Partido (casi) único

Redacción

Por Redacción

Si bien en algunas provincias el gobierno no está en manos de un militante del Partido Justicialista, pocos dudan de que cuando por fin llegue a su fin el programa electoral de este año buena parte del país estará bajo el mando de afiliados al movimiento fundado por el general Juan Domingo Perón. Sin embargo, aunque muchos se han afirmado preocupados por la “hegemonía” así supuesta, no parece muy grande el peligro de que debido a la presencia de compañeros en todos los puestos clave, el presidente Néstor Kirchner dé rienda suelta a sus instintos autoritarios. Por ser el PJ una amalgama de agrupaciones heterogéneas, muchas de las cuales son lideradas por caciques reacios a someterse a la autoridad del santacruceño, la posibilidad de que un día se ponga a operar con la coherencia propia de un movimiento totalitario clásico es virtualmente nula.

Con todo, el hecho innegable de que el PJ abarque una gama ideológica que es más amplia que la representada en muchos parlamentos democráticos no quiere decir que no hay motivos para preocuparse, sólo que el riesgo que plantea tiene menos que ver con el autoritarismo típico de los partidos “hegemónicos” que con la calidad de la cultura política nacional. Por militar una proporción excesiva de los dirigentes políticos del país en una línea interna de un movimiento sumamente ecléctica, demasiados propenden a exagerar la importancia de una tradición determinada, con sus propios códigos, mitos y lenguaje, lo que ha tenido un efecto decididamente empobrecedor sobre el nivel de debate político en el Congreso, que a menudo se parece más a un club privado que a un cuerpo en teoría representativo de un país tan pluralista como el nuestro.

Aún más negativo, si cabe, ha sido el saldo dejado por lo que en otros ámbitos podría considerarse un mérito: la amplitud de miras inverosímil del peronismo como tal. Sin tomar en cuenta los puntos de vista manifestados por extrapartidarios que se creen más peronistas que el propio Perón, a través de los años el PJ se las ha arreglado para incluir a trotskistas y “neoliberales”, conservadores del interior y progresistas porteños, más personas que intentaron encarnar combinaciones exóticas de tendencias difícilmente compatibles. Puesto que desde hace décadas el PJ no ha podido definirse por sus ideas, sus militantes tuvieron que dar a entender que en el fondo éstas carecen de importancia, que en última instancia lo único que realmente cuenta es “la lealtad”. De más está decir que un orden político basado en este principio rudimentario no puede sino asemejarse más a una liga de mafias que a un sistema democrático moderno, en el que es necesario que los dirigentes por lo menos brinden la impresión de representar algo más que sus propias ambiciones personales.

En los años setenta, la imposibilidad de minimizar el significado de las discrepancias ideológicas entre distintos grupos de peronistas impulsó al país hacia una virtual guerra civil en la que las Fuerzas Armadas, aliadas circunstancialmente con la ultraderecha peronista, trató de exterminar el ala ultraizquierdista del mismo movimiento. En la actualidad, la brecha ideológica entre los kirchneristas por un lado y los menemistas por el otro es igualmente llamativa. Por suerte, no es muy probable que los protagonistas intenten imponerse a los tiros, pero aun así lo más honesto sería que reconocieran que sus diferencias son insalvables y que por lo tanto les convendría a todos que el PJ se rompiera en dos o tres pedazos que, a su vez, pactaran con otros partidos políticos con los que comparten casi todo salvo su veneración casi religiosa por Perón y Evita. En tal caso, el país tendría una oportunidad para avanzar hacia un sistema político menos engañoso y mucho más confiable que el actual. En cambio, si por motivos electorales o sencillamente por nostalgia los peronistas insisten en fingir militar en el mismo movimiento aun cuando los divida todo lo importante y los mantenga “unidos” lo esencialmente anecdótico, la Argentina seguirá siendo privada de la posibilidad de asegurarse una serie de gobiernos que sean capaces no meramente de darse algunos meses de popularidad sino también de emprender las reformas precisas para que por fin comience a superar las consecuencias de más de medio siglo de ineptitud política.


Si bien en algunas provincias el gobierno no está en manos de un militante del Partido Justicialista, pocos dudan de que cuando por fin llegue a su fin el programa electoral de este año buena parte del país estará bajo el mando de afiliados al movimiento fundado por el general Juan Domingo Perón. Sin embargo, aunque muchos se han afirmado preocupados por la “hegemonía” así supuesta, no parece muy grande el peligro de que debido a la presencia de compañeros en todos los puestos clave, el presidente Néstor Kirchner dé rienda suelta a sus instintos autoritarios. Por ser el PJ una amalgama de agrupaciones heterogéneas, muchas de las cuales son lideradas por caciques reacios a someterse a la autoridad del santacruceño, la posibilidad de que un día se ponga a operar con la coherencia propia de un movimiento totalitario clásico es virtualmente nula.

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