La educación y lo afectivo

Últimamente, no paramos de escuchar que la educación está en crisis. Que la escuela no responde a lo que necesitan las familias, que los chicos no están listos para el trabajo y que, al final, no aprenden nada.

Además, vemos a chicas y chicos de todas las edades pegados a la Play, sacándose selfies todo el tiempo y apegados al “me gusta” y “me encanta” como si se fuera la vida en esto, buscando aceptación social y la necesidad de pertenecer. Lo extraño es que los grandes también hacemos lo mismo.

¿Alguna vez nos preguntamos realmente qué estamos construyendo? ¿Somos conscientes, como adultos y educadores, de cuánto influimos en quienes vienen detrás?

Hoy en día, parece que lo individual pesa más que lo colectivo.

Antelo, que era un estudioso en educación, decía que educar es todo lo que hacemos para que alguien se vuelva humano.

¿Y con los sentimientos, cómo venimos? ¿Podemos ponernos en el lugar del otro, sentir empatía, darle valor a aprender algo porque sirve para enseñarlo a otros?

¿Será posible pensar a la amorosidad como parte del desarrollo cognitivo en los estudiantes de todos los niveles del sistema educativo?

Vivir juntos requiere de amor, así de simple. Es el amor el que nos conecta con los demás. Este sentimiento se aprende, se fortalece con el tiempo, y es parte de lo que damos y recibimos. A veces, amar duele. El sociólogo Zygmunt Bauman decía que lo que amamos es la esperanza o la sensación de ser queridos.

Martha Nussbaum, que sabe mucho de ética, sostiene que el amor es una emoción clave para respetar a la humanidad y nos impulsa a pensar en el bien de todos.

Nos cruzamos con historias: alguien es dejado de lado, lo humillan (ahora el bullying está por todos lados, en las redes y en la vida real).

Un nene o una nena recibe una cargada de un tío o un compañero: le dicen “gordo”, “tonto”, “flaco”, “negro”, “pobretón”, todo junto y después lo dejan solo, en el vacío. Eso le da vergüenza, se lo cree, se siente débil, no sabe cómo defenderse ante la presión social y termina fuera del grupo, con miedo.

El hecho de quedar afuera, de no ser parte, se internaliza, se vuelve parte del juego y nosotros, los adultos, tenemos que entender que una mirada puede dejar afuera o puede incluir, porque define cómo vemos a alguien.

Educar la mirada es uno de los grandes desafíos de hoy. Mirar con respeto y empatía ayuda a construir una identidad, donde todos puedan acordar respetando la inteligencia. ¿Qué tipo de acuerdos queremos para nuestra sociedad?

Podríamos enseñar, en casa, que nadie tiene derecho a humillar ni excluir a otro.

En la sociedad de hoy, donde hay muchos tipos de familias, ¿pensamos en todos los tipos de familias y reconocemos que todos tienen derecho a ser respetados, cuidados y valorados?

Mirar lo que hacemos en lo cotidiano, prestar atención a lo que decimos y callamos, a lo que nos molesta y a lo que defendemos, es una buena manera de reflexionar y mejorar los procesos educativos, sobre todo en situaciones donde chicos y chicas terminan siendo excluidos.

Como sociedad, necesitamos pensar en cómo se construye la cultura afectiva en las escuelas, jardines, familias, terciarios y universidades.

La escuela, en el fondo, nos enseña a convivir, a ser parte de una comunidad. Va más allá de las paredes, nos promete un trato justo y nos enseña a mirarnos a través de los ojos del otro, reconociéndonos como iguales.

Desde el jardín, la escuela tiende ese puente hacia la afectividad, hacia sentir con el otro. Ese puente hay que seguir construyéndolo en la primaria, en la secundaria, y aún más en los niveles superiores. Hay que construir una pedagogía del lazo, del compromiso cotidiano, que trascienda la escuela y llegue a lo social y político.

Hoy, la escuela pública es un refugio para chicos y chicas, un lugar sin etiquetas, donde enseñar siempre será resistir y estar del lado de los que más lo necesitan, frente a un mundo que muchas veces es injusto.

*Especialista en currículum y prácticas escolares. Docente del IUPA.


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