El desorden institucional acelera la crisis


Massa apuesta todo a un anticipo de fondos del FMI. En Washington no saben si recibirlo como ministro de Economía de transición o candidato que aspira a fondos privilegiados.


En un círculo vicioso sin solución a la vista, la aceleración de la crisis económica está sumergiendo al país en un desorden institucional mayúsculo que acrecienta a su vez las dificultades para enfrentar el derrumbe de la economía.

En el vértice de la pirámide, la declinación del presidente Alberto Fernández a una reelección imposible no provocó ninguna mejora en su posición para gestionar. Al contrario, disparó un nuevo proceso de degradación. Si en su legitimidad inicial ya cargaba con la devaluación de haber aceptado una presidencia vicaria, ahora -excluido y desdeñado por toda su coalición política- la institución presidencial bajó un escalón más.

Si el Presidente, por despecho de los suyos o por defección propia, asume transcurrir como una sombra hasta el final del mandato, esa condición nunca será inocua en el ejercicio del poder. El vacío no se ejerce.

La prueba la tuvo Alberto Fernández al ver que su renunciamiento coincidía con un huracán que vino a rellenar su centro de baja presión. El Gobierno lo definió como corrida cambiaria, aunque para los ciudadanos fue una nueva y tempestuosa devaluación. Estacionado en un margen, el Presidente observó que el vacío fue ocupado por los aliados que lo tiraron a la banquina.

Sergio Massa protagoniza todavía la saga de una devaluación en serie. Asumió intentando camuflarla con desdoblamientos cambiarios que se bifurcaban cada mes. Cuando el experimento se agotó, devaluó para la liquidación de la soja.

Ahora Massa apuesta todo a un anticipo de fondos del FMI. En Washington no saben si recibirlo como ministro de Economía encargado de una transición o como un candidato que aspira a un financiamiento privilegiado para competir por la presidencia.


El caso de la vice es distinto. Massa todavía imagina un abordaje al barco; Cristina saluda desde un bote de evacuación. Ya entregó “todo lo que tenía para dar”, dijo el jueves.


Massa necesita de esa ambigüedad para contener el frente interno, desde la CGT ansiosa por las paritarias, hasta el kirchnerismo afligido por el default de su oferta electoral. Pero esa incertidumbre deliberada de Massa sobre su eventual postulación es su principal fragilidad para negociar con el Fondo. El mejor escenario para el Massa ministro sería un triunfo nítido de una oposición racional en las elecciones primarias, que genere un vuelco positivo de las expectativas económicas y le oxigene el camino a la transmisión del mando. Pero eso sería una decepción visceral para el Massa candidato.

El caso de la vicepresidenta es distinto. Massa todavía imagina un abordaje al barco; Cristina saluda desde un bote de evacuación. Sus expresiones acerca de que ya entregó «todo lo que tenía para dar» suenan más potentes que los trascendidos en contrario que replican en su corte de los milagros.

Esa tensión agónica en la vice: su pertenencia al Gobierno y su deserción del Gobierno se refleja en las contradicciones de su discurso. Como miembro del Gobierno apoya las gestiones de Massa ante el FMI; como desertora del Gobierno lo complica culpando de la inflación al FMI.

La traumática jubilación política de Cristina -esa larga gira chalchalera que viene enmascarando como charlas de magisterio- encierra además una contradicción mayor: el agotamiento definitivo de su intento de liderar al mismo tiempo el cambio y el orden en la Argentina. Como vicepresidenta le urge ordenar al oficialismo detrás de la consigna de Malena Galmarini: «Todo termina si termina Sergio». Como líder política agita la competencia en los márgenes del sistema. Por eso levanta y tensiona con Javier Milei. La crisis la vació de credibilidad para disputar con Rodríguez Larreta o Patricia Bullrich la escena competitiva de un cambio real.

Mientras, a su daño colateral sobre la dinámica de las instituciones lo sigue infligiendo desde el Congreso. Ha perdido el control del Senado pero insiste en auspiciar en Diputados un emprendimiento inoficioso y peregrino contra la Corte Suprema de Justicia.

La trama cada vez más evidente de intervenciones ilegales en las comunicaciones privadas de los máximos jueces del país parece conducir a terminales de las que no sería ajeno el aparato de inteligencia del Estado. ¿Acaso algunos fisgones de las líneas clonadas pueden terminar siendo los mismos que hacen discursos fogosos en la comisión de Juicio Político?

Toda esta arquitectura institucional dañada por la actual administración en los tres poderes del Estado es la que gestiona la evolución de la crisis. Cuando Argentina golpea la puerta de sus acreedores también subyace en sus interlocutores la idea de que el despoder no se ejerce.


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