País de espectadores

Redacción

Por Redacción

De estar en lo cierto la Organización Mundial de Salud, la Argentina está entre los países más afectados por la “epidemia” de obesidad que se ha extendido por buena parte del planeta, ya que según sus cálculos el 40% de la población pesa demasiado. Por lo demás, la obesidad juvenil está aumentando a un ritmo alarmante. Así las cosas, sería de esperar que el gobierno se esforzara por combatir el sedentarismo que tanto ha contribuido al desastre sanitario impulsando las actividades físicas, pero su interés en hacerlo es escaso. Si bien la presidenta Cristina Fernández de Kirchner da por descontado que la Argentina es un país de deportistas natos, para ella y los estrategas de su movimiento personal sólo se trata de algo que hace una minoría de profesionales, de ahí el programa “Deportes para Todos”. Lejos de querer que los argentinos apaguen sus televisores, se levanten de sus sillones y se pongan a moverse como recomiendan los preocupados por la obesidad, lo que tienen en mente los kirchneristas es mantenerlos sentados por horas más mirando partidos de fútbol, rugby, tenis, básquet o lo que fuera difundidos gratis por los canales abiertos, acompañados, es de suponer, por tandas publicitarias destinadas a exaltar la gestión oficial, con la esperanza de que el regalo así supuesto sirva para que el candidato gubernamental consiga más votos en las elecciones previstas para octubre. Además de brindar a la multitud de deportistas inmóviles que hay en el país una excusa para engordar todavía más, el gobierno parece decidido a darles a los jóvenes más pretextos para estudiar menos. La presidenta se afirmó escandalizada porque “hay chicos que tenían que ir a un bar porque no podían ver un partido si no pagaban el cable”. Tal opinión no se ve compartida por los dueños de los bares, cuya clientela se ha reducido drásticamente merced a la voluntad kirchnerista de liberar los goles antes secuestrados del domingo, lo que ha perjudicado a un rubro económico acaso menor pero no por eso insignificante. Asimismo, los preocupados por la tendencia de la sociedad a atomizarse podrán argüir que incluso las reuniones espontáneas que se celebran en bares son positivas. Tampoco coincidirá con la presidenta la minoría de reaccionarios que se sienten angustiados por la caída estrepitosa del nivel educativo de amplios sectores de la población, en especial de los muchos jóvenes que, como es notorio, ni trabajan ni estudian, fenómeno que atribuyen en parte a la presencia ubicua de televisores y otros aparatos electrónicos que les permiten perder el tiempo sentados frente a pantallas. Con todo, los aún interesados en la educación no tienen derecho a sentirse sorprendidos, ya que es tradicional que los gobiernos populistas privilegien el bienestar de los hoteleros y otros que dependen del turismo, razón por la que en nuestro país el año lectivo oficial –y ni hablar del auténtico que en muchas provincias suele achicarse a causa de los frecuentes paros docentes– está entre los más breves del mundo civilizado. La Argentina dista de ser el único país en que males vinculados con el sedentarismo y el facilismo educativo –o sea, con la pasividad– están teniendo un impacto tan negativo que se han encendido las luces de alarma en organismos internacionales como la OMS y la Unesco, pero mientras que en otras latitudes los gobiernos están procurando amortiguarlo con campañas destinadas a convencer a la gente de la conveniencia de dedicar más tiempo a actividades físicas y, de tratarse de jóvenes, de estudiar un poquito más, aquí las máximas autoridades se han aliado con los intereses comerciales que, al reivindicar su presunto derecho a dar al público lo que más quiere sin preocuparse por las consecuencias, están resueltos a mantenerlo cautivo. Es por cierto paradójico que un gobierno que cuenta con el apoyo de los habituados a lamentar la influencia, a su entender nefasta, de las multinacionales propias del capitalismo globalizado haya optado por colaborar con quienes toman a la gente por un conjunto de consumidores pasivos, aunque en su caso no se inspira en el afán de lucro sino en una ideología populista de “pan y circo”, además, claro está, del deseo de perjudicar lo más posible a los empresarios que hasta hace poco dominaban el negocio del deporte televisivo.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 27 de febrero de 2011


