“Recuerdos de Chimpay”
Un cielo enrojecido teñía la tarde. La noche llegaba a los pagos de Chimpay y, como vistiendo el hermoso paisaje, una bandada de pájaros echaba a volar. Las gallaretas corrían sobre la laguna. Los flamencos peinaban sus plumas indiferentes de su loco jugar. Y, como meciendo las barrosas orillas, los juncos por el viento se movían sin cesar. Colgada del cielo la luna miraba la paz que llegaba en el anochecer junto con los sueños que, siendo niño, la naturaleza me hacía tener. Los sapos mirando la luna cantaban su loca serenata cuando moría el sol. El agua murmuraba alegre entre el ramaje a orillas del canal y después se perdía en la lejanía con destino al mar. Parado en la plaza el mástil esperaba que fuera fiesta patria para lucir la bandera argentina que a todos cobijaba y aquel “¡Viva la patria!” gritado con amor, llenando a todos de emoción. Perdido en la nostalgia quedó Chimpay, mi pueblo, y su vieja estación con un correo que era como una estampilla que con la boca abierta esperaba el buzón. El humo que dejaba el tren de pasajeros con su máquina negra y su largo pitar decoraba el cielo con figuras imaginarias que el viento llevaba como mis sueños, que no volverán. Ligustrina de verde desteñido, cuántos amores supiste ocultar. Dónde andarás, amor tempranero… todavía me quema el beso apurado que con toda inocencia de vuelta de la escuela nos pudimos dar. Dónde andarán, maestras de mi escuela, de mis primeros grados… en el hueco de mi mano las quisiera cobijar, perderme en la ternura de sus miradas, pues me enseñaron a soñar. El viento arrastraba redondos cardos rusos llevando al cielo mil hojas de color… oh viento que acunaste un pedazo de mi infancia de niño pobre de dulce soñar. La pelota de trapo cuántas veces conmigo durmió. Parece que la horqueta de aquella honda la siento en mis bolsillos rotos de pantalones cortos y remiendos de color. Recuerdo la cantidad de caballos en los tamariscos de Álvarez y Martín; esperaban la hora de partir mientras sus dueños calmaban su loca sed. Los puentes de ladrillos que mi padre construyó servían de escenario para que las ranas cantaran despidiendo al sol. Y cuando la tormenta alumbraba con sus rayos la tristeza del viejo cementerio dormido en la loma junto al sueño de viejos pobladores en su descanso final. Cuánto yo quisiera volver a mi infancia y corriendo por las noches tras la luna en los bolsillos una estrella guardar y con los ojos de Ceferino poderme encontrar. Perdido en mi nostalgia quedó Chimpay… mi pueblo, jamás te podré olvidar. Eduardo Pérez, DNI 7.560.490 – Allen
Eduardo Pérez, DNI 7.560.490 – Allen
Un cielo enrojecido teñía la tarde. La noche llegaba a los pagos de Chimpay y, como vistiendo el hermoso paisaje, una bandada de pájaros echaba a volar. Las gallaretas corrían sobre la laguna. Los flamencos peinaban sus plumas indiferentes de su loco jugar. Y, como meciendo las barrosas orillas, los juncos por el viento se movían sin cesar. Colgada del cielo la luna miraba la paz que llegaba en el anochecer junto con los sueños que, siendo niño, la naturaleza me hacía tener. Los sapos mirando la luna cantaban su loca serenata cuando moría el sol. El agua murmuraba alegre entre el ramaje a orillas del canal y después se perdía en la lejanía con destino al mar. Parado en la plaza el mástil esperaba que fuera fiesta patria para lucir la bandera argentina que a todos cobijaba y aquel “¡Viva la patria!” gritado con amor, llenando a todos de emoción. Perdido en la nostalgia quedó Chimpay, mi pueblo, y su vieja estación con un correo que era como una estampilla que con la boca abierta esperaba el buzón. El humo que dejaba el tren de pasajeros con su máquina negra y su largo pitar decoraba el cielo con figuras imaginarias que el viento llevaba como mis sueños, que no volverán. Ligustrina de verde desteñido, cuántos amores supiste ocultar. Dónde andarás, amor tempranero... todavía me quema el beso apurado que con toda inocencia de vuelta de la escuela nos pudimos dar. Dónde andarán, maestras de mi escuela, de mis primeros grados... en el hueco de mi mano las quisiera cobijar, perderme en la ternura de sus miradas, pues me enseñaron a soñar. El viento arrastraba redondos cardos rusos llevando al cielo mil hojas de color... oh viento que acunaste un pedazo de mi infancia de niño pobre de dulce soñar. La pelota de trapo cuántas veces conmigo durmió. Parece que la horqueta de aquella honda la siento en mis bolsillos rotos de pantalones cortos y remiendos de color. Recuerdo la cantidad de caballos en los tamariscos de Álvarez y Martín; esperaban la hora de partir mientras sus dueños calmaban su loca sed. Los puentes de ladrillos que mi padre construyó servían de escenario para que las ranas cantaran despidiendo al sol. Y cuando la tormenta alumbraba con sus rayos la tristeza del viejo cementerio dormido en la loma junto al sueño de viejos pobladores en su descanso final. Cuánto yo quisiera volver a mi infancia y corriendo por las noches tras la luna en los bolsillos una estrella guardar y con los ojos de Ceferino poderme encontrar. Perdido en mi nostalgia quedó Chimpay... mi pueblo, jamás te podré olvidar. Eduardo Pérez, DNI 7.560.490 - Allen
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