Pollos: todo lo que pagamos y no consumimos
Entre los menudos, la grasa y el hielo, el comprador siempre termina abonando más
CIPOLLETTI (AC).- Haga la prueba. Vaya al supermercado y busque en la heladera el pollo que le parezca más lindo. No importa el tamaño, puede ser grande, mediano o chico. Mire la etiqueta. ¿Cuánto le dicen que pesa? Llévelo a su casa y empiece a preparalo para cocinarlo. Si tiene una balanza a mano, péselo otra vez cuando ya lo tiene limpio. Se dará cuenta cómo «adelgaza» su presa en cuestión de minutos.
Entre la bolsa de menudos, la grasa que le dejan hacia adentro a modo de «cierre» y el hielo que se convierte en agua mientras lo prepara, se queda con unos buenos gramos menos, que obviamente, se los cobran.
Años atrás, al comprar un pollo usted también se encontraba con la bolsita de menudos en el interior, pero veía los menudos de «un» pollo.
Nadie le garantizaba que fuera del mismo que estaba por consumir, pero al menos veía un corazón, una panza y todo lo que supuestamente le corresponde a un solo animal.
Ahora no. Al abrir la bolsa usted puede encontrar de todo. Desde tres corazones hasta la falta de alguno de los órganos.
No pasa esto sólo con una determinada marca. La mayoría de las aves que se venden en los mercados suelen estar igual, con estos «agregados» que a usted le significan una pérdida de dinero.
El pollo no pesa lo que le dicen que pesa. O mejor dicho, lo hacen pesar un poco más.
«Río Negro» hizo la prueba. Buscó entre las góndolas de un supermercado regional, dos pollos de distinta marca. En uno, la etiqueta decía que pesaba 2.122 gramos. El otro, 2.916 gramos.
Después empezó el operativo «desarme». Retirar el envoltorio -que nadie reniega de él porque es higiénicamente necesario- y encontrar la «sorpresita» en el interior.
¿Qué traerá esta vez la bolsa con menudos?. Veamos: en el primero había cogote, corazón, panza e hígado. Los órganos no estaban repetidos. En el segundo, l mismo. Sólo que se trataba de un pollo «descorazonado»: no tenía corazón.
A continuación siguió el momento de limpiarlo. Se entiende por ello, retirarle la grasa excesiva que dejan como supuesto «cierre» para evitar que los menudos se escapen.
Sólo esta grasa pesaba en el primer pollo 80 gramos. En el segundo 78 gramos. Y los menudos aportaban a la suma: 155 gramos en un caso; y 177 en el otro.
Ya para entonces los pollos pesaban mucho menos. Y eso que quedaba otra parte fundamental: esperar a que se descongelaran.
Uno de los pollos estaba freezado y los trozos de hielo se le desprendían del interior. El otro, tenía la carne semicongelada, pese a que en el envoltorio nada se advertía al respecto.
Como sea, los dos perdieron bastante líquido.
Luego de un tiempo, los ex plumíferos ya habían adelgazado cientos de gramos, y eso que mantenía la piel. El primero terminó con un peso de 1,845 (277 gramos menos) y el otro 2,500 (416 gramos menos).
Son gramos, es verdad. Pero son monedas que usted pierde cada vez que compra un pollo. Entre los menudos, la grasa y el hielo (se dice que algunas firmas le inyectarían agua para que pese más una vez freezado) la pérdida de peso es significativa.
Si usted usualmente consume pollo haga sus cuentas y pregúntese ¿cuánto dinero pierde por mes?