Ofensiva inoportuna

La embestida de los gobernadores contra los límites que trata de defender la gestión De la Rúa podría resultar muy costoso para el país.

Por Redacción

En cualquier otro país, la voluntad no declarada pero apenas disimulada de los líderes más influyentes del principal partido opositor de aprovechar la debilidad extrema del oficialismo con el propósito de privarlo del poder cuanto antes sería considerada perfectamente natural. Aunque la Constitución Nacional ha colocado muchos obstáculos en el camino de los deseosos de acortar la gestión de un mandatario decepcionante, son tan graves las deficiencias del gobierno del presidente Fernando de la Rúa y su base de sustentación se ha hecho tan estrecha que sería fácil justificar una maniobra por parte del PJ destinada a reemplazarlo por otro que fuera más representativo y, se esperaría, más capaz o, cuando menos, más decidido. Sin embargo, sucede que hoy en día la Argentina es todo menos un «país normal». Ostenta un índice de «riesgo país» que causaría alarma incluso en las zonas más convulsionadas del Medio Oriente, lo cual quiere decir que un paso en falso podría tener consecuencias nefastas no sólo para sus habitantes actuales, sino también para las generaciones futuras. Después de todo, recuperar el terreno que se perdería de producirse un colapso podría resultar imposible, razón por la que incumbe a todos obrar con la máxima cautela hasta que las perspectivas se hagan más claras.

Se dan dos motivos más por los que les convendría a todos que los peronistas desistieran a continuar con la ofensiva en ciernes. Uno consiste en que la metodología, por llamarla así, que han elegido ciertos gobernadores es de por sí destructiva. Puede que no sea su intención provocar un colapso económico generalizado acompañado por una ola inflacionaria que más tarde achacarían al gobierno de De la Rúa a fin de obligarlo a renunciar, pero puesto que desde hace meses el país no tiene acceso al crédito, el eventual éxito de las embestidas de los gobernadores contra los límites que está tratando de defender el Poder Ejecutivo podría resultar muy costoso para el país en su conjunto. Por cierto, sería absurdo atribuir la escasa flexibilidad de la cual está haciendo gala el gobierno a su hostilidad hacia las provincias que están en manos peronistas. El que un gobierno tan notoriamente propenso a batirse en retirada frente a las presiones opositoras haya reaccionado con dureza se debe a que no le queda otra alternativa: si pudiera encontrar el dinero reclamado de forma truculenta por mandatarios provinciales como el bonaerense Carlos Ruckauf, ya lo hubiera entregado.

El otro motivo para esperar que los peronistas se tranquilicen tiene que ver con la naturaleza de la crisis en medio de la cual el país está debatiéndose. En buena medida, es fruto de la incapacidad del grueso de la «clase dirigente» nacional para adaptarse mental y políticamente a las realidades del mundo contemporáneo. Si bien distintos líderes peronistas, radicales, frepasistas, además de muchos obispos, intelectuales y una amplia gala de voceros sectoriales, nos han informado con elocuencia y énfasis de su desaprobación de la forma en que ha evolucionado la economía internacional a partir del desmoronamiento de la Unión Soviética, no han dicho mucho acerca de lo que nos correspondería hacer a fin de mitigar su incidencia en la Argentina misma, sin duda porque no han podido pensar en una «solución» para los muchos problemas así planteados. Como ya sabemos, el resultado de esta actitud a la vez quejosa y pasiva es que en el país no hay ningún movimiento político significante que cuente con algo parecido a un programa de gobierno. Por lo tanto, de conseguir los peronistas pulverizar al gobierno de De la Rúa, hazaña que es de suponer les resultaría relativamente fácil, no sorprendería en absoluto que el próximo presidente se sintiera constreñido a optar entre abandonar la prédica populista típica de la oposición de turno para convertirse en una especie sui géneris de «neoliberal», siguiendo así los pasos de Carlos Menem y, en cierto modo, del propio De la Rúa, por un lado y, por el otro, emprender una aventura equiparable con la ensayada por el venezolano Hugo Chávez para la cual nadie se ha preparado y que, de intentarse, con toda seguridad terminaría mal.