Optimismo fugaz
La hipotética participación de Pedro Pou en el lavado de dinero es sobre todo un pretexto para atacarlo.
A fines del año pasado, el presidente Fernando de la Rúa y sus colaboradores más estrechos creían que luego de doce meses de adversidad les aguardaba un período de crecimiento económico acaso no muy vigoroso pero aun así suficiente como para eliminar el «malhumor» paralizante que tanto perjudicaba al país. Sin embargo, gracias en buena medida a las actividades de ciertos aliancistas como la diputada radical Elisa Carrió, las nubes han vuelto a cubrir el horizonte. Si bien a De la Rúa y al ministro de Economía José Luis Machinea les ha sido forzoso brindar la impresión de tomar en serio las acusaciones que se han dirigido contra el titular del Banco Central, Pedro Pou, tanto ellos como muchos otros tienen pleno derecho a sentirse alarmados por la forma que ha asumido esta cruzada, con políticos de ideas estrafalarias como Raúl Alfonsín y oportunistas como Carlos Ruckauf entregándose a una campaña indisimuladamente política, para no decir ideológica, encaminada a asegurar el remplazo de un «neoliberal» por alguien más dispuesto a ponerse al servicio de distintos proyectos de características netamente populistas. La ofensiva contra Pou no tardó en deprimir a la pequeña Bolsa porteña que, para sorpresa de muchos, había compartido el optimismo del gobierno hasta tal punto que en enero el índice principal subió vigorosamente a pesar de las bajas registradas en Nueva York, y todo hace pensar que el impacto negativo de lo que muchos dan por descontado es una maniobra política llamativamente insensata continuará causando estragos en la «economía real».
Si existieran algunos motivos concretos para creer que durante cinco años el presidente del Banco Central ha estado instrumentando una conspiración criminal habilísima destinada a convertir la Argentina en un país lavador de dinero, podría entenderse la actitud de los políticos que están reclamando su cabeza, pero sucede que sus sospechas parecen basarse en nada más sólido que el disgusto que les producen la personalidad, los vínculos políticos y las ideas de Pou y que su hipotética participación en el lavado de dinero en gran escala es sólo un pretexto para atacarlo. En otras palabras, los muchos adversarios de Pou están claramente dispuestos a subordinar a sus propios caprichos y ambiciones la evolución de la economía nacional que, por cierto, no se ha visto favorecida en absoluto por los esfuerzos febriles de los dirigentes políticos por convencer a todos de que la máxima autoridad monetaria del país es «un delincuente» relacionado con bandas criminales. Demás está decir que no les inquieta del todo el hecho de que en el caso de que Pou sí resultara ser un malhechor, al país les convendría solucionar la crisis así supuesta de la manera menos traumática posible, lo cual requeriría una dosis de habilidad política nada común, a fin de reducir al mínimo los costos que sin duda alguna ocasionaría un desenlace tan sensacional. ¿Lo entienden? Parecería que no, que desde su punto de vista no se trata de un problema nacional muy grave, sino de un pequeño episodio privado que en buena lógica no debería afectar a nadie con la excepción de ellos mismos y sus adversarios menemistas.
Como es natural, la crasa irresponsabilidad de la cual están haciendo gala tantos integrantes de la clase política nacional no ha pasado inadvertida en el resto del mundo. Aunque todos concuerdan en que sería legítimo procesar a Pou si realmente ha obrado tan mal como afirman sus enemigos, los interesados en el futuro de la Argentina – o de sus inversiones en el país -, no pueden sino sentirse preocupados por la conducta de dirigentes que, con una mezcla insólita de miopía y soberbia, parecen resueltos a impedir que la economía logre sustraerse al pozo en el cual se precipitó hace más de un año. En vez de intentar tranquilizar a los mercados, muchos políticos destacados están tratando de asustarlos, acaso por creer que el electorado los votará si se las ingenian para hacer trizas una recuperación incipiente que, de consolidarse, podría suministrarnos los recursos financieros que serían necesarios para comenzar a poner en marcha programas que podrían contribuir a atenuar problemas que son decididamente más penosos que el supuesto por la presunta «negligencia» del presidente del Banco Central.
A fines del año pasado, el presidente Fernando de la Rúa y sus colaboradores más estrechos creían que luego de doce meses de adversidad les aguardaba un período de crecimiento económico acaso no muy vigoroso pero aun así suficiente como para eliminar el "malhumor" paralizante que tanto perjudicaba al país. Sin embargo, gracias en buena medida a las actividades de ciertos aliancistas como la diputada radical Elisa Carrió, las nubes han vuelto a cubrir el horizonte. Si bien a De la Rúa y al ministro de Economía José Luis Machinea les ha sido forzoso brindar la impresión de tomar en serio las acusaciones que se han dirigido contra el titular del Banco Central, Pedro Pou, tanto ellos como muchos otros tienen pleno derecho a sentirse alarmados por la forma que ha asumido esta cruzada, con políticos de ideas estrafalarias como Raúl Alfonsín y oportunistas como Carlos Ruckauf entregándose a una campaña indisimuladamente política, para no decir ideológica, encaminada a asegurar el remplazo de un "neoliberal" por alguien más dispuesto a ponerse al servicio de distintos proyectos de características netamente populistas. La ofensiva contra Pou no tardó en deprimir a la pequeña Bolsa porteña que, para sorpresa de muchos, había compartido el optimismo del gobierno hasta tal punto que en enero el índice principal subió vigorosamente a pesar de las bajas registradas en Nueva York, y todo hace pensar que el impacto negativo de lo que muchos dan por descontado es una maniobra política llamativamente insensata continuará causando estragos en la "economía real".
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