Recuerdos de un regreso

De Misiones bajamos hacia Corrientes. Es la primera vez, en estos dos años de viaje, que pedaleamos por una provincia ya recorrida. Transitamos caminos alternativos pero volvemos a encontrar calidez y a sorprendernos con las historias ruteras. Próximo destino: Reconquista, Santa Fe.



1
#

Sonrisas sobre ruedas. Si pudiéremos volver a elegir cómo viajar, la bici se llevaría otra vez el primer puesto. Abajo, Santa Lucía: ¡llegamos!

2
#

En Goya nos invitaron a pasar un día en una isla. El atardecer fue de esos que uno quiere que dure varios minutos más.

3
#

Postal de Bella Vista. Nuestro viaje por el país lleva 9.568 km en 409 días.

4
#

Santa Lucía: ¡llegamos!

5
#

Los mosquitos de Corrientes son asesinos.

6
#

En la Cruz de los Milagros, Bella Vista.

7
#

Raúl nos convidó naranjas y tortilla asada. Tuvimos una linda charla con él.

8
#

Con Enrique y Carlos, “los vendedores de libros”.

De todas las provincias de Argentina recorridas hasta ahora (14) ninguna fue pedaleada dos veces. Cada bienvenida tuvo su despedida, cada comienzo contuvo un final previsible en sus últimas páginas. Pero este nuevo viaje tiene un condimento diferente al primero y es el regreso. Volver a tierras ya exploradas pero por caminos alternativos, como si debiéramos cerrar el círculo de un capítulo que quedó a medio leer. Empezamos la aventura en Buenos Aires, llegamos a Entre Ríos, anduvimos por Corrientes, pedaleamos por Misiones y volvimos a Corrientes. El mapa no nos daba otra opción si nuestro plan era recorrer el Litoral primero y el Centro del país después. Debíamos volver a esa provincia que creíamos conocida. Y mejor que así lo hicimos. Andar livianos Si tuviésemos que retroceder tres años y volver a elegir de qué forma viajar, la bicicleta encabezaría otra vez el primer puesto. Pero a veces, muy pocas veces, imaginamos cómo sería viajar de otra manera. Y a veces, muchas veces, cruzarse con otros cicloviajeros que aman y eligen una y mil veces su forma de viajar nos contagian las ganas de seguir: nos recuerdan, casi sin quererlo, el porqué de la elección de esta forma tan particular de vivir lento y en movimiento. Coincidimos en la ruta con Pablo Romiti, un cicloviajero que veníamos siguiendo a través de Facebook. Su sonrisa y ojos, sus alas invisibles, su no tiempo pero sí su aquí y ahora: ir hacia el norte o hacia el sur porque da igual, porque soltó brújulas y papeles y billetes, porque si necesita algo lo suelta al universo y confía. Nos dice: “Lo más difícil de viajar en bicicleta no es ir rápido sino aprender a ir lento”. Nunca mejor definido. Compartimos una cena y una mañana con él en el balneario de Loreto, el pueblo más antiguo de toda la provincia. Al otro día el calor es extremo. Pablo se dirige hacia el oeste, nosotros hacia el sur. Hacemos nada más que 50 km y nos refugiamos en un pueblito de calles de arena llamado San Miguel. Vamos hacia el camping y nos damos un chapuzón en una pequeña laguna de agua dulce. Me siento en el pasto, observo. “Así como estamos, estamos bien”, me escucho decir. Darse cuenta de lo importante que es estar con cuerpo y alma acá, en este lugar, donde se oyen pequeñas olas y se respira el césped recién cortado. Estamos cansados. entonces frenamos. Hacen 35°C entonces nos refrescamos. Tenemos hambre entonces tomamos mate y untamos panes con dulce de leche. Necesario silencio: el espacio se libera cuando la mirada se posa. Y qué lindo es ese rato cuando haciendo nada se es todo. La gente de campo A la mañana siguiente continuamos el viaje y después del mediodía frenamos para almorzar. Raúl nos vio cuando frenamos en la banquina y esperó hasta el último bocado para acercarse con naranjas y una porción de tortilla asada. Le contamos sobre nuestra aventura de unir el país sobre ruedas y no puede entender cómo viajamos sin fecha de regreso, porque si él sale hacia algún lugar vuelve en el día o al día siguiente. Pero vuelve. Su voz sensible carga solo una preocupación y su mirada se hunde en el suelo cuando lo escuchamos decir con timidez: “quiero saber cuándo van a llegar”. Lo dice tan lento que sus palabras nos endulzan los oídos. Si fuera por él (y solo para dormir tranquilo) nos pagaría un pasaje para que estemos mañana mismo en Buenos Aires. A la tarde se vuelve a repetir la misma situación: frenamos a comer unas bananas, un hombre nos ve, se acerca y comienza a conversar con nosotros. Fortunato tiene la piel agrietada y las manos llenas de cemento seco porque está construyendo su casa sin ayuda de nadie. Su terreno tiene más de cinco hectáreas y en el medio hay una escuela con las persianas bajas y las puertas cerradas. “¿Es de usted la escuela, señor?”, le preguntamos. “No”, nos responde, “es que la escuela se equivocó: el terreno para levantarla era el de enfrente”. Bellas vistas Y llegamos a Bella Vista pedaleando por la Ruta Provincial 27. Su historia se destaca por dos motivos: la producción de naranjas y la invasión de las tropas paraguayas en la Guerra de la Triple Alianza en 1875. Ni bien pisamos la ciudad nos vamos hacia el Polideportivo porque, según otros cicloviajeros que también anduvieron por acá, es el mejor lugar donde parar. Y no se equivocaron: nos ofrecen dormir en una habitación y nos prenden el calefón para que nos demos una ducha bien caliente. Cuando estábamos pensando en cocinar unos fideos con salsa de tomate, dos señores, Carlos y Enrique, que también estaban parando en una habitación cerca de la nuestra, nos invitan a un asado. Ellos son “los vendedores de libros”: ofrecen a las escuelas de todo Corrientes material de estudio (viejas enciclopedias que el diario Clarín no alcanzó a vender en el 2007) y revistas para colorear. Así se ganan la vida. Nos quedamos charlando horas y horas, y al otro día volvemos a reunirnos en el mismo lugar y a la misma hora para cenar un sábalo y una boga a la parrilla. Antes del cruce Cuando llegamos a Santa Lucía nos damos cuenta de que pedaleamos durante cinco días seguidos sin parar: el terreno es tan llano y plano que alcanzamos a hacer 80 km por día. Por suerte nos espera Valeria en su casa para que podamos descansar. Ella es maestra de plástica y además pinta, dibuja, recicla y ama volar: ama tener los pies sobre las nubes. Gracias a ella conocemos las letras de Richard Bach, un escritor y aviador estadounidense que en uno de sus libros, “El don de volar”, dice algo que nosotros también decimos pero con otras palabras: “Nos hacemos amigos de un hombre no porque tenga pelo castaño u ojos azules o una cicatriz en el mentón que le quedó de un accidente aéreo, sino porque soñamos los mismos sueños, porque ama el mismo bien y odia el mismo mal, porque le gusta escuchar el ruido de un motor marchando en vacío en una tibia y tranquila mañana. Los hechos por sí mismos no tienen sentido”. La última parada en Corrientes es Goya. Recorremos la ciudad gracias a Gera y Maru que nos reciben en su casa y nos invitan a pasar un día entero en una isla lejos de cualquier ruido. Llevamos provisiones como para tres días y lo único que sobra es un vino a medio tomar. Conocemos a un amigo de ellos, Rama, que hace pocos meses levantó una escuela diferente a lo conocido: Mitaí o la escuelita divertida. Nos cuenta que sigue los pilares de lo que se conoce como Pedagogía 3000: los niños aprenden jugando, no tienen exámenes y sus “materias” (que eligen a gusto y piacere) son pintura, teatro, huerta, cocina, yoga, inventos, danza y reciclado. Vemos un atardecer de esos que dan ganas de que duren varios minutos más y a la noche cenamos un guiso cuya parrilla es un plato de bicicleta. Nos reímos a carcajadas hasta la madrugada y el fuego arde hasta el otro día cuando nos tomamos la balsa rumbo a Reconquista, Santa Fe.

