Puja irracional

La clase política le debe a la sociedad una explicación honesta de cómo se las arregló para postrar al país, pero también un debate sobre las estrategias para levantarlo.

Por Redacción

Si sólo se tratara de una lucha despiadada por recursos, sería fácil entender la actitud de los mandatarios provinciales que están protestando con furia contra los esfuerzos del gobierno nacional por eliminar el déficit fiscal. Pero en vista de que se enorgullecen de su «unanimidad de criterio», para citar al radical chaqueño Angel Rozas, parecería que no creen estar participando en una competencia en la que las ventajas logradas por algunos supondrían que otros tendrían que conformarse con menos. A juzgar por su retórica, se han convencido de que todos están en condiciones de ganar, lo cual sería cierto si resultara que el déficit cero -o, cuando menos, un déficit muy reducido- no será necesario pero que, caso contrario, carece de todo sentido.

Dadas las circunstancias, sería mejor para el país que los gobernadores, senadores, diputados, sindicalistas y militantes de agrupaciones menores estuvieran brindándonos una nueva exhibición de cinismo electoralista, entreteniendo a la ciudadanía con lemas que saben son fantasiosos, por entender que los votantes son tan estúpidos que reaccionarán felicitándolos por su hombría de bien, de lo que sería que tomaran en serio sus propios planteos. En tal caso, tendríamos motivos para sospechar que los «dirigentes» saben muy bien que la crisis es auténtica y que es meramente coyuntural su oposición al «ajuste», o sea, a asumir todas las connotaciones del hecho desagradable pero no por eso imaginario de que por ahora el país no está en condiciones de pedir más crédito al resto del mundo. Puede que algunos hayan querido distinguir entre su retórica y lo que realmente piensan, pero por la vehemencia que están manifestando hay que suponer que la mayoría se ha comprometido tanto con su discurso antiajuste que seguirán haciendo todo cuanto les sea posible para frustrar las medidas que está impulsando el gobierno del presidente Fernando de la Rúa.

Pues bien: la ceguera así reflejada es, si cabe, aún más alarmante que la crisis financiera misma por significar que a pesar de todo lo sucedido en los meses últimos una proporción muy grande de la clase política nacional se niega a comprender la importancia de lo que está en juego. Por ser tan complicados los problemas planteados por la pérdida de crédito, han optado por no verlos, sustituyéndolos por otros incomparablemente más sencillos que podrían «solucionar» echando manos a los métodos políticos tradicionales. No es una cuestión ni de ideología ni de lealtad para con un sector determinado, sino de responsabilidad. Mal que les pese a aquellos personajes que creen que la política consiste en nada más que ganar elecciones, disfrutar del aplauso de una multitud y repartir cargos públicos entre los amigos y aliados, también ha de incluir la voluntad de hacer frente a situaciones adversas y, a veces, de decir la verdad por dolorosa que ésta sea. Sin duda hay muchas personas que optan por una vida fácil por no querer asumir aquellas responsabilidades que a su entender son antipáticas, pero ninguna tiene derecho a calificarse de «dirigente».

La clase política nacional debe al país no sólo una explicación honesta de cómo se las arregló para llevarlo a su estado de postración actual, sino también un debate en torno de las estrategias que le permitirían levantarse. Si un dirigente es partidario de una «solución» más equitativa que la propuesta por el gobierno, le corresponderá decirnos en detalle las medidas concretas que tiene en mente. Asimismo, los dispuestos a privilegiar otras modalidades habrán de tomar en cuenta los costos que, claro está, justificarían señalando que a la larga la sociedad en su conjunto se vería beneficiada. ¿Estamos por asistir a un debate descarnado, sin eufemismos, sobre los dilemas que el país tendrá forzosamente que enfrentar? Desde luego que no. Por el contrario, es de prever que los políticos más destacados continúen como antes, proponiendo cambios abstractos borrosos o negándose por principio a prestar atención a las realidades que no les convienen, asegurando de este modo que el desbarajuste financiero, esta obra maestra de la irresponsabilidad sistemática de tantos prohombres, siga agravándose por momentos.