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El final de la vida de Manuel Belgrano

La muerte lo sorprendió el 20 de junio de 1820, en la pobreza, rodeado solo de su familia más cercana y sus fieles amigos. Un triste e inmerecido final.

Un nuevo mes de Junio nos trae el recuerdo de uno de nuestros mejores hombres, quiero, entonces, rememorar un aspecto no tan conocido de su vida, cual el detallar sus últimos días, plagados de pesares y sufrimientos, soportando abandono y pobreza extrema, indigno trato para con quien consagrara su vida a la causa y a los intereses de nuestra Patria

Hallándose al frente del Ejercito Auxiliar del Perú, superado por la hidropesía, enfermedad que lo aquejaba, decide pedir licencia, la cual le es concedida, entregando el mando al general Francisco Fernández de la Cruz en el campamento del Pilar, en la provincia de Córdoba, en setiembre de 1819, despidiéndose de sus hombres en estos términos:

“Me es sensible separarme de vuestra compañía, porque estoy persuadido de que la muerte me seria menos dolorosa, pero es preciso vencer los males que me aquejan y volver a vencer con vosotros a los enemigos de la Patria que por todas partes nos amenazan. Nada me queda más que deciros, sino que sigáis conservando el justo renombre que merecéis por vuestras virtudes, cierto que con ellas daréis glorias a la Nación, y corresponderéis al amor que os profesa tiernamente vuestro General”.

Se retira e instala en La Ciudadela, en la provincia de Tucumán, para su descanso y recuperación, aunque presagiando su final.

Su cuerpo y la indiferencia de sus semejantes, aunado a que las autoridades le niegan el sustento para hacer frente al mal que lo aquejaba, le generan un pesar tal que lo lleva a decir: “Yo quería a Tucumán como a la tierra de mi nacimiento, pero han sido aquí tan ingratos conmigo que he determinado irme a morir a Buenos Aires”.

Para poder concretar su viaje a la ciudad del puerto solicitó a los gobernantes de entonces lo ayudaran con el pago de los sueldos adeudados por sus servicios, teniendo la negativa como respuesta.

Aparece en escena su amigo Celedonio Balbín, quien le facilita fondos para iniciar su travesía, los que acepta, mas comprometiéndose a reintegrarlos una vez que se saldara la deuda del Estado para con él.

Comienza su regreso a su ciudad natal acompañado de su médico y fiel amigo Joseph Redhead, un escocés residente de Salta, quien había sido enviado por Martín Miguel de Güemes para su atención y cuidado; iban también su confesor, el padre José Villegas y sus ayudantes de campo, los sargentos mayores Jerónimo Helguera y Emilio Salvigny.

Su viaje estuvo marcado por el sufrimiento generado por el agravamiento de su enfermedad, de allí que fue esencial la labor de sus acompañantes en asistirlo en cada tramo, ya que su cuerpo no le respondía a pesar de sus esfuerzos y debía ser bajado en brazos al llegar a cada posta.

Además, como bien lo señala Bartolomé Mitre: no encontró la menor muestra de la hospitalidad que sobradamente merecía.

Al llegar a su destino, se recluyó, primeramente, en el solar familiar situado en San Isidro, para, luego, ir hacia su Buenos Aires natal, instalándose allí a pocos metros de la casa paterna en la que naciera, ubicadas ambas propiedades en la actual vereda par de la avenida Belgrano, en su intersección con el pasaje 5 de julio, ahí nomás de la Iglesia del Convento de Santo Domingo, en cuyo patio frontal se encuentra el mausoleo que guarda sus restos.

La muerte lo sorprendió el 20 de junio de 1820, en la pobreza, rodeado solo de su familia más cercana y sus fieles amigos, siendo sus últimas palabras una síntesis de una vida consagrada a nuestra Nación, a la que tuvo presente hasta en aliento final: “Ay, Patria mía!”.

Así, triste e inmerecido, fue el final de la vida de uno de nuestros mejores hombres, de quien acertadamente se dijo “fue grande sin pretenderlo y encontró la gloria sin buscarla en el camino del deber”.

* Miembro del Instituto Nacional Belgraniano. M iembro de número de la Junta de Estudios Históricos de Neuquén.


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