De estar en lo cierto la Organización Mundial de Salud, la Argentina está entre los países más afectados por la “epidemia” de obesidad que se ha extendido por buena parte del planeta, ya que según sus cálculos el 40% de la población pesa demasiado. Por lo demás, la obesidad juvenil está aumentando a un ritmo alarmante. Así las cosas, sería de esperar que el gobierno se esforzara por combatir el sedentarismo que tanto ha contribuido al desastre sanitario impulsando las actividades físicas, pero su interés en hacerlo es escaso. Si bien la presidenta Cristina Fernández de Kirchner da por descontado que la Argentina es un país de deportistas natos, para ella y los estrategas de su movimiento personal sólo se trata de algo que hace una minoría de profesionales, de ahí el programa “Deportes para Todos”. Lejos de querer que los argentinos apaguen sus televisores, se levanten de sus sillones y se pongan a moverse como recomiendan los preocupados por la obesidad, lo que tienen en mente los kirchneristas es mantenerlos sentados por horas más mirando partidos de fútbol, rugby, tenis, básquet o lo que fuera difundidos gratis por los canales abiertos, acompañados, es de suponer, por tandas publicitarias destinadas a exaltar la gestión oficial, con la esperanza de que el regalo así supuesto sirva para que el candidato gubernamental consiga más votos en las elecciones previstas para octubre. Además de brindar a la multitud de deportistas inmóviles que hay en el país una excusa para engordar todavía más, el gobierno parece decidido a darles a los jóvenes más pretextos para estudiar menos. La presidenta se afirmó escandalizada porque “hay chicos que tenían que ir a un bar porque no podían ver un partido si no pagaban el cable”. Tal opinión no se ve compartida por los dueños de los bares, cuya clientela se ha reducido drásticamente merced a la voluntad kirchnerista de liberar los goles antes secuestrados del domingo, lo que ha perjudicado a un rubro económico acaso menor pero no por eso insignificante. Asimismo, los preocupados por la tendencia de la sociedad a atomizarse podrán argüir que incluso las reuniones espontáneas que se celebran en bares son positivas. Tampoco coincidirá con la presidenta la minoría de reaccionarios que se sienten angustiados por la caída estrepitosa del nivel educativo de amplios sectores de la población, en especial de los muchos jóvenes que, como es notorio, ni trabajan ni estudian, fenómeno que atribuyen en parte a la presencia ubicua de televisores y otros aparatos electrónicos que les permiten perder el tiempo sentados frente a pantallas. Con todo, los aún interesados en la educación no tienen derecho a sentirse sorprendidos, ya que es tradicional que los gobiernos populistas privilegien el bienestar de los hoteleros y otros que dependen del turismo, razón por la que en nuestro país el año lectivo oficial –y ni hablar del auténtico que en muchas provincias suele achicarse a causa de los frecuentes paros docentes– está entre los más breves del mundo civilizado. La Argentina dista de ser el único país en que males vinculados con el sedentarismo y el facilismo educativo –o sea, con la pasividad– están teniendo un impacto tan negativo que se han encendido las luces de alarma en organismos internacionales como la OMS y la Unesco, pero mientras que en otras latitudes los gobiernos están procurando amortiguarlo con campañas destinadas a convencer a la gente de la conveniencia de dedicar más tiempo a actividades físicas y, de tratarse de jóvenes, de estudiar un poquito más, aquí las máximas autoridades se han aliado con los intereses comerciales que, al reivindicar su presunto derecho a dar al público lo que más quiere sin preocuparse por las consecuencias, están resueltos a mantenerlo cautivo. Es por cierto paradójico que un gobierno que cuenta con el apoyo de los habituados a lamentar la influencia, a su entender nefasta, de las multinacionales propias del capitalismo globalizado haya optado por colaborar con quienes toman a la gente por un conjunto de consumidores pasivos, aunque en su caso no se inspira en el afán de lucro sino en una ideología populista de “pan y circo”, además, claro está, del deseo de perjudicar lo más posible a los empresarios que hasta hace poco dominaban el negocio del deporte televisivo.

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