¿Quién cuida a los que enseñan?

A raíz de las amenazas y hechos de violencia que involucraron armas e infancias durante las últimas semanas, el clima en todas las aulas del país se vio modificado. Mi aula, en el IFDC no fue distinta. El lunes pasado, en la clase de Práctica Docente, dejamos un ratito de lado el contenido a enseñar para dar lugar a lo urgente -como pasa tantas veces en educación-. Analizamos qué se hace cuando el miedo entra al aula. Leímos protocolos, analizamos noticias y escuchamos testimonios. Psicólogos hablando del “efecto contagio” padres angustiados, cuyos hijos, chicos “normales”, son autores de “bromas” que movilizan a toda una comunidad.
Leímos y escuchamos sobre escuelas que prohíben el ingreso con mochilas y otras donde la policía interviene revisando pertenencias en la puerta. Mientras tanto, en los márgenes de la realidad escolar, los opinólogos de turno sentencian que todo es una “joda” o una “moda”, y que la suspensión de clases es solo una excusa de “docentes vagos” para no trabajar. Nada que duela más a quienes defendemos la tiza y el pizarrón.
Lo que impacta no es solo la amenaza, sino la realidad que supera la ficción. En algunos casos, como sucedió en La Pampa, las armas estaban en el hogar. En Allen, no hace mucho un joven murió asesinado en la plaza por un disparo que al parecer dio otro jovencito también. El problema no es la “broma”, es el acceso y la naturalización de la violencia. Y una vez más, es la escuela la que debe lidiar con aquello en lo que falla el Estado o a quien sea que le corresponda.
La violencia, el trauma y las situaciones están, no se resuelven con improvisación, no se resuelven con intenciones ni medidas superficiales. Una vez más está la reacción y no hubo prevención.
Mis estudiantes de Residencia, que están a días de ingresar a las escuelas, me preguntan cómo actuar, hasta dónde intervenir si sucede, si escuchan algo. Algunos ríen por nervios, a otras, la angustia les atraviesa el cuerpo porque también son madres. Se preguntan, con justa razón, en qué parte del diseño curricular les enseñaron a mediar en situaciones de armas. Esa materia no existe y no debe existir, van a ser docentes, van a trabajar con adolescentes.
En el debate con mis estudiantes surgieron verdades incómodas: no hay equipos técnicos de apoyo suficientes ni dispositivos reales de contención para juventudes que quedan cada vez más solas. No es siempre una soledad por elección familiar: hay padres y madres que deben trabajar más horas de las que el día permite porque el sueldo no alcanza para llegar a fin de mes.
Es injusto y, sobre todo, peligroso pedirle a la escuela que resuelva lo que la sociedad y el Estado no están gestionando. La educación no debe, ni puede, andar parchando las grietas de un sistema que se desmorona afuera.
Pedirle a la escuela que resuelva la violencia estructural, la crisis de salud mental y la ausencia del Estado no solo es injusto: es, sobre todo, peligroso.
Cuidar a nuestras infancias y juventudes, y a mis estudiantes de residencia hoy, es entender que la educación no es un parche, sino un derecho que requiere de todos los otros derechos garantizados.
* Prof. de Práctica Docente IV y Residencia Pedagógica. Profesorados de Educación Secundaria en Matemática, en Física y en Química.
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