Renacimiento radical

Por Redacción

A primera vista, la propuesta del gobernador chaqueño Angel Rozas de que el partido que encabeza, la UCR, se prepare para que su candidato esté en condiciones de pelear por la presidencia de la República en el 2007 se asemeja más a una fantasía estudiantil que a una aspiración seria. En abril pasado, el radicalismo se vio eliminado de la lista de opciones serias y a partir de las elecciones presidenciales no ha ocurrido nada para sugerir que haya emprendido las reformas internas necesarias para que un día vuelva a constituir una alternativa convincente, razón por la que muchos afiliados temen que a lo sumo sobreviva como el antepasado putativo de algunos movimientos provinciales o vecinalistas. Con todo, si bien sería un error subestimar la vocación suicida de la UCR, si sus dirigentes se manejaran con sensatez el partido estaría en condiciones de regresar al centro del escenario nacional, aunque sólo fuera por las deficiencias patentes de todos sus adversarios. En verdad, pudo haberlo hecho a comienzos de este año. De haberse encolumnado los radicales detrás de Ricardo López Murphy o de Elisa Carrió, habrían tenido una buena posibilidad de triunfar. Y en el caso de que la UCR se las hubiera arreglado para que aquellos dos ex radicales compartieran la fórmula, el “partido centenario” con toda probabilidad ya estaría en el poder.

Por supuesto que en la actualidad casi lo único que tienen en común López Murphy y Carrió es su origen radical. Representan corrientes distintas que, en nuestro país por lo menos, parecen incompatibles. De haber sido la UCR un partido más coherente y más disciplinado que estuviera más dispuesto a adaptarse a los tiempos y a debatir con realismo las alternativas ante la sociedad, empero, tanto el fundador de Recrear como la jefa del ARI hubieran evolucionado de forma muy distinta al sentir ambos que les correspondía tomar en cuenta los intereses del radicalismo en su conjunto, limitándose a intentar influir en el pensamiento de sus correligionarios en lugar de ponerse a imaginar programas novedosos, lo que habría reducido al mínimo las diferencias que los separan. En muchos grandes partidos del Occidente conviven dirigentes que de no ser por el poder centrípeto ejercido por el militar en la misma organización podrían terminar emigrando a posiciones tan distanciadas las unas de las otras como las ocupadas hoy en día por López Murphy y Carrió, pero que no lo han hecho por no haber querido alejarse demasiado del resto de sus correligionarios.

Aunque las estructuras de la UCR están destartaladas, su condición no es peor que sus equivalentes del PJ, el único otro movimiento de dimensiones nacionales, y a pesar de la decisión de personas como López Murphy y Carrió de formar sus propios movimientos, el radicalismo todavía cuenta con políticos capaces. Sin embargo, aunque la UCR posee muchas ventajas que otros movimientos envidiarían, ha resultado ser incapaz de aprovecharlas debido a una cultura interna sumamente conservadora que le ha impedido renovar sus cuadros con regularidad y modificar sus ideas a fin de ajustarlas a los cambios que se producen de manera incesante tanto en el país como en el mundo. En vez de reaccionar frente a los desastres que ha protagonizado reemplazando a los viejos jefes con otros y actualizando su ideario como suelen hacer los partidos más exitosos de Europa, la UCR ha preferido subordinar sus propios intereses y los del país a la defensa de sus fracasos echando mano a teorías rebuscadas destinadas a hacer creer que todo fue consecuencia de la malignidad ajena, actitud ésta que parece ser típica de toda la región y que nos ayuda a entender el porqué del estado cada vez más atrasado de casi todos los países que la integran. Por ser cuestión de rasgos culturales que los más suponen son inherentes a la condición humana y por lo tanto inmodificables, superarlos para que la UCR se convierta en un partido moderno no sería del todo fácil, pero si no logra hacerlo seguirá siendo poco promisorio el futuro no sólo del radicalismo sino también del país, por ser la crisis económica que lo ha devastado resultado de la incapacidad de los miembros de la clase política de construir grandes partidos modernos que sean capaces de gobernar en una época tan desconcertante como la nuestra.


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