Planteo perverso

Mal que le pese a Duhalde, el país es demasiado maduro para permitirse ser gobernado por las encuestas de opinión.

Redacción

Por Redacción

Que el ex candidato presidencial Eduardo Duhalde aún no haya superado el rencor que le ocasionó su derrota en las elecciones de 1999 puede entenderse, pero por amargos que sean los sentimientos personales de este cacique peronista, nada puede justificar el virtual pedido que acaba de formular de que el presidente Fernando de la Rúa renuncie porque la mayoría desaprueba su gestión. Mal que le pese al ex gobernador bonaerense, hombre que por su manejo de las cuentas de la provincia más grande hizo un aporte muy significante a la crisis económica, el país es demasiado maduro como para permitirse ser gobernado por las encuestas de opinión. Por cierto, un presidente que prestara atención al consejo reiterado de Duhalde, limitándose a hacer lo que, conforme a los sondeos, quisiera la mayoría en un momento determinado, no tardaría en encontrarse en dificultades incomparablemente mayores que las actuales que tantos dolores de cabeza le están dando a De la Rúa. Al fin y al cabo, en un país como la Argentina en que las expectativas no guardan relación con las posibilidades, es lógico que al ser consultados por los encuestadores casi todos dicen sentirse descontentos con la situación tanto personal como del conjunto, pero la suma de las exigencias así manifestadas excedería con creces la capacidad del país para satisfacerlas. Por suerte, casi todos comprenden esta realidad. También saben lo que sin duda alguna serían a esta altura las consecuencias de una renuncia presidencial atribuida al mal resultado de una encuesta de opinión.

Por motivos evidentes, el hiperpopulismo reivindicado por Duhalde no puede funcionar en ninguna parte, pero este pequeño detalle nunca ha intimidado a los demagogos cuyos esfuerzos combinados ya han depauperado un país que de otro modo se asemejaría a Australia o a Canadá y que, de tener la oportunidad, no vacilarían en rematar la faena reduciéndolo al nivel de Haití. Desafortunadamente, en política siempre han abundado los temas cuya complejidad es tal que entenderlos primero y después actuar con coherencia y eficacia requiere no sólo de conocimientos especiales, sino también de mucho tiempo: por razones patentes, muy pocos pueden dedicarse a estudiarlos en profundidad o cuentan con las horas libres necesarias para intentar imaginar soluciones genuinas y no meramente retóricas para los problemas más urgentes. Es por eso que en nuestro país, lo mismo que en todos los demás, la democracia es forzosamente representativa, no directa como en ciertas ciudades griegas de la antigüedad, lo cual quiere decir que una vez elegido un mandatario no debería tener que preocuparse a cada momento por la por lo común veleidosa opinión de «la gente». De más está decir que este principio básico de todas las democracias modernas está consagrado en la Constitución Nacional que, con palabras destinadas a advertirnos contra los exabruptos demagógicos, dice que «el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución». Cualquier otro planteo es anticonstitucional y por lo tanto subversivo.

En este contexto, es claramente preciso que la ciudadanía deje actuar a sus representantes y autoridades aun cuando las medidas tomadas sean incompatibles con las promesas electorales -lo cual sucede con cierta frecuencia- debido ya a la irresponsabilidad de los candidatos, ya a que las circunstancias se hayan modificado. Si bien existen límites a la libertad de la cual han de gozar, no se ha acercado a ellas el gobierno de De la Rúa, el que no ha hecho nada que serviría para un eventual juicio político encaminado a desplazarlo. Puede que haya obrado con poca eficacia, pero sucede que entre las causas de la sensación exasperante de impotencia que se había difundido por el país antes de la incorporación al gobierno de Domingo Cavallo estaba precisamente la conciencia de que la oposición peronista no sería capaz de brindar un equipo gobernante mejor y que, de todos modos, no formulaba propuestas viables de ninguna clase. Asimismo, nadie ignora que de haber triunfado Duhalde en las elecciones últimas, el resultado para el país hubiera sido con toda seguridad peor por tratarse de un hombre que consideraba las encuestas de opinión una gran fuente de sabiduría.


Que el ex candidato presidencial Eduardo Duhalde aún no haya superado el rencor que le ocasionó su derrota en las elecciones de 1999 puede entenderse, pero por amargos que sean los sentimientos personales de este cacique peronista, nada puede justificar el virtual pedido que acaba de formular de que el presidente Fernando de la Rúa renuncie porque la mayoría desaprueba su gestión. Mal que le pese al ex gobernador bonaerense, hombre que por su manejo de las cuentas de la provincia más grande hizo un aporte muy significante a la crisis económica, el país es demasiado maduro como para permitirse ser gobernado por las encuestas de opinión. Por cierto, un presidente que prestara atención al consejo reiterado de Duhalde, limitándose a hacer lo que, conforme a los sondeos, quisiera la mayoría en un momento determinado, no tardaría en encontrarse en dificultades incomparablemente mayores que las actuales que tantos dolores de cabeza le están dando a De la Rúa. Al fin y al cabo, en un país como la Argentina en que las expectativas no guardan relación con las posibilidades, es lógico que al ser consultados por los encuestadores casi todos dicen sentirse descontentos con la situación tanto personal como del conjunto, pero la suma de las exigencias así manifestadas excedería con creces la capacidad del país para satisfacerlas. Por suerte, casi todos comprenden esta realidad. También saben lo que sin duda alguna serían a esta altura las consecuencias de una renuncia presidencial atribuida al mal resultado de una encuesta de opinión.

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