Recuperar la decisión
Por Héctor Ciapuscio
Estamos perdiendo los mejores cerebros -científicos, médicos, empresarios y gente de la informática – para Estados Unidos. Estamos produciendo talento para que lo aprovechen otros». El plañido se completa desde otros ángulos. La cultura, por ejemplo. «Los productos culturales americanos -mejor dicho, los entretenimientos y las películas – cuentan por un 95 por ciento de lo que se comercia en nuestro país, las revistas que se venden, por un 80 por ciento y los programas de televisión que miramos por un 60 por ciento.»
Estos textos no se refieren -aclaremos- a nuestro país. Son citas de la carta que un periodista canadiense dirigió a una revista inglesa desde Toronto. Se pregunta: «¿Pero, qué es la cultura para los americanos?» Y opina que para los americanos la cultura es comercio ; para un canadiense, en cambio, la cultura es… cultura. Un ejemplo es el de las revistas que invaden su país acaparando avisos con tapas y un contenido mínimo de cosas nacionales que las hacen pasar por «canadienses»; en tanto, no son otra cosa que «dumping» periodístico. Ellos -los americanos- arguyen que se trata de libertad de expresión y de libre comercio. Y lo hacen del modo muy beligerante que han empezado a adoptar desde hace un tiempo. «A los europeos les indican qué bananas deben comer; a los canadienses qué historias deben leer.»
Se pregunta cómo es que ha sobrevenido este proceso de dominación creciente. Estima que la mayor de las fuerzas que están cambiando el país es el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y México. A este lo precipitó el Sr. Mulroney, un primer ministro conservador que tenía varios defectos : trataba de hacer cosas, quería que lo vieran haciendo cosas y sentía la lamentable compulsión de arrimarse a los presidentes americanos. Los liberales denunciaron violentamente esta política cuando eran oposición ; después, cuando en 1993 fueron gobierno, la adoptaron. Ahora, los nombres canadienses desaparecen del paisaje empresario, las empresas culturales nacionales luchan para redefinir sus roles y sobrevivir, los talentos canadienses miran embobados a los centros americanos, los novelistas sueñan con la lista de best-sellers del «New York Times». «Este 'comercio libre' -concluye Gilbert Reid, escritor que no es de izquierda, vale aclararlo- operando a través de la 'mano invisible' de Adam Smith está cambiando lo que somos y quienes somos».
No es difícil apreciar en estos lamentos referencias anecdóticas que tienen aire de conocidas, de «dejá vu», como dicen los franceses. ¿Qué diferencias hay entre ese primer ministro canadiense y el presidente argentino en cuanto a exhibicionismo irresponsable y afán de prenderse a los faldones de Bush o Clinton? ¿Quién no se avergüenza de su política de «relaciones carnales» y alineamiento automático cuando la confronta con la de señores de la República Conservadora como Drago o Calvo? ¿Quién no se entristece cuando le cuentan cómo son de serviles las embajadas de funcionarios a Wall Street o el Tesoro norteamericano y qué diferente era el trato que los argentinos recibían hasta hace diez años? Pero eso no es lo más importante. Lo que importa es que, con toda verdad, también nosotros somos víctima de un proceso acelerado de desculturalización que nos está dejando con las raíces al aire. (Es curioso -y este es un comentario precautorio – que los mismos sectores socio-económicos que piden la protección de la biodiversidad natural se muestren insensibles por otro lado a los efectos culturales uniformizadores del «american way of life».)
Hay efectos que se deben admitir sencillamente porque son inevitables o porque son buenos. Pero hay muchos otros que están demandando actitudes diferentes a la conformidad ciega, la renuncia a pensar alternativas o el mimetismo.
Un economista argentino -quizá el más admirado por los universitarios aunque seguramente no por el «establishment» económico- se ha venido ocupando en libros, artículos y conferencias de la ideología de la «globalización». Como muchos estudiosos europeos (aquí han circulado trabajos sobre este problema y el de la competitividad, por ejemplo de Riccardo Petrella y del Grupo de Lisboa), este compatriota se ha aplicado a desmitificarla. Lo hizo en un libro substancial hace unos meses y de nuevo hace unas semanas, en el Centro Cultural San Martín ante una auditorio que le rindió aplausos más que expresivos en cuanto a su acuerdo. Alguien, en lo que aquí nos interesa, calificó el mensaje como una apelación a calzarnos los pantalones.
Aldo Ferrer piensa que debemos reaccionar y que estamos a tiempo para hacerlo. Sostiene que la política de subordinación incondicional a los acontecimientos internacionales produce resultados como los que estamos viviendo -pobreza, marginalidad, exclusión, inestabilidad- y nos ofrece un futuro todavía peor que el presente. El primer desafío de nuestro país es recuperar su identidad nacional y su capacidad de decisión en el mundo global. En el marco de la apertura y del realismo debemos instalarnos en el mundo con un proyecto propio. La segunda cuestión es analizar qué es realmente el proceso de globalización y construir una visión propia de ella. Comprobar si es cierto que todo pasa en el mundo global, que los espacios nacionales no tienen importancia. La que es aceptada ahora por los que tienen el poder es una concepción ideológica y deformada. Esa visión fundamentalista sugiere que la única política posible es la adaptativa. Aldo Ferrer la juzga equivocada e irracional. El mercado argentino absorbe el 90% de la producción nacional y el ahorro argentino financia más del 90% de la inversión. Necesitamos una política de apertura y de inserción internacional que, teniendo en cuenta los datos de esa realidad, organice los recursos a partir de una visión propia de cómo funciona el mundo y cómo debe ser el desarrollo de una nación moderna en este mundo relativamente abierto ya que no son escasos ni son los menos dotados los economistas de los países centrales que están señalando cuánta fantasía y cuánto interés oculto existe en esta forma de ver las cosas. Contrariamente a lo que suele decirse, que los estados y las políticas nacionales no tienen ya importancia, Aldo Ferrer está convencido -como lo está el que esto escribe- de que las políticas nacionales siguen siendo esenciales para que un país tenga éxito o no lo tenga. Este es un mundo de sociedades que están más abiertas pero en las que el desarrollo sigue siendo un proceso de construcción histórica y política, inenajenable, de cada sociedad.
Estamos perdiendo los mejores cerebros -científicos, médicos, empresarios y gente de la informática - para Estados Unidos. Estamos produciendo talento para que lo aprovechen otros". El plañido se completa desde otros ángulos. La cultura, por ejemplo. "Los productos culturales americanos -mejor dicho, los entretenimientos y las películas - cuentan por un 95 por ciento de lo que se comercia en nuestro país, las revistas que se venden, por un 80 por ciento y los programas de televisión que miramos por un 60 por ciento."
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