Plan “porquería”…
De tomarse en serio ciertas declaraciones del ministro del Interior Aníbal Fernández, los preocupados por el “izquierdismo” del gobierno del presidente Néstor Kirchner no tienen motivos para inquietarse porque en el fondo sus principios son bien derechistas. Según el funcionario, el Plan Jefas y Jefes de Hogar es una “porquería” no por el clientelismo, la corrupción y la discrecionalidad que lo caracterizan, sino porque todos los beneficiados deberían estar ganando el pan trabajando, actitud ésta que en otras latitudes sería considerada sumamente conservadora, para no decir victoriana, pero que aquí es común entre los sindicalistas de la vieja escuela y también, por extraño que parezca, los propensos a manifestar su admiración por la socialdemocracia europea. Aunque a veces los izquierdistas europeos afirman esperar que un día en el futuro remoto sus respectivos países puedan disfrutar nuevamente del semipleno empleo que algunos conocieron en los años setenta del siglo pasado, a ninguno se le ocurriría prometer celebrar la ocasión eliminando por completo “los planes” destinados a asegurar que los desocupados tengan un ingreso. En cambio, Fernández dice que “el mejor momento va a ser el día que lo saquemos. Va a ser bárbaro”, porque en adelante, supone, “todos van a tener trabajo”.
Huelga decir que la extraña tradición nacional así reflejada de creer “normal” una tasa de desempleo de cero y una aberración sólo atribuible a la malignidad neoliberal la mera existencia de personas sin trabajo ha contribuido mucho al estado actual del país. Durante décadas, los sindicalistas, por razones que no eran desinteresadas, se indignaron toda vez que oyeron hablar de un seguro contra el desempleo, calificándolo de una “limosna” o “un insulto a los trabajadores” y, lo mismo que Fernández, tratándolo como evidencia del “fracaso de la política” por imaginar que la desocupación era una desgracia propia de países administrados por incompetentes, cuando no por criminales. El que conforme a las pautas extremadamente rigurosas que reivindicaban todos los países desarrollados fueran fracasos miserables no los conmovían en absoluto sino que, por el contrario, sirvió para convencerlos de la superioridad incalculable de las doctrinas populistas locales. Si bien últimamente se han acostumbrado a manifestarse de forma menos arrogante que en el pasado, siguen siendo tan reacios como siempre a tomar en cuenta la realidad.
De todos modos, no sólo ha sido cuestión de la fatuidad intelectual de ciertos “dirigentes” resueltos a creer que por motivos nunca bien explicados la Argentina es radicalmente distinta de todos los demás países. La negativa a entender que en el mundo cambiante de nuestros días cierto nivel de desocupación no sólo es inevitable sino que en ciertas circunstancias puede considerarse positivo si es síntoma de un proceso vigoroso de renovación y que por lo tanto corresponde a un Estado con pretensiones humanitarias intentar atenuar las consecuencias ha significado que nuestra administración pública nunca fue capaz de manejar esquemas apolíticos como los habituales en el Primer Mundo, razón por la que todos los programas de este tipo han sido improvisados y puestos al servicio de la gloria de un gobierno determinado o, lo que es peor todavía, de una sola persona, institucionalizando de esta manera el clientelismo que es una de las plagas más dañinas de la política nacional. Por supuesto que cuando las protestas por el manejo arbitrario o el robo de los fondos disponibles alcanzan un volumen determinado, las autoridades de turno tratan de remediar la situación pidiendo a los sindicatos o a las iglesias prestarles una mano. Dicho de otro modo, procuran asegurar que todo quede fuera del ámbito del Estado como tal por entender que no les convendría que beneficiara únicamente a los desocupados y no, como siempre ha sido el caso, también a ciertos políticos, sindicalistas o una institución religiosa. Para que nada cambie, a los decididos a mantener politizada la ayuda social les es esencial hacer creer que el desempleo es un fenómeno coyuntural imputable a la maldad de sus adversarios cuando en realidad es estructural y continuará planteando problemas a todas las sociedades libres, incluyendo a la argentina.
De tomarse en serio ciertas declaraciones del ministro del Interior Aníbal Fernández, los preocupados por el “izquierdismo” del gobierno del presidente Néstor Kirchner no tienen motivos para inquietarse porque en el fondo sus principios son bien derechistas. Según el funcionario, el Plan Jefas y Jefes de Hogar es una “porquería” no por el clientelismo, la corrupción y la discrecionalidad que lo caracterizan, sino porque todos los beneficiados deberían estar ganando el pan trabajando, actitud ésta que en otras latitudes sería considerada sumamente conservadora, para no decir victoriana, pero que aquí es común entre los sindicalistas de la vieja escuela y también, por extraño que parezca, los propensos a manifestar su admiración por la socialdemocracia europea. Aunque a veces los izquierdistas europeos afirman esperar que un día en el futuro remoto sus respectivos países puedan disfrutar nuevamente del semipleno empleo que algunos conocieron en los años setenta del siglo pasado, a ninguno se le ocurriría prometer celebrar la ocasión eliminando por completo “los planes” destinados a asegurar que los desocupados tengan un ingreso. En cambio, Fernández dice que “el mejor momento va a ser el día que lo saquemos. Va a ser bárbaro”, porque en adelante, supone, “todos van a tener trabajo”.
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