Primero Blas, luego Solange y van…

Rolando B. Montenegro *


Yermo y expuesto a estas violaciones, el humano, con toda esa potencia adormecida que le caracteriza, debe despertar de este largo hastío y renacer a un mundo objetivo.


Con que… ¿queremos priorizar la vida? Es que, por lo que se ve y se siente, una rayana debilidad irreflexiva viene malogrando estos altos ideales de la convivencia en común.

Y, nada más lejos también, un fanatismo avasallador se cierne campechanamente sobre los mejores valores de esta existencia terráquea.

En Córdoba, excelsos valores humanitarios fueron atrozmente trocados por actos de fracasado republicanismo, mancillando colateralmente el espíritu de cuadros institucionales de la democracia.

En un mes de agosto más que aciago, primero Blas Correas y luego Solange Musse -y quién sabe cuántos más, antes y después, que tomarán estado público- nos despertaron del adormecimiento en que nos sumergió el hábito y/o la rutina de una cuarentena récords.

Nos conmovimos ante la hiriente trascendencia de las insensibilidades en que hemos caído.

Si somos consecuentes con tales fatalidades, este interregno merecerá ser recordado como una época de obscuridad y hasta de tiniebla, desde el punto de vista de la cultura cívica ciudadana donde lo humano pareció volverse contra la especie.

Como un tiempo de ignorancia y de sujeción de los espíritus a autoridades exclusivas y dominantes donde un solo poder (Ejecutivo nacional, provincial, municipal o el régimen de la unanimidad) se adueñó de este merengue social, económico y sanitario todavía vigente, prevaleciendo sobre la vaguedad y el desmedro de la Justicia y del Legislativo otra vez.

Hemos retrocedido siglos cayendo en principios y remedios antiguos que han perdido crédito a través del tiempo y sin ningún influjo en la vida contemporánea.

Hubo pandemias pero ninguna como esta, sufrida y globalizada.

Pudo saberse, entonces, de gente detenida en pueblos remotos y localidades, sujetadas a un inmerecido escrutinio por procesos de todo tipo y escarnio ajenos al consagrado concepto de seguridad ciudadana.

También, de muertos en terraplenes por el encierro de un nuevo orden estatal.

Esto debería quedar aclarado. La vida de las actuales generaciones se desenvuelve en condiciones muy diferentes a las de los siglos anteriores.

¿Quién puede estar exento de que se hayan multiplicado enormemente las relaciones humanas, y aumentado la población de manera extraordinaria acumulándose sobre todo en las ciudades, y de los cuantiosos medios de movilidad que reproducen infinitamente la vivencia diaria de una sociedad de masas, y del prodigioso avance de la ciencia y de la técnica que revolucionó el ritmo lento y apacible de la vida y de las comunicaciones? ¿Quién no lo sabe?

Lamentablemente, esta verdadera infección tanto viral como comunicacional ha ido provocando grietas en la psiquis de las personas con consecuencias emocionales para unos y con motivaciones por conocerse para otros.

Pero esto ya empieza a saberse.

Pretendiéndose un tratamiento idealista para dicha pandemia, los fanatismos controladores en pos de adueñarse de la verdad se transforman en una deformación patológica del tenor de aquellos idealismos abaratados que fermentan precisamente en momentos de vulgaridad social, como en esta infausta cuarentena.

Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias y ataques.

Mucho más, ante abusivos ataques a la integridad vital, a la enfermedad, a la honra, a la reputación, a la vida privada y familiar, a su domicilio.

Yermo y expuesto a estas violaciones, el humano, con toda esa potencia adormecida que le caracteriza, debe despertar de este largo hastío y renacer a un mundo objetivo, recuperando la confianza ilimitada en sí mismo.

No queremos vivir aferrados a la pura existencia, y sumergidos en un presente sin horizonte y sin ideales dignos.

Pues no hay cosa más terrible que vivir y no saber para qué se vive.

*Profesor de Cirugía en Facultad de Ciencias Médicas, Universidad Nacional de Córdoba


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Primero Blas, luego Solange y van…