Por una vejez digna



El mundo conmemoró ayer el Día de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, una fecha establecida por resolución de las Naciones Unidas en el 2011, que nos ha hecho recordar la enorme deuda que aún mantenemos con las personas de la tercera edad en nuestro país.

Las cifras son alarmantes. Según la ONU uno de cada seis adultos mayores sufrirá algún tipo de abuso o maltrato, la mayoría de las veces por una persona con la cual mantiene una relación de confianza. Se trata de una problemática compleja e invisibilizada, muy difícil de prevenir y erradicar.

La organización internacional definió al abuso como “cualquier acto u omisión que produzca un daño intencionado o no, practicado sobre personas de 65 años o más, que ocurra en el medio familiar comunitario o institucional que vulnere o ponga en peligro la integridad física, psíquica, así como el principio de autonomía o el resto de los derechos fundamentales del individuo, constatable objetivamente o percibido subjetivamente”. Pueden clasificarse como maltrato físico, psicológico, negligencia de cuidado, abuso sexual, material o financiero y violación de derechos.

Envejecer se ha transformado en un desafío para las personas y los países. Los avances económicos, en bienestar, medicina y tecnología han hecho que en el último siglo la expectativa de vida casi se duplicara. Por primera vez en la historia de la humanidad, la mayoría de la población puede vivir por encima de los 60 años.

En Europa ya casi un tercio supera esta edad, con Latinoamérica acercándose rápidamente . Ya se habla de la “cuarta edad” para quienes superan los 80 años en actividad, reformulando las fronteras de lo que consideramos “vejez”.

Conviven creencias y prácticas a menudo contradictorias, que por un lado alientan el desarrollo y plena inclusión de los adultos mayores y por otro contrastan con situaciones de discriminación, violencia y abandono de las personas que alcanzan la edad jubilatoria.

Los cambios han sido enormes. Entre ellos la mayor incorporación de las mujeres, población migrante y la tecnología al trabajo, como forma de compensar el progresivo envejecimiento de la población económicamente activa. Y plantean desafíos a los sistemas económico, previsional, de salud y administración estatal, sin hablar de los cambios culturales.

En medio de esta problemática, se comienza a visibilizar la forma en cómo debe ser enfrentada y tratada la problemática de la vejez. Conviven creencias y prácticas a menudo contradictorias, que por un lado alientan el desarrollo y plena inclusión de los adultos mayores y por otro contrastan con situaciones de discriminación, violencia y abandono de las personas que alcanzan la edad jubilatoria.

Sin estadísticas nacionales, la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema difundió ayer que en el 2018 se atendieron más de 800 casos graves de abusos o maltrato a personas mayores, de los cuales la mayoría son mujeres (un 77%) y en el 57% de los casos el agresor cohabitaba con la persona afectada: hijos (46%), parejas (28%) o hermanos (6%). Dentro del grupo de mayores de 75 años aumenta la cantidad de maltrato recibido por “otras personas” generalmente al cuidado personal o institucional del afectado.

Estas cifras son apenas la punta del iceberg de un problema, como ya se dijo, invisibilizado. Porque al maltrato individual se suman el cultural y el institucional.

El primero incluye la mirada negativa y prejuiciosa que reduce la vejez al deterioro biológico y da lugar a lecturas negativas sobre la tercera edad, a quienes se niega autonomía y derechos por el solo hecho de tener cierta edad. En lo institucional, se los maltrata con sistemas jubilatorios que se modifican arbitrariamente y los perjudican, servicios de salud poco accesibles y de mala calidad, sistemas de asistencia social burocráticos y lentos, atraso en las respuestas de la Justicia a sus reclamos, entre otros.

La importancia de la fecha radica en tomar conciencia sobre las formas de violencia conscientes e inconscientes que individualmente y como sociedad ejercemos sobre los adultos mayores. Es fundamental un cambio cultural que valorice esta etapa de la vida y promueva nuevas redes sociales entre las generaciones. Y un Estado que sea capaz de proteger y asegurar sus derechos, con servicios de calidad.


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