Panorama gris
El país debería emprender reformas drásticas y ambiciosas.
Parecería que en todo economista se oculta un profeta que se cree capacitado para decirnos con precisión matemática exactamente cómo se comportarán los distintos mercados, industrias y servicios en los meses siguientes, pero convendría que los gobernantes trataran sus pronósticos con una gran dosis de escepticismo porque casi siempre resultan equivocados. Por cierto, lo que va del año en curso ha producido muchos sorpresas. Para desconcierto de los gurúes más prestigiosos, incluyendo a los empleados por los gobiernos de los países más poderosos y el FMI, las tres economías principales, la estadounidense, la japonesa y la europea, están frenándose simultáneamente, lo cual ha planteado la posibilidad alarmante de que el mundo desarrollado esté por hundirse en una recesión sin que una esté en condiciones de ayudar a las otras importando bienes y servicios. Aunque los expertos coinciden en que el producto bruto planetario en su conjunto continuará aumentando gracias a los aportes de países atrasados como China, el que los más avanzados se hayan desacelerado juntos no es una buena noticia para nadie, porque significa que comprarán menos a los demás y, quizás, no estarán dispuestos a exportar capitales.
De las tres recesiones que según los indicios se avecinan, la que más repercutirá pero que aun así puede considerarse la menos preocupante por ahora es la estadounidense. Luego de casi una década de expansión continua y a veces muy rápida era previsible que tarde o temprano «la locomotora» norteamericana manifestaría algunas señales de agotamiento y, de todos modos, todavía es posible que pronto recupere el brío perdido. En cambio, los problemas del Japón parecen no tener ninguna solución evidente, de suerte que hay muchos que sospechan que su situación financiera seguirá deteriorándose durante mucho tiempo más, lo que traería consecuencias muy negativas para el resto del mundo, que ya se ha visto privado de un cliente y una fuente de capitales muy importante. Por su parte, Europa se encuentra en una posición intermedia. Es menos dinámica que Estados Unidos, pero mucho más flexible que el Japón y, de todos modos, la condición de los países que la conforman dista de ser uniforme: Alemania, Italia y Holanda ya no crecen, Francia podría estar por frenarse y al Reino Unido le será difícil evitar ser contagiado por los males que afectan a sus socios.
Puesto que la Argentina no supo aprovechar los buenos tiempos que acaban de terminar, pocos se sorprenderían que en un período internacionalmente recesivo fuera aún menos capaz de prosperar que otros países. Con todo, el que el alarma ocasionada por la desaceleración imprevista de las tres grandes economías haya coincidido con las negociaciones sumamente arduas en torno de la mejor forma de ayudarnos a mantenernos a flote podría resultar ventajoso. En un momento como el actual, lo último que quisieran los gobiernos de los países más influyentes sería que la Argentina desatara una crisis financiera mundial de desenlace incierto, razón por la cual su ánimo de contribuir a su eventual recuperación será con toda seguridad mayor de lo que hubiera sido si el horizonte estuviera tan despejado como era a inicios del año. Asimismo, siempre y cuando el gobierno lograra poner las finanzas nacionales en orden, podría intentar convencer a los inversores del mundo avanzado de que por haber perdido más de tres años la Argentina constituye uno de los escasos países que están listos para disfrutar de un boom demorado. Por supuesto, para que el país resultara más atractivo que otros sería necesario que emprendiera un programa de reformas sumamente drásticas y ambiciosas. En buena lógica, por ser el fracaso del orden tradicional tan patente, la Argentina debería estar más preparada que cualquier otro país del mundo entero a protagonizar una transformación modernizadora realmente profunda. Sin embargo, a juzgar por la resistencia de la clase dirigente a asumir las dimensiones de la crisis, tendremos que experimentar muchas desgracias más antes de que pueda hacer un intento serio de minimizar el impacto no sólo de sus propios errores sino también del parate internacional que pocos previeron pero que parece ya haber comenzado.