Palimpsestos: Últimas horas

Columna semanal



Leopoldo Lugones

Leopoldo Lugones

El hombre parco y ceñudo mira sin ver cómo las estaciones pasan delante de su ventanilla cómo pasa la vida delante de sus ojos.

Sabe que es el escritor más importante que ha dado este país bizarro, “este país que se ha ido al carajo por una caterva de imbéciles que le abrió la puerta a lo peor de Europa y contaminó nuestra identidad”.

Su frase, esa que dio la vuelta al continente: “Ha llegado la hora de la espada”, tan criticada por el joven M. Estrada, es ya otra decepción más, como tantas.

En la valija que lleva sobre sus rodillas va una muda de ropa y un “Martín Fierro” y lo otro.

“Pensar, se dice, que Hernández hubiese sido un autor menor y el libro solo andaría entre pulperías y gauchos de no ser por mis conferencias para el Centenario de la Patria”. Sabe que esas conferencias fueron fundamentales para crear una tradición y erigir al gaucho en nuestro personaje más representativo porque de lo contrario los gringos lo invadirían todo.

El hombre de impecable traje blanco, con su valijita en las rodillas mira y ve que el sol y el calor y la humedad del 18 de febrero del 38 se van diluyendo. Queda poco para llegar a Tigre y de ahí abordar la lancha que lo va a llevar al recreo El Tropezón en el delta.

Arrebujado en ese asiento va la mente más extraordinaria de la época. Va el cuentista único de “las fuerzas extrañas”. Va el poeta más modernista de entre todos los modernistas.

Pero todo eso es como si no hubiese sido, solo le interesa Emilia Cadelago, esa joven que lo hace sentir como si fuera el poeta soñador de “Las montañas del oro” hace ya tanto tiempo; poco le importa todo ya; pero sabe que está atrapado por su propio personaje, que la imagen que ha delineado su vida se ha transformado en una cárcel de la que no puede escapar.

Leopoldo Lugones en el anochecer aborda la lancha rumbo a El Tropezón. Mira el río y la vegetación del delta y la última claridad. Sabe que no verá el sol, mañana.

Néstor Tkaczek

ntkaczek@hotmail.com


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