Otra vez la corrupción
Que la Argentina sea considerada un país llamativamente corrupto no es exactamente una novedad. Con regularidad, la organización Transparencia Internacional nos recuerda que en opinión de los encuestados aquí se ha generalizado el desprecio por las normas más básicas. Así y todo, la entrega más reciente de los cables de la embajada de Estados Unidos difundidos por WikiLeaks sorprende por la contundencia de los juicios formulados por los diplomáticos y sus interlocutores locales. Dan por descontado que integrantes del gobierno kirchnerista siempre han estado mucho más interesados en frustrar los esfuerzos de los investigadores que en ayudarlos y les motiva asombro el que el ex presidente Néstor Kirchner haya podido ganar muchísimo dinero comprando terrenos a precio vil para entonces venderlos a “40 veces su valor original”, entre otras maniobras destinadas a aumentar todavía más el ya abultado patrimonio de la familia gobernante. Creen que no es tanto una cuestión de la falta de voluntad política del gobierno de enfrentar el problema cuanto de la resistencia sistemática a permitirlo por parte de personajes convencidos de que les corresponde aprovechar al máximo las oportunidades brindadas por el poder bajo el pretexto de estar liderando una revolución social que, andando el tiempo, haría de la Argentina un país más equitativo. Aunque en ocasiones los diplomáticos norteamericanos parecen dispuestos a dar a nuestros dirigentes el beneficio de la duda, como cuando aluden a la presunta “incapacidad” del gobierno para luchar contra un fenómeno que lo desborda, por lo común lo tratan como una banda de amigos, cuando no de familiares, inescrupulosos que están resueltos a enriquecerse en tiempo récord y que han logrado ubicar a cómplices en reparticiones que en teoría deberían controlarlos. Ya pertenecen al pasado los días en que era habitual minimizar la importancia de la corrupción tratándola como una particularidad de ciertas culturas que debería respetarse y afirmando que, de todos modos, en el fondo el intercambio de regalos no era más siniestro que cualquier conversación amistosa. En la actualidad todos, salvo los irremediablemente corruptos, entienden que tiene consecuencias gravísimas para las sociedades en que es endémica. Para empezar, un gobierno dominado por corruptos no puede manejar la economía según criterios racionales puesto que los funcionarios, tanto los más encumbrados como sus subordinados, automáticamente privilegiarán sus propios intereses materiales por encima de los de la comunidad en su conjunto, firmando contratos jugosos con empresarios amigos y pagándoles sobreprecios. Por lo demás, los políticos, empresarios y magistrados corruptos suelen arreglárselas para convertir en cómplices a quienes a inicios de sus carreras querían ser honestos, informándoles que, si se niegan a colaborar, perjudicarán al partido o corriente ideológica en que militan, razón ésta por la que muchos que pusieron el grito en el cielo para denunciar la corrupción de los menemistas “neoliberales” no dicen nada sobre las prácticas igualmente perversas de los kirchneristas supuestamente progresistas. Por desgracia, está tan difundida la corrupción en nuestro país que combatirla parece casi imposible. De procesarse a todos los acusados de pedir coimas, y ni hablar de quienes se han acostumbrado a guardar silencio sobre las fechorías ajenas, la clase política nacional quedaría reducida a una fracción de sus dimensiones actuales. Sin embargo, una amnistía acompañada por el compromiso solemne, firmado por todos, de que en adelante se aplicará una política de tolerancia cero –una versión de los blanqueos impositivos que se declaran cada tanto– no serviría para nada porque nadie la tomaría en serio. Con todo, es tan grave la situación que se ha creado que, a menos que un futuro gobierno resulte dispuesto a tomar las medidas necesarias para que la Argentina deje de ser una especie de zona liberada para los decididos a saquearla, seguirá siendo boicoteada por una proporción cada vez mayor de los grandes inversores internacionales, la economía permanecerá al servicio de la banda de turno y las lacras sociales continuarán siendo aprovechadas por auténticos especialistas en el arte de beneficiarse de las penurias de sus propios compatriotas.