Pearl Harbor II

Los autores de los masivos ataques sobre el corazón de EE. UU. han declarado la guerra contra el resto del mundo.

Redacción

Por Redacción

Por ser los Estados Unidos no sólo la única superpotencia sino también el país rector del mundo democrático y capitalista, epicentro de un sistema «globalizado» que abarca a una proporción creciente del género humano, constituyen el blanco natural de una amplia gama de organizaciones terroristas, algunas de inspiración ideológica o nacionalista y otras conformadas por fanáticos religiosos, de suerte que desde hace años los responsables de la seguridad norteamericana y la de sus aliados han sabido que tarde o temprano sufrirán algunos ataques demoledores a mano de quienes los odian y que, como resultó ser el caso ayer, están más que dispuestos a suicidarse a fin de causarles perjuicios. Aun así, nadie había previsto una ofensiva tan devastadora como la que destruyó los edificios emblemáticos de la riqueza norteamericana y causó daños serios a su principal centro militar. Fue sin ninguna duda el ataque más grave que se ha producido en territorio norteamericano desde el bombardeo japonés de Pearl Harbor, que significó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y es entendible que muchos lo hayan juzgado de importancia equiparable. Pero si bien es claramente esencial que en esta ocasión la superpotencia contraataque con el mismo vigor del cual hizo gala sesenta años atrás -de lo contrario, su enemigos la considerarán «decadente» y redoblarán sus esfuerzos por humillarla-, combatir el terrorismo internacional plantea dificultades que son muy distintas de las propias de guerras convencionales. Aunque el poder militar del grupo o grupos detrás de la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York y un edificio del Pentágono es minúsculo en comparación con aquel de las fuerzas armadas norteamericanas, utilizar éstas para aplastar a un enemigo elusivo no resultará sencillo en absoluto. Con todo, por la lógica misma del poder, los Estados Unidos tendrán que reaccionar de forma tan contundente que no quede duda alguna de su supremacía. Así las cosas, parece más que probable que el mundo haya iniciado un nuevo período signado por más conflictos, más violencia y una mayor preocupación por la seguridad que ponga a prueba las instituciones democráticas no tanto de los Estados Unidos mismos, cuanto de otros países de tradiciones menos firmes de su esfera de influencia.

Un resultado inmediato de los ataques ha sido la coincidencia de los líderes de los países principales de que les es imprescindible coordinar todos sus esfuerzos para librar una guerra frontal contra el terrorismo. A pesar de que en un primer momento no hubo evidencia concreta de que los agresores procedieron del mundo islámico, virtualmente todos dieron por descontado que estaban vinculados ya con el saudita refugiado en Afganistán Osama bin Laden, ya con los movimientos que han florecido a raíz de la guerra interminable entre los palestinos e Israel. En este sentido la evidencia circunstancial es abrumadora: la voluntad de los militantes de suicidarse es notoria y hace poco Bin Laden se afirmó decidido a llevar a cabo ataques antinorteamericanos de destructividad sin precedentes. Asimismo, las forma siniestra en que turbas palestinas festejaron la muerte de miles de norteamericanos no puede sino haber impresionado a todos: comprensible o no la conducta de estos individuos, es probable que pesen más en las relaciones futuras de los Estados Unidos con los países árabes, que todas las declaraciones de simpatía formuladas por sus dirigentes.

Como los terroristas que sembraron la muerte en Nueva York acaban de recordarnos, en este conflicto no puede haber neutrales. Los autores de los ataques no distinguen entre sus enemigos declarados y aquellos que dicen compartir su rencor o sus objetivos, entre los militares israelíes, norteamericanos y de cualquier otro país por un lado y los civiles por el otro. Han declarado la guerra contra el resto del mundo, dejándolo sin otra alternativa que colaborar plenamente tanto con los esfuerzos por identificarlos, aislarlos, capturarlos y verlos castigados como con los encaminados a desmantelar definitivamente a todas las organizaciones terroristas que, a solas o en combinación, serían capaces de provocar nuevas matanzas en cualquier parte del mundo.


Por ser los Estados Unidos no sólo la única superpotencia sino también el país rector del mundo democrático y capitalista, epicentro de un sistema "globalizado" que abarca a una proporción creciente del género humano, constituyen el blanco natural de una amplia gama de organizaciones terroristas, algunas de inspiración ideológica o nacionalista y otras conformadas por fanáticos religiosos, de suerte que desde hace años los responsables de la seguridad norteamericana y la de sus aliados han sabido que tarde o temprano sufrirán algunos ataques demoledores a mano de quienes los odian y que, como resultó ser el caso ayer, están más que dispuestos a suicidarse a fin de causarles perjuicios. Aun así, nadie había previsto una ofensiva tan devastadora como la que destruyó los edificios emblemáticos de la riqueza norteamericana y causó daños serios a su principal centro militar. Fue sin ninguna duda el ataque más grave que se ha producido en territorio norteamericano desde el bombardeo japonés de Pearl Harbor, que significó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y es entendible que muchos lo hayan juzgado de importancia equiparable. Pero si bien es claramente esencial que en esta ocasión la superpotencia contraataque con el mismo vigor del cual hizo gala sesenta años atrás -de lo contrario, su enemigos la considerarán "decadente" y redoblarán sus esfuerzos por humillarla-, combatir el terrorismo internacional plantea dificultades que son muy distintas de las propias de guerras convencionales. Aunque el poder militar del grupo o grupos detrás de la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York y un edificio del Pentágono es minúsculo en comparación con aquel de las fuerzas armadas norteamericanas, utilizar éstas para aplastar a un enemigo elusivo no resultará sencillo en absoluto. Con todo, por la lógica misma del poder, los Estados Unidos tendrán que reaccionar de forma tan contundente que no quede duda alguna de su supremacía. Así las cosas, parece más que probable que el mundo haya iniciado un nuevo período signado por más conflictos, más violencia y una mayor preocupación por la seguridad que ponga a prueba las instituciones democráticas no tanto de los Estados Unidos mismos, cuanto de otros países de tradiciones menos firmes de su esfera de influencia.

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