Reestructuración caótica

En la raíz de la tragedia colectiva actual está la falta de seriedad de la dirigencia nacional.

Por Redacción

Durante varios meses, una multitud abigarrada de políticos, economistas deseosos de ser felicitados por sus ideas heterodoxas, clérigos y pensadores está reclamándole al gobierno «reestructurar», «reprogramar» o «renegociar» la deuda pública, sin excluir a la parte que está en manos de inversores extranjeros, porque a menos que lo haga el país no encontrará jamás una «salida». Aunque el gobierno del presidente Fernando de la Rúa, lo mismo que sus antecesores, había dedicado una proporción sustancial de su tiempo a hacer precisamente lo que pedían, presionando al FMI con la esperanza de que avalara sus maniobras, por razones comprensibles no quería dar la impresión de sentirse realmente preocupado por el tema. Ultimamente, empero, no le ha quedado otra opción que la de intentar asumir un actitud levemente más combativa, de ahí las alusiones de Domingo Cavallo a una «reestructuración voluntaria» de la deuda. Sin embargo, en vez de tranquilizar a «los mercados», los anuncios del ministro los convulsionó, desatando una corrida atropellada encabezada por los resueltos a alejarse del desastre que creían inminente. Y, huelga decirlo, los muchos políticos que habían dado a entender que a su juicio una reestructuración forzosa serviría para poner al país en el camino del crecimiento, reaccionaron como si nunca se les hubiera ocurrido plantear una estrategia similar. Lejos de solidarizarse con el gobierno, siguen tratando de destruirlo, acaso por suponer que una catástrofe descomunal haría que la ciudadanía olvidara sus muchos aportes al desbarajuste.

Ya es evidente que el motivo principal de quienes hablaban sobre los méritos de una reestructuración agresiva dispuesta por un país plenamente consciente de su soberanía consistía en «diferenciarse» del gobierno. Asimismo, les gustaba dar a entender que «la solución» sería en realidad muy sencilla y virtualmente indolora, pero que por razones inconfesables una banda de extremistas ultraliberales obsesionados por el mercado se negaba a comprenderlo. Será por eso que los muchos que han estado rabiando contra la deuda y, en algunos casos, contra los acreedores, no se han dado el trabajo de formular propuestas de emergencia para el período de estrechez extrema que seguiría a cualquier reprogramación, por «exitosa» que ésta fuera, para no hablar de un «default». ¿Lo han hecho? Claro que no.

En la raíz de la auténtica tragedia colectiva que está desarrollándose está la falta verdaderamente pavorosa de seriedad de buena parte de la dirigencia nacional. Si bien sus integrantes están habituados a expresarse en términos apocalípticos, han descreído tanto de sus propios pronósticos, que ninguno se encuentra preparado para actuar aunque algunos ya se han concretado. Desde luego que la convicción cómoda de que no sucedería nada realmente malo, de que a pesar de todos los desaguisados el país continuaría funcionando como antes, está detrás no sólo de su tremendismo verbal sino también del facilismo que revela sus intentos de inventar «alternativas». Parecería que a juicio de estos personajes «la política» es sólo un juego en el que los dueños de las imágenes más seductoras siempre logrará apoderarse de la mayoría de los premios. De lo contrario, sería inexplicable el comportamiento de tantos durante los meses que precedieron a los terremotos financieros de los días finales de octubre. Han contado con todo el tiempo necesario para adaptarse al hecho de que el país haya estado deslizándose a una velocidad cada vez mayor hacia un desastre que de producirse lo depauperaría, privándolo de la posibilidad de integrarse al conjunto no muy grande de naciones que resulten capaces de prosperar en el mundo del siglo XXI. Hubiera sido lógico que reaccionaran frente al desafío así planteado haciendo un esfuerzo sincero por actuar con sobriedad, sensatez y realismo.

Sin embargo, muchos, demasiados, han optado por hacer gala de un grado de irresponsabilidad tan extraordinaria que lo que hace algunos meses los más tomaban por un peligro bastante remoto, ya parece inevitable y, lo que es peor aún, no existe ningún motivo para suponer que sean capaces de enfrentarlo.