Padres de cal y padres de arena

Marcelo Antonio Angriman *

Si yo te contara las cosas fuertes, como perder un partido, entrar en una habitación y que te peguen una piña en medio de la boca con el puño cerrado.  O que te metan la cabeza en un baño o que te agarren a cintazos arriba de una cama. O un robo de cuatro o cinco millones de dólares…”
Estas contundentes palabras del ex tenista Guillermo Pérez Roldán sacuden por su crudeza. Pero retumban, aún más, cuando se advierte que son el fruto del dolor reprimido por un hijo durante décadas.


Rocky, como fue bautizado por la potencia de su drive y su fortaleza física, fue número 13 del mundo en 1988. Ganó 9 títulos individuales. El primero de ellos, en Munich 1987, lo convirtió en el tenista nacional más joven en obtener un trofeo de ATP con 17 años y seis meses.


El tandilense se retiró prematuramente del deporte profesional, tras sufrir una irreparable lesión en su mano derecha, cuando salió en defensa -paradójicamente- de su progenitor, en una pelea callejera generada por éste.


Hoy con más de 50 años y viviendo en Santiago de Chile, reconoce la calidad técnica de la escuela creada por Raúl Pérez Roldán, pero concluye: “Hubiese preferido tener un peor entrenador y un mejor padre”.
La inestabilidad de Pérez Roldán padre, también fue sufrida por Mariano Zabaleta quien lo calificó como “un demente”.


El psicólogo deportivo Marcelo Roffé autor de mi “Hijo el campeón” advierte que: “En la cultura del exitismo y la dictadura del resultado existen un 90% de padres desequilibrados”, que transforman un espacio de esparcimiento en un auténtico martirio.


Equilibrados son quienes se preocupan por sus hijos pero no realizan preguntas por la eficacia. Padres que no exigen ni presionan, que disfrutan al ir a verlos. Son los menos, ya que la mayoría ejercen una influencia negativa por ser sobreprotectores, indiferentes, pseudo entrenadores, hipercríticos, vociferantes, agresivos, exitistas, sponsors, dirigentes o confusos al transmitir un doble mensaje. El origen de este desajuste suele estar dado por la necesidad del padre de transformar a su hijo en una tabla de salvación económica o porque éste sea un redentor de sus propios frustraciones.


Las estadísticas indican que el porcentaje de los deportistas que llegan a ser profesionales es ínfimo, razón por la cual la percepción de los padres siempre parte de una irrealidad, muy peligrosa para sus propios vástagos.

Padres de arena
Una de los costados menos conocidos de la extraordinaria carrera profesional de Michael Jordan, fue la relación con su padre.
La acerada y avasallante figura de Jordan exhibida en el documental de Netflix “The last dance” solo cede en materia de sentimientos cuando se refiere a su progenitor.


Equilibrados son quienes se preocupan por sus hijos pero no realizan preguntas por la eficacia. Padres que no exigen ni presionan, que disfrutan al ir a verlos.



El asesinato de James Jordan en Carolina del Norte, el 13-6-93, fue el golpe más duro que tuvo Michael durante su carrera y en toda su vida.
Tanto es así que provocó, en parte, su decisión de alejarse del básquet luego de tres títulos, para volcarse a la Liga profesional de beisbol americano.
Al retornar tras 21 meses en la MLB, utilizó por un tiempo la camiseta Nro. 45. La razón… que su padre no estaba allí para verlo.


Tras su regreso y la obtención de la cuarta corona, el llanto desconsolado del 23, tirado en el piso de un solitario vestuario, fue una demostración cabal del desconsuelo por la ausencia de su padre.
Al recordarlo dijo sobre él: “Él me ayudó a transformar las cosas negativas en positivas… Siempre me impulsó y me desafió, ese es el tipo de padre que tuve”.


Estas dos historias revelan cómo un padre obsesivo en materia deportiva puede ser tan nocivo para su hijo por el resto de su vida y cómo otro que respetando las distancias, pero dando el presente cuando hizo falta, fue un factor decisivo a la hora de forjar la mente del mejor jugador de básquet de la historia.


En la construcción de una personalidad autónoma, lo poco puede significar mucho y lo mucho por el contrario, poco.


Por más que estruje mi memoria hasta secarla, no recuerdo a mi padre haciendo un abdominal o dando algún consejo deportivo. Solo un mutismo sepulcral, cortado por su silenciosa presencia cerca de la puerta del gimnasio, aquella tarde adolescente de octubre en que ganamos un intercolegial.

Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com


Marcelo Antonio Angriman *

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