Post Covid: ¿quién se hará cargo?

Sonia Villapol, profesora y neurocientífica en el Instituto de Investigación del Hospital Methodist de Houston, habla sobre las consecuencias del “covid persistente”. La importancia de que los sistemas de salud comiencen a darle prioridad a este efecto.





Hay síntomas del COVID-19 que nunca se van. La gente que fue diagnosticada con esta enfermedad no solo presenta síntomas durante las dos primeras semanas después de la infección, sino que estos pueden continuar meses después. Ahora conocemos personas que informan de una constelación de síntomas hasta un año después y se les conoce como “transportistas de larga distancia”.


Los datos que hemos recopilado sobre el COVID-19 persistente o “long covid” no dejan duda de su existencia y de que nos estamos enfrentando a una de las mayores amenazas del sistema de salud pública, pues implica lidiar con un padecimiento de impacto duradero y debilitante que puede arrastrar un gran desgaste.

Para abordar este problema, un equipo multidisciplinario de doctoras en distintas instituciones en Estados Unidos y Europa hemos identificado más de 50 síntomas o efectos del COVID-19 persistente tras recoger los datos de todos los trabajos publicados en 2020 y examinarlos en un metaanálisis publicado en la revista Scientific Reports. Por orden de persistencia, los síntomas o efectos detectados son la fatiga, dolor de cabeza, trastorno de atención, caída de cabello, disnea, pérdida del gusto, anosmia, dolor articular o tos, y una variedad de problemas neurológicos, reumáticos y enfermedades infecciosas. Estudios adicionales ya describen hasta 200 síntomas persistentes tras siete meses de la infección con SARS-CoV-2.

En nuestro trabajo encontramos que 80% de personas recuperadas presentaban al menos uno de estos síntomas y tenían una duración de dos semanas a casi cinco meses después de una infección aguda con COVID-19 leve, moderado o grave. Los primeros datos del padecimiento persistente recogidos en Wuhan indicaron que 76% de pacientes que requirieron hospitalización presentaron al menos un síntoma seis meses después. Otro estudio en casi dos millones de pacientes con COVID-19 en Inglaterra encontró que 23% requirieron tratamientos hasta nueve meses después del diagnóstico.

La poderosa preocupación que desprenden estos datos es que el síndrome posCOVID-19 no solo sucede en quienes pasaron por hospitalización. La mitad de personas adultas jóvenes aisladas con enfermedad leve experimentaron problemas persistentes a seis meses de la infección. Así lo demostró otro análisis donde 33% de pacientes continuaban quejándose meses después de fatiga, pérdida del olfato o del gusto, y confusión mental. El último trabajo publicado en The Lancet analiza los síntomas hasta un año después de la infección, y casi la mitad de pacientes experimenta por lo menos un problema de salud como consecuencia, siendo los más frecuentes la fatiga o la debilidad muscular. La mayoría se recuperan parcialmente después de tres meses y aprenden a controlar los síntomas.

Algunos de los síntomas más comunes son fatiga, dolor de cabeza, trastornos de atención, pérdida del gusto y demás. Foto: César Izza


Aún con tantos estudios, la causa del COVID-19 persistente sigue siendo una incógnita. Algunas hipótesis señalan que es por la inflamación crónica a raíz de una exagerada respuesta inmune causada por los reservorios del virus que el organismo no ha podido eliminar del todo. Otra se enfoca en la autoinmunidad y en el ataque a nuestros tejidos por parte de los autoanticuerpos generados después de la infección. Quizás ambas coexistan. Se sabe también que las personas más susceptibles son mujeres que rondan los 50 años y con problemas de salud subyacentes que las ponen en mayor riesgo de enfermedades graves, como diabetes, asma o padecimientos cardíacos.

Con tal universo de afectación, ya hay gobiernos que están destinando recursos para atender las secuelas que el COVID-19 deja a largo plazo. Pero en América Latina es un problema que no se está atendiendo con la urgencia necesaria.

Y aunque en nuestra región se sigue lidiando con el proceso de vacunación -las personas vacunadas tienen 49% menos de probabilidades de tener covid persistente-, es preciso no dejar de lado las evidencias científicas que muestran este otro problema.

Sin duda alguna el long covid es la enfermedad emergente que nos acompañará los próximos meses y años. Sin embargo aún no tenemos un régimen terapéutico o un diagnóstico exacto, ni una forma de clasificarla. De ahí que sea tan importante identificar sus síntomas.

El problema afecta incluso a los pacientes que tuvieron “covid leve” y están en sus casas.


Por ahora, las y los especialistas estamos solo dibujando en la superficie lo que puede pasar. No sabemos si esto a largo plazo puede ser más problemático, ni cuánto durarán los efectos.

Muchas personas con COVID-19 persistente son incomprendidas y se desesperan por obtener respuestas. Sin embargo, especialistas médicos argumentan que tiene un origen psicológico, y se limitan a establecer un paquete de apoyo para tratar la ansiedad o la depresión. Es necesario que esta mentalidad cambie. El diagnóstico, el tratamiento y la prevención del síndrome post COVID-19 agudo requieren enfoques integrados y no específicos de los órganos o la enfermedad, por lo tanto se necesita una investigación urgente para establecer los factores de riesgo.

Parte de esa desesperación radica en que el COVID-19 persistente limita a la gente en el trabajo, o la incapacita por completo poniendo en riesgo la economía familiar. Cada vez que aparece un nuevo dolor, hacen falta más análisis y tratamientos, y más gastos.

El COVID-19 prolongado realmente presenta un panorama preocupante para las instituciones que ahora parecen avocarse más en la vacunación y en salvar a la gente del padecimiento grave, pero este otro panorama es una realidad que deben considerar urgente los sistemas de salud.


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