Los autócratas suelen ser autodestructivos





Puede que algunos consideren a Putin un líder providencial, pero lo más probable es que sea recordado como uno de los políticos más ineptos de los últimos tiempos.


Antes de poner en marcha la largamente meditada invasión de Ucrania, Vladimir Putin contaba con muchos admiradores en los países democráticos. Creían que, a diferencia de sus propios gobernantes, tan pusilánimes y poco ambiciosos ellos, el ruso estaba dispuesto a correr riesgos para alcanzar sus objetivos. Para más señas, muchos coincidían con él en que el Occidente era tan decadente que sería incapaz de hacer frente a los desafíos planteados por sus enemigos.

Puede que algunos sigan tomando a Putin por un líder providencial, pero a esta altura lo más probable es que sea recordado como uno de los políticos más ineptos de los últimos tiempos. Lejos de ser un estratega genial, se las ha arreglado para provocar un desastre que pone en duda el futuro de la Federación Rusa.

Hasta mediados de febrero, tanto los rusos mismos como los expertos de otros países suponían que el ejército de Putin era el segundo más poderoso del mundo, razón por la cual conquistaría Ucrania en una cuestión de días. Resultó ser un mito. Mal equipadas y pésimamente dirigidas, las fuerzas armadas rusas no pudieron apoderarse de Kiev y a duras penas lograran aprovechar el desconcierto inicial de los ucranianos para ocupar franjas del sur de su país.

Asimismo, Putin se equivocó por completo al calcular que los países occidentales se limitarían a protestar frente a lo que preveía sería un hecho consumado. Para desconcierto suyo, Estados Unidos, Gran Bretaña y los integrantes de la Unión Europea, en especial los recién liberados de la Unión Soviética, reaccionaron entregando a Ucrania miles de millones de dólares en ayuda y enviándole una cantidad creciente de armas de precisión muy superiores a las rusas. Aunque nada está escrito, parecería que Ucrania podría expulsar a los invasores de todo su territorio soberano, incluyendo la península de Crimea.

Bien, ¿Qué nos dice todo esto? Para comenzar, que a los autócratas no les es nada fácil actuar con racionalidad. Rodeados de adulones que les temen, propenden a tomar en serio sus propias obsesiones. Putin se había convencido de que Ucrania no era un país auténtico sin que nadie en su entorno se atreviera a señalarle que sus habitantes no añoraban verse abrazados por la Madre Rusia. Tampoco intentaban advertirle que el presidente Voldymyr Zelensky no era un títere “nazi”, un actorzuelo y con toda probabilidad un “drogadicto”, como aseguraba la propaganda del Kremlin, sino un hombre que podría erigirse en un gran líder nacional.

Es verdad que las democracias a menudo parecen débiles y divididas, mientras que las autocracias brindan la impresión de ser dechados de eficiencia, pero las apariencias engañan. A través de los siglos, muchos regímenes autoritarios han terminado autodestruyéndose luego de haber causado daños enormes a las sociedades que gobernaban debido a su propensión a subestimar las dificultades que enfrentan y a sentirse obligados a resolver los problemas con medidas contundentes. Impacientes por naturaleza, la voluntad de quemar etapas los lleva a perpetrar errores fatales.

Lo mismo que muchos compatriotas suyos, Putin soñaba con hacer de Rusia una gran potencia no sólo militar sino también cultural y, andando el tiempo, económica. Consciente de que la demografía no lo ayudaba, quería sumar a los casi 50 millones de ucranianos a los aproximadamente 116 millones de rusos étnicos de la Federación, donde conviven con casi 30 millones de personas de orígenes distintos. Si bien es posible que una “política de seducción” menos agresiva que la elegida hubiera servido para acercar a los dos pueblos, ya que tienen mucho en común, la hostilidad hacia todo lo vinculado con el Occidente de Putin le impidió ensayarlo. Como consecuencia de la invasión, los ucranianos han decidido que su destino colectivo tiene que ser netamente occidental.

Antes de la revolución que encabezaría, Lenin calificó a la Rusia de los zares como “una cárcel de pueblos”. A juicio de los miembros de las docenas de minorías que viven en la Federación Rusa, sigue siendo una, y la percepción de que las fuerzas armadas rusas son débiles, combinadas con el rencor ocasionado por el uso por Putin de sus jóvenes como carne de cañón, están atizando fuegos independistas en lugares del Cáucaso y del Lejano Oriente. No extrañaría, pues, que una eventual derrota en Ucrania de la irremediablemente desprestigiada máquina militar rusa se viera seguida por una ola de rebeliones en las repúblicas mayormente musulmanas de la Federación, de ahí la preocupación de los muchos que, antes de difundirse detalles de las atrocidades cometidas por los invasores, rezaban para que los ucranianos y sus aliados ofrecieran a Putin una salida digna del matadero en que se ha perdido.


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