Pobreza: el trabajo como salida a un flagelo estructural

Los datos referidos a la primera mitad de 2021 revelan que el flagelo va más allá de la ideología. La inclusión laboral luce como una llave esencial de cara al futuro, si la intención es erradicar el problema de forma definitiva.




Extrema. Las carencias que experimentan millones de argentinos en pleno Siglo XXI.

Dos certezas dejó esta semana la publicación de la estadística referida a la pobreza y la indigencia en Argentina durante el primer semestre de 2021. La primera es el daño profundo que padece el tejido social argentino y la sensación de que ese estado de carencia que experimentan 4 de cada 10 personas en el país, es cada vez más difícil de revertir. La segunda es que la democracia no ha logrado encontrar los mecanismos virtuosos para incluir a las mayorías en un estadío básico de bienestar social y económico.


Los datos estremecen y golpean. Según el informe de Indec, cuando ha transcurrido una quinta parte del Siglo XXI, en Argentina hay 18,5 millones de personas que no logran reunir mes a mes los recursos necesarios para acceder a una canasta de satisfacción básica que contempla alimentación, educación, salud, transporte y recreación. Entre ellos hay 4,9 millones de personas que no tienen lo suficiente para poder comer, en un país cuyo mayor potencial en el escenario global, es producir alimentos.


El dato más sensible es el referido a la niñez. Entre las personas de 0 a 14 años, la pobreza llega al 54,3% y la indigencia al 16,6. La estadística oficial agrega dos elementos más, que ensombrecen aún más el panorama. Uno es que entre los niños de 0 a 5 años, la pobreza es del 50,8% y la indigencia del 13,2%. Literalmente se puede afirmar que la mitad de los niños en Argentina es pobre y que 13 de cada 100 no se alimentan, justamente en la edad en que se produce el desarrollo temprano y una nutrición adecuada es esencial para el fortalecimiento de las capacidades cognitivas. Se trata de una certeza fisiológica: una generación entera no está desarrollándose adecuadamente en cuanto a su capacidad biológica para razonar, trabajar, o desatar el potencial creativo en el futuro.


El otro dato surge entre los adolescentes de entre 12 y 17 años, donde la pobreza alcanza el 57,8% y la indigencia el 18,8%. Implica que entre las personas que transitan la etapa previa a su inserción al mercado laboral, o la previa a su formación de grado, 19 de cada 100 no tiene para comer.
Las respuestas de la política son estériles. La foto del deterioro social opera como catalizador para el agitado escenario pos electoral, y deja expuesta la impotencia de quienes se han sucedido en el poder durante las últimas décadas, para encontrar soluciones que eleven definitivamente la calidad de vida de la población.


La disputa de poder desatada hacia el seno del gobierno en la semana posterior a las PASO luce extemporánea frente a la crudeza que exhibe la realidad de los votantes. Tal vez sea la razón por la cual en el gobierno eligieron no referirse públicamente al tema.
El único atenuante con el que cuenta la gestión Fernández, si es que existe alguno, es el impacto de la pandemia. Un cisne negro que azotó a todos los países del mundo por igual, y que en contextos económicos como el argentino, con una recesión desatada dos años antes del Covid, no hizo más que profundizar las desigualdades.

La disputa de poder desatada hacia el seno del gobierno en la semana posterior a las PASO luce extemporánea frente a la crudeza que exhibe la realidad de los votantes. Tal vez sea la razón por la cual en el gobierno eligieron no referirse públicamente al tema.


Un reciente informe de la CEPAL revela que tras un año de pandemia, la pobreza extrema en América Latina alcanza al 12,3% de la población y la pobreza al 33,7%, lo que significa 22 millones de nuevos pobres y equivale a 209 millones de personas que no logran satisfacer sus necesidades básicas en el continente.
En ese marco, y si bien es cierto que no es posible comparar de forma lineal los indicadores de pobreza entre países, dado que las líneas de pobreza establecidas como referencia difieren entre país y país, lo cierto es que Argentina es hoy de los países con más pobreza en América Latina.


Si los datos se miran en perspectiva, el flagelo de la pobreza en nuestro país luce estructural.
Los dos gráficos que acompañan la nota muestran la incidencia de la pobreza y la indigencia entre 2003 y 2021. Los mismos fueron elaborados en base a los datos de Indec hasta el 2006 y desde 2016 en adelante, mientras que para el periodo 2006-2016 se toman los datos del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina.