Sonrisas sobre ruedas. Si pudiéremos volver a elegir cómo viajar, la bici se llevaría otra vez el primer puesto.

Andar livianos Si tuviésemos que retroceder tres años y volver a elegir de qué forma viajar, la bicicleta encabezaría otra vez el primer puesto. Pero a veces, muy pocas veces, imaginamos cómo sería viajar de otra manera. Y a veces, muchas veces, cruzarse con otros cicloviajeros que aman y eligen una y mil veces su forma de viajar nos contagian las ganas de seguir: nos recuerdan, casi sin quererlo, el porqué de la elección de esta forma tan particular de vivir lento y en movimiento.

Coincidimos en la ruta con Pablo Romiti, un cicloviajero que veníamos siguiendo a través de Facebook. Su sonrisa y ojos, sus alas invisibles, su no tiempo pero sí su aquí y ahora: ir hacia el norte o hacia el sur porque da igual, porque soltó brújulas y papeles y billetes, porque si necesita algo lo suelta al universo y confía. Nos dice: “Lo más difícil de viajar en bicicleta no es ir rápido sino aprender a ir lento”. Nunca mejor definido. Compartimos una cena y una mañana con él en el balneario de Loreto, el pueblo más antiguo de toda la provincia. Al otro día el calor es extremo. Pablo se dirige hacia el oeste, nosotros hacia el sur. Hacemos nada más que 50 km y nos refugiamos en un pueblito de calles de arena llamado San Miguel. Vamos hacia el camping y nos damos un chapuzón en una pequeña laguna de agua dulce. Me siento en el pasto, observo. “Así como estamos, estamos bien”, me escucho decir. Darse cuenta de lo importante que es estar con cuerpo y alma acá, en este lugar, donde se oyen pequeñas olas y se respira el césped recién cortado.

Los mosquitos de Corrientes son asesinos.

