Qatar, el gran desierto de los derechos humanos

Marcelo Antonio Angriman

*Abogado, Profesfor Nacional de Educación Física, docente universitario. angrimanmarcelo@gmail.com

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Estiman que 6.500 inmigrantes de India, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka perdieron la vida en la construcción de los ocho estadios que serán utilizados para el Mundial.


La FIFA acaba de prohibir a la selección de Dinamarca entrenar con una camiseta con la leyenda “Derechos humanos para todos”. Amnistía Internacional impugnó dicha resolución y llamó a la casa madre del fútbol y a Qatar a establecer un programa de reparación integral, que incluya indemnizaciones por todos los abusos laborales cometidos.

Según esta última organización y el periódico inglés The Guardian, 6.500 inmigrantes de India, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka perdieron la vida en la construcción de los ocho estadios que serán utilizados para el Mundial por condiciones infrahumanas de labor, al tener que trabajar a 50 grados de temperatura.

Con una superficie desértica de tan solo 11.586 km2 y una población cercana a los 3 millones de habitantes, solo el 10% de la población es qatarí. A los trabajadores foráneos se les aplica el sistema de Kafala, que significa “garantizar”. Mediante dicho régimen los trabajadores no pueden entrar al país u obtener una visa a menos que acrediten esa dependencia. El operario no puede cambiar de trabajo, ni abandonar el país, sin el permiso previo de su empleador. Dicha normativa laboral se aplica con variaciones en todos los países del Golfo y es aceptada por necesidad, al permitir a los obreros cobrar algo más que en su lugar de origen y enviar así remesas a sus familiares.

Qatar, anfitrión de la primera Copa del Mundo a jugarse en Medio Oriente, soporta además una resistencia global por la política de derechos humanos, en especial por el trato que reciben las mujeres y los miembros de la comunidad LGBTIQ.

Gianni Infantino, titular de la FIFA, aseguró en la carta que todos serán bienvenidos en el país sede “independientemente de su origen, antecedentes, religión, género, orientación sexual o nacionalidad”. El comunicado obvió el pedido de Inglaterra, Gales y otros seis seleccionados de Europa para que los capitanes porten un brazalete multicolor como reivindicación de la diversidad sexual, en un país que sanciona toda conducta que se aparte de la heterosexualidad.

Khalid Salman, un ex futbolista qatarí devenido en embajador de la Copa del Mundo, declaró que “la homosexualidad es un daño en la mente” y un “haram”, un pecado prohibido en el Islam. Salman aclaró que su país tolerará a los visitantes homosexuales, “pero tienen que aceptar nuestras normas”.

En octubre, un informe de Human Rigths Watch denunció la brutalidad policial sistemática contra esta comunidad documentando al menos seis casos de apremios ilegales entre 2019 y 2022.

Para Qatar el Mundial es la oportunidad de abrirse al mundo bajo el influjo del “sport washing”, por el cual se utiliza al deporte para limpiar la imagen pública y consolidar al país como la potencia más destacada del Golfo Pérsico por encima de los Emiratos Árabes y de Arabia Saudita.

Ello constituye una cuestión de Estado y, por tal motivo, el Mundial qatarí no ha escatimado en gastos, siendo el más caro en la historia del fútbol con 200.000 millones de dólares. Localía que nació sospechada en función de presuntos sobornos que, luego fueron reconocidos, en la elección de la sede.

La inversión privada también apoya la política oficial: “Qatar Airways”; está impreso en las camisetas de los mejores equipos del mundo sponsoreando los principales partidos de la FIFA y de la UEFA. La financiación del Paris Saint Germain es otra clara muestra de dicho concepto.

Distintas voces se han alzado contra tanto abuso. El propio Jurgen Klopp con toda crudeza ha señalado que nadie hizo lo suficiente para impedir que este Mundial se concrete; en distintas ciudades de Francia y Alemania se ha llamado a un boicot contra el Mundial e influencers destacados como el español Ibai Llanos ya han decidido no viajar a Medio Oriente.

Siendo público y notorio lo advertido por organizaciones de derechos humanos sorprende como la FIFA juega al distraído, privilegiando siempre al negocio por sobre el mensaje que debiera dar una federación deportiva.

También que nuestro país nada diga desde su arco político, cuando siempre se ha jactado por la defensa de los derechos humanos, resulta de una condescendencia indolente, para no avanzar en el silencio de la AFA, funcional como siempre a los intereses económicos.

La pelota está por comenzar a rodar. En materia deportiva, todos deseamos que a la selección nacional le vaya bien, en uno de los pocos acontecimientos que, cada cuatro años, nos une sin distinción de banderías. En cuestión de solidaridad con los derechos humanos de nuestros semejantes y desde la dirigencia, nunca saldremos a la cancha.

*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com


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