Argentina: cuando la acusación es el castigo

La hostilidad internacional contra la Argentina es peligrosa pero mucho más perjudicial es una defensa soberbia e irresponsable con espíritu de persecución y venganza.

“La ejecución”, Édouard Manet, 1986.

La cancelación de la Argentina. El daño está hecho y puede expandirse. El problema del proceso de cancelación internacional que sufrió la Argentina es que tendrá un efecto de largo plazo que requiere una disciplina y una acción colectiva que actualmente es contracultural a nivel político e institucional. Toda reacción pavloviana de defensa emocional a un ataque, espontáneo o coordinado, que puede tener causas múltiples, entre intereses ajenos y errores propios, tiene el peligro de empeorar la situación a un nivel dramático.

Usualmente las elites en instituciones económicas y políticas son las responsables a cargo de esa defensa táctica y reflexiva. Lamentablemente, ni los equipos diplomáticos ni el sistema político argentino están en su mejor momento.

Como adelantamos en la última nota, lo nacional sigue siendo fundamental. Después del mundial, más por la ola “antiargentina” que por la derrota, está en clave de dolor nacional.

Muchas figuras públicas reaccionan en el mismo registro emocional que las cancelaciones se realizan. Eso refuerza su éxito para el caso y como mecanismo social en expansión. Los cancelados intentan cancelar al cancelador, fusilar al fusilador. Los escraches y persecuciones contra las personas que festejaron el triunfo de España refuerzan la acusación que es el real castigo. Esa es la doble victoria de un ataque ante alguien que no entiende el mecanismo punitivo ni piensa una defensa inteligente.

En este espacio hemos identificado y criticado los procesos de linchamientos judiciales y para-judiciales, sin garantías y con presunción de culpabilidad. La cancelación es un proceso de histeria o pánico social que acumula un momentum para dar un castigo, para cambiar un status social y sancionar después de un proceso más emocional que racional. Las emociones pueden estar racionalizadas, los resentimientos ocultos tras pruebas manipuladas, testimonios de mala fe o en expertos que presentan sus saberes sesgados como imparciales. Hay un uso cínico y estratégico de falacias y medias verdades siempre con la participación de inquisidores bienintencionados.

Desde los ostracismos griegos (año 500 AC) hasta las cazas de brujas, las cancelaciones personales o grupales son una práctica histórica recurrente. De hecho, el nacimiento del chivo expiatorio se remonta a 2400 antes de Cristo. En las cancelaciones hay mucho de rito sacrificial y religioso.

La cancelación tiene múltiples facetas: económicas, psicológicas, tecnológicas, políticas y legales, entre otras. Las políticas de las emociones negativas alimentan la cancelación como proceso viral, espectacular y distractivo. Rumores, falsas noticias, exageraciones se vuelven formas de castigo directo, efectivo y propio de una sociedad controlada por una ansiedad contagiosa.

Hay varios ejemplos de campañas de difamación y desinformación históricas contra naciones, pueblos y sus Estados. Las teorías conspirativas antisemitas e islamofóbicas han prologado persecuciones y guerras absurdas. La mismísima “fiebre española” de 1918 fue bautizada así por la prensa inglesa aunque tuvo su epicentro en Kansas. Lo inaudito en el caso Argentino es que el nivel de exposición internacional que tuvo todavía no permite dimensionar el daño causado.

Cuando la acusación es el castigo. En este nuevo proceso público sin reglas la acusación es la sentencia sin defensa alguna. A lo sumo se puede hacer un mero control de daños. La pena se ejecuta como primer acto de un proceso donde no hay principio de inocencia. Se usa la participación de muchos como forma de legitimación de una acción orquestada por unos pocos.

Las cancelaciones embrutecen al cancelador y al cancelado. Los que participan destruyen estatus y buscan construir su virtud, su falsa superioridad. Todo mientras gozan del dolor del públicamente castigado. Ese goce malsano desnuda la motivación profunda del difamador, su verdadero placer es castigar, hacer sufrir, degradar.

Si queremos defendernos en las redes sociales es que no las entendemos. Los argumentos son inútiles en las letrinas digitales. Las plataformas se nutren de la necesidad de decir “yo” y ganan con el impulso de responder. Paradójicamente, participar en las redes es una forma de parálisis, es caer en arenas movedizas. Más respondés, más te devora, más te hundís en la demencia digital.

La mejor defensa es la acción inteligente que está lejos del deterioro cognitivo de las redes. Una acción orientada a lo real, a reparar todo lo que en nuestra Nación está roto y merece reparación. Una acción silenciosa que se concentre en lo importante -amigos, familia y comunidad- e ignore las pasiones bajas y autodestructivas que se incentivan a nivel global.

*Abogado y Profesor de Derecho Constitucional.


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