a esta altura no tiene motivo alguno para simpatizar con quienes están luchando por que la seguridad social quede en manos de los individuos que la han llevado a su condición indignante actual.