Palabras irresponsables
A nadie le conviene que Alfonsín se dé el lujo de erigirse en paladín del antinorteamericanismo más virulento.
Si el ex presidente Raúl Alfonsín fuera una persona cualquiera, tendría todo el derecho del mundo a calificar al gobierno estadounidense como «un peligro universal», indignarse por las alusiones del secretario de Estado Colin Powell a la corrupción en nuestro país y opinar que lo que busca el FMI es «quedarse con la Argentina». Sin embargo, ocurre que Alfonsín no es un mero comentarista cuyas palabras, por urticantes que fueran, serían meramente la expresión de una opinión particular. Es, se supone, el aliado político principal del presidente Eduardo Duhalde, de suerte que sus intervenciones incidirán mucho en la relación del gobierno con Estados Unidos y el FMI. Puesto que a pesar de sus antecedentes Duhalde insiste en que «la Argentina debe integrarse al mundo, por lo que cerrar la economía sería un disparate», y cree que la relación con Washington es de importancia fundamental no sólo para su propia gestión sino también para el futuro del país, sería de esperar que los que de cierto modo forman parte del elenco gubernamental se resistirían a la tentación de procurar provocar una ruptura. Puede que esto no haya sido la intención de Alfonsín, pero si toma al pie de la letra sus propias palabras no le quedaría otra alternativa que la de reclamar la expulsión de los representantes de un organismo que a su entender aspira a apropiarse del país y proponer que en adelante hagamos lo posible por frustrar todas las iniciativas de un presidente norteamericano «ultraderechista» que a su juicio plantea una amenaza al universo entero.
Es comprensible que Alfonsín se sienta un tanto nervioso. Según las encuestas opiniones -y los resultados electorales más recientes-, se encuentra entre los políticos más desprestigiados en una etapa en la que ninguno cuenta con la aprobación mayoritaria. Asimismo, entenderá que, por las razones que fueran, el «modelo» político-económico con el que está identificado ya pertenece al pasado. Con todo, incluso un caudillo acostumbrado a atribuir todos los problemas habidos y por haber a la malignidad «liberal» o «imperialista» debería apreciar que dadas las circunstancias no conviene a nadie que se dé el lujo de erigirse en paladín del antinorteamericanismo más virulento. Si Alfonsín no puede con su genio, debería abandonar la política de tal modo que no existieran motivos para creer que sus actitudes pudieran reflejar aquellas de ciertos círculos gobernantes. Al fin y al cabo, uno de los obstáculos más engorrosos que Duhalde ha de enfrentar consiste en la impresión muy difundida en Washington de que tanto él como su socio Alfonsín son populistas incorregibles y que en cualquier momento podrían transformarse en versiones sureñas del demagogo venezolano, el filocastrista Hugo Chávez. De más está decir que si por su conducta confirmaran sus sospechas, el presidente norteamericano George W. Bush tendría buenos motivos para tratar a la Argentina como un país enemigo y para actuar en consecuencia, lo cual, en vista de nuestra situación actual, tendría consecuencias desastrosas para millones de personas que no tienen ningún interés en ser víctimas de una aventura aislacionista liderada por representantes del populismo bonaerense.
En cuanto a la noción alfonsinista de que el «plan sustentable» exigido por Estados Unidos, la Unión Europea y el FMI sería «la miseria del pueblo argentino», ayudaría si reflexionara un poco sobre lo que significaría persistir con planes «no sustentables». Si bien en nuestro país abundan los expertos consumados en el arte de aprovechar sus propios fracasos imputándolos a otros, no son tan frecuentes los que sin tapujos apostarían adrede al fracaso que, como es lógico, supondría comprometerse con planes no viables, sin dejarse preocupar por la irracionalidad patente de tal postura. Mal que nos pese, con Bush y el FMI o sin ellos, la Argentina tendrá que elegir entre implementar un plan «sustentable», por desagradable que resulte, por un lado y, por el otro, resignarse a seguir hundiéndose en la miseria y en el caos. Que a Alfonsín no le gusten en absoluto las dificultades que nos supondría un plan destinado a posibilitar la recuperación es natural. En cambio, el que por aquel motivo se haya opuesto «por principio» a la sustentabilidad es aberrante.
Si el ex presidente Raúl Alfonsín fuera una persona cualquiera, tendría todo el derecho del mundo a calificar al gobierno estadounidense como "un peligro universal", indignarse por las alusiones del secretario de Estado Colin Powell a la corrupción en nuestro país y opinar que lo que busca el FMI es "quedarse con la Argentina". Sin embargo, ocurre que Alfonsín no es un mero comentarista cuyas palabras, por urticantes que fueran, serían meramente la expresión de una opinión particular. Es, se supone, el aliado político principal del presidente Eduardo Duhalde, de suerte que sus intervenciones incidirán mucho en la relación del gobierno con Estados Unidos y el FMI. Puesto que a pesar de sus antecedentes Duhalde insiste en que "la Argentina debe integrarse al mundo, por lo que cerrar la economía sería un disparate", y cree que la relación con Washington es de importancia fundamental no sólo para su propia gestión sino también para el futuro del país, sería de esperar que los que de cierto modo forman parte del elenco gubernamental se resistirían a la tentación de procurar provocar una ruptura. Puede que esto no haya sido la intención de Alfonsín, pero si toma al pie de la letra sus propias palabras no le quedaría otra alternativa que la de reclamar la expulsión de los representantes de un organismo que a su entender aspira a apropiarse del país y proponer que en adelante hagamos lo posible por frustrar todas las iniciativas de un presidente norteamericano "ultraderechista" que a su juicio plantea una amenaza al universo entero.
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