Plazas llenas… eran las de antes

Por GABRIEL RAFART

Especial para «Río Negro»

ubo quien redujo la política a una metáfora de alto impacto sociológico: la política era la plaza llena o no era nada, definición que no pretende recuperar la voz distorsionada de la democracia de los antiguos. No hablaba de las plazas llenas de los tiempos de los ciudadanos deliberando y tomando decisiones en Atenas o Roma; se refería a las plazas de las ciudades capitales de una América plebeya, las que hicieron nacer los movimientos nacionales y populares, punto de partida e interpelación constante de una política que asistía a los espacios públicos donde el poder ofrecía sus balcones para que alternaran presidentes elegidos por ese pueblo y los otros, provenientes de las intrigas de palacio -cuando no de los golpes militares-.

Si se trata de rememorar plazas llenas, la Argentina tuvo una intensa vida política. Ciertamente, alejada de aquellos tiempos fundacionales de la Revolución de Mayo y del primer «gobierno patrio», nuestra modernidad democrática disfrutó de muchas plazas llenas. Las primeras, bajo el protagonismo de hombres y mujeres de vidas plebeyas. Si bien fueron las menos, también las hubo del mundo más reducido de la gentry nacional.

En los últimos sesenta años, cada plaza llena prometió lanzar estaciones nuevas, supuestamente cargadas de más vida política, de primaveras intensas en sus pretensiones y, de alguna manera, revolucionarias. La más reciente plaza llena, la del acampe de agosto, protagonizada por un bloque piquetero vociferante, enflaquecido ciertamente en su número de efectivos. Plaza piquetera, muy cercana a esa expresión de la Argentina aún actual, desarticulada social y políticamente, que pareciera relanzar la teoría del foco ahora auxiliada por la sabia tecnología de cuanta cámara televisiva está dispuesta a proyectar sus imágenes dantescas. Según algunos, por unos días esta plaza se tiñó de rojo. Era la plaza del trotskismo, maoísmo y leninismo criollo que iniciaban su larga marcha. Aunque para otros, esa plaza llena fue el más evidente paisaje y expresión del desorden urbano generado por un movimiento social -ahora fuera de época- que viene acicateando la vida normalizada de quienes trabajan y en silencio viven su vida, sin que el gobierno diera una señal de querer cambiar las cosas. Para el discurso presidencial fue una plaza para la izquierda que juega, sin saberlo, la lotería de la derecha política.

La emergencia de esta última plaza poco tiene que ver con la historia de las plazas llenas de nuestro presente. Dicho en una fórmula sencilla, «plazas llenas eran las de antes». Y tan distintas son las nuevas, que han abandonado al protagonista fundacional de las plazas llenas: ciertamente, son plazas sin peronismo. Ya no más plazas para liberar al líder del desembarco, del «cabecita negra», que llegado del otro lado del Riachuelo inundaba el espacio privilegiado de una cultura cívica con sabor a política de notables burgueses. Las plazas nuevas lejos están de aquella primera Plaza de Mayo de la herejía, de los inicios de un vínculo perdurable entre las masas y Juan Domingo Perón, próxima a cumplir seis décadas de historia. También fue la plaza llena por la rutina -penetrante y vital, por cierto- del movimiento, de la clase obrera vitoreando al gran conductor y a la Evita del pueblo, que asistían disciplinadamente a cada acto del Día del Trabajo, cuando se rememoraba ese tan cercano 17 de octubre del primer peronismo o se atendía la voz quebrada del renunciamiento a los honores pero no a la lucha.

También distante está esa otra plaza llena de un día que amaneció anodino -del 16 de junio de 1955- y que terminó la tarde calcinada a fuego. Recordada en estos días por cumplirse medio siglo, hablamos de la plaza bombardeada por aviones Catalina y Gloster Meteo de la aviación naval del antiperonismo en guerra que no supo distinguir blancos civiles de los otros donde residía el «tirano», dejando amontonados centenares de cadáveres en adyacencias de la Casa Rosada.

Más cercana en el tiempo tenemos la otra plaza llena del acampe, aunque en esas jornadas se habló de vigilia militante. La noche del 24 de mayo de 1973 inauguró la corta primavera camporista con la ocupación de la histórica Plaza de Mayo por miles de jóvenes de un peronismo que prometía socialismo. Al otro día, al momento en que el general Lanusse le entregaba los atributos del mando presidencial al «tío» Cámpora, la plaza llena comprendía un espacio más amplio para un millón de personas que se ubicaron entre los parquizados y monumentos de los Dos Congresos y la Plaza de Mayo. A menos de un año de aquellos eventos, otra plaza, ya no de armonía ni primaveras, quebraba trágicamente al peronismo, con un Perón que convirtió a la otrora «gloriosa juventud» en «imberbes» de la política.

Las plazas que siguieron fueron lúgubres, para la denuncia sobre el destino de los miles de desaparecidos. Las Madres de Plaza de Mayo nacieron en esos días del primer año del Proceso, en un plaza de pocos visitantes pero llena de valentía y símbolos de esos pañuelos blancos. Hasta noviembre de 1982 las plazas llenas de Mayo fueron blindadas, aunque en algún momento un general en fajina bélica festejó junto a su pueblo los aires triunfales y efímeros de la ocupación de Malvinas. Seguidamente arribó la plaza de la multipartidaria, que suponía ser la antesala de otra primavera democrática. Sin embargo, en ese 16 de noviembre otra vez los «servicios» montados en sus Falcon y las balas de una dictadura en retirada segaron la vida de un olvidado asistente peronista de apellido Flores. Hasta allí las plazas llenas parecían resistirse a abandonar al peronismo histórico.

Veinte años siguieron de plazas llenas, que inauguró un Alfonsín para una nueva democracia. Duró poco la primavera de esa plaza. Es que en escaso tiempo el primer presidente de la transición tuvo que lidiar con aquellas otras plazas de la movilización por los derechos humanos y la rebeldía sindical de un Ubaldini que no podía entender que el legítimo ocupante de la Rosada no fuera un peronista. De allí que las otras plazas que siguieron fueron extrañas al peronismo.

La década menemista abandonó las calles y las plazas se vaciaron. Y aún más: cuando las ocupó le dio oportunidades a una gentry criolla convocada por la mítica «doña Rosa». Fue la plaza del «sí» al mundo neoliberal de entonces. La Alianza careció de voluntad de pensar su propia plaza. Y cuando hubo una plaza llena sólo sirvió para privarle a Fernando de la Rúa de una despejada salida terrestre de la Casa Rosada. Y sobrevino la plaza de las dos docenas de muertos en ese caluroso diciembre del 2001. Las plazas que siguieron fueron de ahorristas y asambleístas barriales y otras yerbas de un mundo clasemediero, portadores de cacerolas en una ciudad capital ofendida por la pérdida de sus dólares y ante tantos cartoneros circulando por sus arterias.

Retiradas las clases medias de todo protagonismo callejero -sólo matizada por el fugaz fenómeno Blumberg-, las plazas de estos últimos tres años han sido para un piqueterismo en retirada tanto por la obstrucción policial como por la escasez de «sociedad» en sus convocatorias. Nada para el peronismo, aunque el dueño del balcón presidencial que mira la plaza esté ocupado por uno de sus hijos.


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