Estamos cansados. entonces frenamos. Hacen 35°C entonces nos refrescamos. Tenemos hambre entonces tomamos mate y untamos panes con dulce de leche. Necesario silencio: el espacio se libera cuando la mirada se posa. Y qué lindo es ese rato cuando haciendo nada se es todo. La gente de campo A la mañana siguiente continuamos el viaje y después del mediodía frenamos para almorzar. Raúl nos vio cuando frenamos en la banquina y esperó hasta el último bocado para acercarse con naranjas y una porción de tortilla asada. Le contamos sobre nuestra aventura de unir el país sobre ruedas y no puede entender cómo viajamos sin fecha de regreso, porque si él sale hacia algún lugar vuelve en el día o al día siguiente. Pero vuelve.

Su voz sensible carga solo una preocupación y su mirada se hunde en el suelo cuando lo escuchamos decir con timidez: “quiero saber cuándo van a llegar”. Lo dice tan lento que sus palabras nos endulzan los oídos. Si fuera por él (y solo para dormir tranquilo) nos pagaría un pasaje para que estemos mañana mismo en Buenos Aires. A la tarde se vuelve a repetir la misma situación: frenamos a comer unas bananas, un hombre nos ve, se acerca y comienza a conversar con nosotros. Fortunato tiene la piel agrietada y las manos llenas de cemento seco porque está construyendo su casa sin ayuda de nadie. Su terreno tiene más de cinco hectáreas y en el medio hay una escuela con las persianas bajas y las puertas cerradas. “¿Es de usted la escuela, señor?”, le preguntamos. “No”, nos responde, “es que la escuela se equivocó: el terreno para levantarla era el de enfrente”.

Bellas vistas Y llegamos a Bella Vista pedaleando por la Ruta Provincial 27. Su historia se destaca por dos motivos: la producción de naranjas y la invasión de las tropas paraguayas en la Guerra de la Triple Alianza en 1875. Ni bien pisamos la ciudad nos vamos hacia el Polideportivo porque, según otros cicloviajeros que también anduvieron por acá, es el mejor lugar donde parar. Y no se equivocaron: nos ofrecen dormir en una habitación y nos prenden el calefón para que nos demos una ducha bien caliente. Cuando estábamos pensando en cocinar unos fideos con salsa de tomate, dos señores, Carlos y Enrique, que también estaban parando en una habitación cerca de la nuestra, nos invitan a un asado.

Ellos son “los vendedores de libros”: ofrecen a las escuelas de todo Corrientes material de estudio (viejas enciclopedias que el diario Clarín no alcanzó a vender en el 2007) y revistas para colorear. Así se ganan la vida. Nos quedamos charlando horas y horas, y al otro día volvemos a reunirnos en el mismo lugar y a la misma hora para cenar un sábalo y una boga a la parrilla.

Antes del cruce Cuando llegamos a Santa Lucía nos damos cuenta de que pedaleamos durante cinco días seguidos sin parar: el terreno es tan llano y plano que alcanzamos a hacer 80 km por día. Por suerte nos espera Valeria en su casa para que podamos descansar. Ella es maestra de plástica y además pinta, dibuja, recicla y ama volar: ama tener los pies sobre las nubes. Gracias a ella conocemos las letras de Richard Bach, un escritor y aviador estadounidense que en uno de sus libros, “El don de volar”, dice algo que nosotros también decimos pero con otras palabras: “Nos hacemos amigos de un hombre no porque tenga pelo castaño u ojos azules o una cicatriz en el mentón que le quedó de un accidente aéreo, sino porque soñamos los mismos sueños, porque ama el mismo bien y odia el mismo mal, porque le gusta escuchar el ruido de un motor marchando en vacío en una tibia y tranquila mañana. Los hechos por sí mismos no tienen sentido”.

La última parada en Corrientes es Goya. Recorremos la ciudad gracias a Gera y Maru que nos reciben en su casa y nos invitan a pasar un día entero en una isla lejos de cualquier ruido. Llevamos provisiones como para tres días y lo único que sobra es un vino a medio tomar. Conocemos a un amigo de ellos, Rama, que hace pocos meses levantó una escuela diferente a lo conocido: Mitaí o la escuelita divertida. Nos cuenta que sigue los pilares de lo que se conoce como Pedagogía 3000: los niños aprenden jugando, no tienen exámenes y sus “materias” (que eligen a gusto y piacere) son pintura, teatro, huerta, cocina, yoga, inventos, danza y reciclado. Vemos un atardecer de esos que dan ganas de que duren varios minutos más y a la noche cenamos un guiso cuya parrilla es un plato de bicicleta. Nos reímos a carcajadas hasta la madrugada y el fuego arde hasta el otro día cuando nos tomamos la balsa rumbo a Reconquista, Santa Fe.

Suple VOY

Jimena Sánchez lavidadeviaje@gmail.com

Andrés Calla y Jime Sánchez, una pareja que está recorriendo la Argentina en bicicleta. Podés leer más historias, ver fotos y videos de nuestras aventuras en lavidadeviaje.com.


Comentarios


Recuerdos de un regreso