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El difícil camino de Milei para legitimarse por resultados

El presidente intenta controlar la inflación y realinear el sistema político en torno al eje de ese logro. Aspira a conseguir lo primero este año y lo segundo en las elecciones de 2025.  La brecha cambiaria se achica. Observadores como Cavallo advierten que la convergencia entre tipos de cambios hacen que la suba de precios sea en dólares.

El gobierno de Javier Milei transmite acciones con la máxima aceleración posible y en los sentidos más diversos. Acciones en muchos casos inconclusas (o apenas la enunciación de acciones a futuro) que le imprimen a la agenda pública una sensación de celeridad muy diferente al estilo irresoluto de Alberto Fernández.

Pero para detectar la situación actual de la presidencia Milei, su estado del arte, conviene poner en contraste la celeridad de superficie con aquello que es permanente del fenómeno Milei. El gobierno actual proviene de dos legitimaciones concurrentes: la de la crisis económica y la de la fragmentación política que esa misma crisis provocó en el sistema de coaliciones y partidos. A Milei lo legitimó la evidencia de una hiperinflación inminente y el rechazo social a la dirigencia que la provocó.

La legitimación por la crisis no es un fenómeno nuevo. Carlos Menem y Néstor Kirchner, cada cual en su momento, fueron beneficiarios de ese consentimiento para medidas de excepción. En el caso de Milei, ese consentimiento llegó también con su añadido político: la declinación de liderazgos y la diáspora de las coaliciones dominantes hasta el momento.

La de Milei fue una legitimación emergente en medio de una fragmentación. Allí Milei aplicó una receta efectiva: apuntar sin pruritos a los votos de Macri, apoyarse bajo la superficie en alguna estructura residual del PJ y diferenciarse de ambos con un discurso de época, el de la nueva derecha.]

Si se observa lo que está detrás de la aceleración que comunica Milei; si se percibe aquello que es más bien permanente en el sistema político desde antes del acceso de Milei al poder, su bosquejo básico no ha cambiado. Lo sostienen los votos que obtuvo y en casos reveladores (como el del juez Ariel Lijo) también la misma porción de casta que siempre lo ayudó.

Lo nuevo es que Milei intenta construir una legitimación de relevo: una que le permita gestionar su mandato. Milei ha elegido buscar una legitimación por los resultados: controlar la inflación y realinear el sistema político en torno al eje de ese resultado por construir. Aspira a conseguir lo primero este año y lo segundo en las elecciones del año que viene.

Obstáculos

Entre esa aspiración de Milei y la realidad hay un océano de obstáculos. La geopolítica global (que es el contexto obligado para la crisis local que debe resolver Milei) se ha transformado en una escena muy dinámica.

A fines de este año, Estados Unidos elegirá presidente en un marco de conflictos abiertos de considerable magnitud. La agenda de la gestión Biden respecto a Argentina se ha vuelto intensa. Williams Burns, jefe de la CIA, estuvo en Buenos Aires. Hace 14 años que no venía a la Argentina un funcionario de máximo nivel de la central norteamericana de inteligencia. La general Laura Richardson, jefa del Comando Sur de Estados Unidos llegó después. Ratificó la inquietud del embajador Marc Stanley por la actividad en la base espacial China en Neuquén y advirtió de que el problema del fentanilo es inminente en el avance regional del narcotráfico.]

Las preocupaciones de Estados Unidos por el posicionamiento de China en la región reflejan un cambio de clima más amplio. Para The Economist, ha llegado para Occidente el momento de “infeliz claridad” sobre China. El último foro de diplomáticos y académicos sobre China realizado en Estocolmo llegó a un consenso realista y sombrío. La colusión de Xi Jinping y Putin contra Ucrania le abrió los ojos a Europa. En América Latina, ese pacto de autócratas siempre estuvo como alternativa para dictaduras férreas como las de Venezuela, Nicaragua y Cuba.

Estas realidades son el telón de fondo de las negociaciones financieras que encara el Gobierno nacional con el Fondo Monetario, que se entrelazan con las comerciales que deberá resumir ante la subsecretaria de Comercio Internacional de Estados Unidos, Marisa Lago, que llegará esta semana a nuestro país. Son tratativas centrales para la legitimación por resultados a la que aspira Milei, porque el plan de ajuste atraviesa un momento de datos macroeconómicos contrastantes.

El ministro Luis Caputo estimó que la inflación de marzo rondará el 10%. Por primera vez, conseguiría una inflación menor al último mes íntegramente atribuible a la gestión Massa: noviembre de 2023, 12,3%. La brecha cambiaria se ha reducido al punto de transformarse en un argumento favorable para Milei cuando le consultan sobre una nueva devaluación o una eventual salida del cepo.

Pero al mismo tiempo, observadores como Domingo Cavallo están señalando que la inflación desciende con una fuerte caída del nivel de actividad económica y que la convergencia más cercana entre los tipos de cambios convierten a la inflación en un aumento de precios medido en dólares.

La conclusión a la que llega Cavallo es que sería apresurado abrir el cepo en el segundo semestre y no conviene seguir retrasando el dólar frente a la inflación. La tasa de inflación mensual puede retomar alguna inercia, porque la caída de los salarios reales en el sector privado y las jubilaciones en el sector público ya está tocando un piso. En otras palabras: el saldo comercial favorable de la cosecha gruesa puede entrar en riesgo si Milei se encandila con los datos de corto plazo.

Son consejos que le llegan a los funcionarios de Milei desde distintas vertientes del pensamiento liberal. A muchos liberales les preocupa que los libertarios puedan a terminar chocando al liberalismo. De a ratos el Gobierno los escucha. En otras ocasiones los ignora acudiendo al discurso dogmático, anarcocapitalista y libertario, que se ha transformado en una falacia eficiente para excusar varias torpezas en la administración de la cosa pública. “Si el Estado es una organización mafiosa que las fuerzas del cielo vienen a detonar de una vez y para siempre ¿para qué preocuparse en gestionar bien el Estado?”

Lo repiten como un mantra todos los funcionarios. Como si ignorasen que los primeros gestores estatales que pueden derretirse en la fragua de ese colapso serían ellos mismos.


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