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“Para estos visitantes, el lugareño tiene que privarse de comer un salmónido”



Luego de recorrer las historias y vivencias de aficionados de varios países y de las principales regiones de pesca de salmónidos -incluida mi provincia, Neuquén- que practican el modismo de devolución obligatoria, los argumentos y comentarios sobre su desarrollo y los motivos que esgrimen cuando no hay resultados en su intento, es invariable escuchar: “¡No hay peces suficientes!”. Entonces, hay que extremar el cuidado y castigar al lugareño furtivo que se los come y no tiene en cuenta el gasto que significa llegar a estos lugares y mantener al guía, que seguramente les prometió cardúmenes de truchas y privacidad absoluta cuando resulta que se encuentran con muchachitos con un tarrito o una caña de tacuara -¡qué horror!-, anzuelo y lombrices y llegan al espanto (yo diría envidia) de ver que se llevan alguna trucha para la mesa de su casa.

Claro, nadie les va a explicar que en este país el recurso natural es de “todos” sus habitantes -como los cursos de agua- y por lo tanto tienen el derecho de usufructuarlo como alimento; para un residente de nuestra cordillera es normal buscar y consumir animales silvestres.

Para estos visitantes el lugareño tiene que privarse de comer un salmónido y mantener el río limpio, despejado y sobre todo libre de polución visual… para colmo, la mayoría no conoce una caña de fly fishing, para que los diez días por año en que estos turistas calificados nos benefician con su visita les sean gratos, que para eso pagan y muy bien.

Hay que reconocer que admiran el encanto de nuestros ríos y las aguas cristalinas y puras y todo lo que significa el entorno de animales silvestres, sobre todo los peces, sus colores, su vitalidad, en fin… su “belleza”. Aducen que les es imposible matarlos; les pregunto: ¿es mejor soltarlos y no verlos morir? Ya que los quieren tanto y no necesitan de los pescados como alimento, les sugiero que dejen la caña en su casa y no los torturen al pepe.

Es comprensible y aceptable la crítica de un vegetariano o de alguien que por sus razones o principios no puede o no quiere sacrificar un animal para su consumo, pero no puedo comprender a quien teniendo los mismos instintos y ego que cualquier pescador normal con gran hipocresía pide castigos durísimos y ejemplares… para los demás. Son “usados” por los que lucran con esta actividad y les han hecho creer la gran mentira de que este sistema los hace superiores y evolucionados porque practican esta diversión moderna con equipo de mosca aun en tiempos de reproducción, matando el cincuenta por ciento de lo que enganchan. Además, como no hay control de la cantidad de piques, es muy superior la mortandad que provocan comparada con la de la trucha que yo pueda llevarme a mi casa con el sistema retrógrado y detenido en el tiempo que practica el noventa por ciento de la población del mundo para obtener lo que en muchos lugares es su único alimento.

Ahora, llamar “evolucionado” al que goza martirizando a un pescado con el único fin de disfrutar de sus intentos por liberarse, sinceramente no me animo a calificarlo aquí; tendría que usar términos de mi barrio que no son convenientes. Creo que eso está más cerca del circo romano que de la preservación del recurso.

El principal argumento que invariablemente aducen sus defensores, aquí y en el mundo, es la cantidad de millones que genera esta práctica, con el agregado de que no tienen ningún empacho en asesorar capciosamente a los funcionarios del área, quiero creer que sin ninguna idoneidad para decretar hasta los ciclos de reproducción; el predesove y el desove son detalles sin importancia frente a la catarata de dólares, euros y pesos que se mueven sin aportar las regalías que corresponderían por la explotación comercial de un recurso natural del que “todos” somos propietarios.

Roberto Ornth, LE 7.563.911

Neuquén


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