Opciones duras

Es lógico que los ultras del mundo árabe hayan apostado a que conseguirán desarmar a sus enemigos.

Redacción

Por Redacción

Si bien los norteamericanos y británicos niegan que el bombardeo a centros de comunicación en Bagdad haya tenido que ver con la llegada al poder en Israel de Ariel Sharon, muchos dirigentes árabes y asiáticos dicen creer que Israel, Estados Unidos y el Reino Unido están resueltos a emprender una ofensiva contra el mundo musulmán con el propósito de debilitarlo. Se trata de una hipótesis que parece convincente. Aunque los motivos de los dos países anglosajones y de Israel sean menos agresivos de lo que presuponen sus enemigos e incluso sus aliados, es evidente que los tres se encuentran en una situación en la que les es necesario elegir entre ceder ante las pretensiones de Saddam Hussein y los diversos movimientos que aspiran a eliminar «la entidad sionista» -es decir, destruir Israel- por un lado y, por el otro, asumir posturas cada vez más belicosas.

Esta realidad no impresiona en absoluto ni a los voceros de los regímenes del mundo musulmán o de China o Rusia, ni a los gobernantes de muchos países europeos y latinoamericanos. Todos, sin excluir a los líderes rusos que han convertido Chechenia en un montón de escombros o a sus colegas chinos, que no vacilarían en ordenar la exterminación de cualquier sector adversario, juran estar en favor de «la paz» y ser contrarios a iniciativas que no hayan sido cohonestadas antes por las Naciones Unidas, de suerte que les parece natural condenar tanto la violencia empleada por los israelíes contra los palestinos como las incursiones aéreas anglonorteamericanas sobre la capital iraquí.

Sin embargo, de elegir los gobiernos de los tres países involucrados limitarse al uso de métodos que nadie pensaría en criticar, el resultado más probable consistiría en el derrumbe de Israel, con las consecuencias horroríficas que con toda seguridad se producirían enseguida, y el desarrollo por parte de Saddam de un arsenal de armas de destrucción masiva que le permitiría amenazar no sólo a los países vecinos sino también a cualquier otro. Por cierto, sería asombroso que un día los líderes de organizaciones como Hamas y Hizbollah decidieran que la mejor solución para el embrollo del Medio Oriente sería que judíos y musulmanes convivieran tranquilamente en un marco signado por la igualdad y el respeto mutuo o que Saddam, debidamente agradecido por el levantamiento del embargo parcial que su país ha sufrido a partir de la Guerra del Golfo, se transformara en un patriarca preocupado por el bienestar de sus compatriotas que nunca soñaría con molestar a nadie, pero sucede que las actitudes públicas de muchos gobiernos, trátese de democracias europeas y latinoamericanas o de dictaduras notorias por su crueldad, parecen basarse en el presupuesto de que todos los gobernantes del planeta serían pacifistas si no fuera por la agresión ajena.

Los islamistas antiisraelíes y Saddam creen que están en condiciones de triunfar en su lucha contra sus enemigos porque suponen que a la larga contarán con la simpatía de la opinión pública occidental y, por lo tanto, de la mayoría de los dirigentes políticos. Dicha convicción dista de ser absurda. Los habitantes de los países más avanzados se han acostumbrado tanto a la moderación democrática, que les es difícil concebir que otros -los serbios, los albanokosovares y muchos árabes – puedan tener una mentalidad más tradicional que los llevaría a continuar perpetrando las atrocidades que, para estupor de los bien pensantes, suelen producirse en los Balcanes, Africa y el Medio Oriente en tiempos de conflicto. Por eso, es lógico que los ultras del mundo árabe, muchos de ellos duchos en el arte de las relaciones públicas modernas, hayan apostado a que, después de presentarse como víctimas inocentes de la agresión imperialista, conseguirán desarmar a sus enemigos o, cuando menos, forzarlos a actuar con suma cautela, cediendo poco a poco frente a sus exigencias, no por carecer de los medios necesarios para mantenerse firmes sino por querer congraciarse con la «comunidad internacional». Los muchos que están condenando la beligerancia de Bush y afirmándose horrorizados por la presencia de Sharon insisten en que no existe ningún peligro de que se concreten los temores de conflicto, pero es por lo menos comprensible que los líderes anglosajones y los votantes israelíes sean reacios a confiar en la buena voluntad de sus enemigos declarados.


Si bien los norteamericanos y británicos niegan que el bombardeo a centros de comunicación en Bagdad haya tenido que ver con la llegada al poder en Israel de Ariel Sharon, muchos dirigentes árabes y asiáticos dicen creer que Israel, Estados Unidos y el Reino Unido están resueltos a emprender una ofensiva contra el mundo musulmán con el propósito de debilitarlo. Se trata de una hipótesis que parece convincente. Aunque los motivos de los dos países anglosajones y de Israel sean menos agresivos de lo que presuponen sus enemigos e incluso sus aliados, es evidente que los tres se encuentran en una situación en la que les es necesario elegir entre ceder ante las pretensiones de Saddam Hussein y los diversos movimientos que aspiran a eliminar "la entidad sionista" -es decir, destruir Israel- por un lado y, por el otro, asumir posturas cada vez más belicosas.

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