La primera conclusión evidente, es que nunca en los últimos 20 años la pobreza pudo perforar el piso del 25% de la población. Si la serie se extendiera para contemplar los datos desde 1983 en adelante, la conclusión no se modificaría: vale decir que ideologías, colores políticos o modelos económicos no sirven por sí solas para explicar el flagelo.


Dicho ello, también es posible encontrar matices. Los especialistas coinciden en que a no ser por la asistencia que el Estado brinda mediante los programas de contención social, los datos que hoy lucen crudos, sería todavía más graves.
En este sentido, programas como la Asignación Universal por Hijo se han convertido en esenciales. Igualmente lo fue el Ingreso Familiar de Emergencia o la Tarjeta Alimentar durante lo más duro de las restricciones por la pandemia en 2020. Dichos mecanismos otorgan una red mínima de contención básica para que millones de personas puedan siquiera alimentarse.


No obstante y dada la prevalencia de la pobreza en el tiempo y con diferentes enfoques de política económica, salta a la vista que el mero asistencialismo no es suficiente si lejos de sostener o gestionar el estado de las cosas, la intención es erradicar la pobreza definitivamente.


Con esa premisa, hay dos elementos centrales a considerar.
El primero es la distribución del ingreso. La “torta” a repartir, es decir el ingreso total que la economía produce cada año, viene achicándose desde 2018. Pero a ello hay que agregar que el reparto es cada vez más desigual. En el primer semestre de 2020 el 20% más rico del país se quedaba con el 46,3% de la torta y el 20% más pobre con el 4,9%. Un año después la relación es 48,6% y 4,4%. No es cierto que la pandemia golpeó a todos por igual. La traducción insoslayable es: durante la pandemia los ricos se hicieron más ricos y los pobres más pobres.

Desigualdad. Una de las raíces que más tarde se traduce en pobreza.


El otro es la incidencia central del mercado de trabajo en cualquier discusión relacionada a la búsqueda de los mecanismos para encontrar la puerta de salida a la pobreza. Al respecto, es imperativo salir de la mirada estigmatizante que coloca al pobre como un sujeto al que la ayuda del Estado le permite evitar el esfuerzo y la cultura del trabajo. El trabajo dignifica, y las personas desean aferrarse a su propia dignidad.


La reconocida conferencista Mayra Arena, lo explica en primera persona a sabiendas de sus orígenes humildes y de la matriz de pensamiento que se cultiva entre los que menos tienen. Formada en ciencias sociales en la Universidad de Tres de Febrero, casa de estudios pública que le permitió acceder a una carrera de grado a pesar de sus carencias, explica en una entrevista reciente al portal Red/Acción que “el pobre está condenado a ser lo que la vida le imponga: laburar de lo que se consiga, comer lo que se le ofrezca y vivir donde se pueda. Sabiendo que existe un abanico infinito de posibilidades, el pobre nunca es libre de elegir ninguna”. Agrega en relación a la llave para romper el círculo vicioso que empobrece a millones que “hubo un momento en que las personas dejaron de buscar un empleo porque sentían que no tenía sentido. Hoy, el Estado es constantemente servidor y contenedor de las necesidades. Pero estas medidas no lograron bajar la pobreza estructural en el país. Para que el país se desarrolle necesitamos generar trabajo. Todos tienen que poder competir en el mercado laboral”.

Es imperativo salir de la mirada estigmatizante que coloca al pobre como un sujeto al que la ayuda del Estado le permite evitar el esfuerzo y el trabajo.


Cuatro de cada diez trabajadores argentinos se desempeñan hoy en la informalidad, donde no existen aportes a la seguridad social, aguinaldo ni vacaciones, y donde el salario mínimo opera como “convenio colectivo”. La actualización anunciada la semana pasada deja este mes el Salario Mínimo Vital y Móvil (SMVM) en $31.000, frente a los $68.359 que el propio Indec estipula como Canasta Básica para que un hogar de 4 integrantes no caiga en la pobreza. Implica que si dos integrantes del hogar reciben el SMVM, no alcanza para que esa familia logre escapar de la pobreza.


Parece bastante claro que erradicar definitivamente la pobreza requiere fortalecer los mecanismos de inclusión al mercado de trabajo formal, lo cual inexorablemente lleva la discusión al terreno de la legislación laboral, y al de las condiciones necesarias para que la inversión y la producción vuelvan a crecer de forma sostenida.


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