Retroceso educativo
Para sorpresa de muchos, el ministro de Educación, Eduardo Sileoni, acaba de admitir que “evidentemente hay una menor calidad de la educación, tenemos una deuda”, aunque procuró atenuar el impacto de sus palabras afirmando que “hoy estudian más chicos que hace 30 ó 40 años”, lo que es lógico puesto que según el censo de 1970 la población del país fue de poco más de 23 millones, en 1980 se acercó a los 28 millones y en la actualidad es superior a 40 millones. De todos modos, lo que Sileoni presuntamente quiso decir es que la caída de la calidad se ha visto compensada por el aumento de la cantidad de alumnos que asisten a clases, pero se trata de una disyuntiva engañosa ya que nadie supone que el rendimiento cada vez más deficiente de nuestros colegios pueda atribuirse a una decisión de repartir los recursos educativos disponibles de manera más igualitaria. En algunos países como el Reino Unido, gobiernos supuestamente progresistas sí se las han arreglado para nivelar hacia abajo la calidad educativa brindada por el sistema público por motivos ideológicos, pero en la Argentina el deterioro parece deberse no a decisiones determinadas tomadas por el ministro de Educación de turno sino a la difusión de una especie de consenso facilista que incide en casi todos los ámbitos de la vida nacional, en especial en los vinculados con el Estado. En Estados Unidos y Europa se ha difundido últimamente el temor a que las próximas generaciones, debilitadas por décadas de prosperidad y por la propensión universal a “democratizar” la educación y ceder ante los reclamos de los sindicatos docentes y de estudiantes reacios a estudiar en serio, no estarán en condiciones de competir con sus coetáneas de China, la India y Corea del Sur, donde las actitudes son mucho más anticuadas porque los mayores, desdeñosos de las teorías pedagógicas avanzadas, siguen obligando a los jóvenes a concentrarse en aprender. Nos convendría que aquí también se celebrara un debate similar. Como los resultados de la prueba PISA más reciente nos recordaron, la Argentina dejó hace mucho tiempo de figurar entre los países en que la calidad educativa podría considerarse relativamente buena. Por el contrario, es mediocre incluso según las nada exigentes pautas latinoamericanas, peor que en Europa y Estados Unidos donde se da por descontado que la educación está en crisis y a años luz de zonas más desarrolladas de China como la conformada por la megalópolis de Shanghai. Si bien los chinos mismos se preocupan por la rigidez característica de sus tradiciones educativas, no se les ha ocurrido adoptar modalidades propias de sociedades que privilegian la autoestima o quieren hacer de la enseñanza una diversión amena. En la raíz de la diferencia cada vez más notable entre nuestro sistema educativo y el de aquellos países emergentes cuyo progreso plantea un desafío a los ya ricos, incluyendo a Estados Unidos, y además, huelga decirlo, a los subdesarrollados, está la virtual desaparición de la llamada “cultura del esfuerzo”. No es malo que tantos sean conscientes de sus derechos y que se hayan acostumbrado a reclamar que sean respetados, pero sería positivo que también fueran igualmente conscientes de sus deberes. Mientras que en algunas partes del mundo los padres están dispuestos a hacer grandes sacrificios para asegurar que sus hijos aprovechen las oportunidades educativas que se dan, en otras, como la Argentina actual, parecen estar más interesados en encontrar pretextos para pasarlas por alto. A juicio de Sileoni, “en algún sentido, la pobreza funciona como un obstáculo educativo” porque dicen a los chicos que terminen el secundario “para pelearla en la vida”, pero sucede que aquí, como en ciertos países de Europa, abundan los jóvenes que ni trabajan ni estudian a pesar de disponer de tiempo más que suficiente para hacerlo, lo que sería considerado condenable en las sociedades de Asia oriental. A menos que tales actitudes se modifiquen pronto, se eliminará por completo la posibilidad de que la Argentina logre mantenerse a la altura de vecinos como Brasil y Chile que, a pesar de las dificultades que enfrentan, han entendido que en un mundo globalizado el status y la calidad de vida de los distintos países dependerán del nivel educativo de sus habitantes y que por lo tanto no les cabe más opción que hacer todo cuanto resulte necesario para mejorarlo.
Para sorpresa de muchos, el ministro de Educación, Eduardo Sileoni, acaba de admitir que “evidentemente hay una menor calidad de la educación, tenemos una deuda”, aunque procuró atenuar el impacto de sus palabras afirmando que “hoy estudian más chicos que hace 30 ó 40 años”, lo que es lógico puesto que según el censo de 1970 la población del país fue de poco más de 23 millones, en 1980 se acercó a los 28 millones y en la actualidad es superior a 40 millones. De todos modos, lo que Sileoni presuntamente quiso decir es que la caída de la calidad se ha visto compensada por el aumento de la cantidad de alumnos que asisten a clases, pero se trata de una disyuntiva engañosa ya que nadie supone que el rendimiento cada vez más deficiente de nuestros colegios pueda atribuirse a una decisión de repartir los recursos educativos disponibles de manera más igualitaria. En algunos países como el Reino Unido, gobiernos supuestamente progresistas sí se las han arreglado para nivelar hacia abajo la calidad educativa brindada por el sistema público por motivos ideológicos, pero en la Argentina el deterioro parece deberse no a decisiones determinadas tomadas por el ministro de Educación de turno sino a la difusión de una especie de consenso facilista que incide en casi todos los ámbitos de la vida nacional, en especial en los vinculados con el Estado. En Estados Unidos y Europa se ha difundido últimamente el temor a que las próximas generaciones, debilitadas por décadas de prosperidad y por la propensión universal a “democratizar” la educación y ceder ante los reclamos de los sindicatos docentes y de estudiantes reacios a estudiar en serio, no estarán en condiciones de competir con sus coetáneas de China, la India y Corea del Sur, donde las actitudes son mucho más anticuadas porque los mayores, desdeñosos de las teorías pedagógicas avanzadas, siguen obligando a los jóvenes a concentrarse en aprender. Nos convendría que aquí también se celebrara un debate similar. Como los resultados de la prueba PISA más reciente nos recordaron, la Argentina dejó hace mucho tiempo de figurar entre los países en que la calidad educativa podría considerarse relativamente buena. Por el contrario, es mediocre incluso según las nada exigentes pautas latinoamericanas, peor que en Europa y Estados Unidos donde se da por descontado que la educación está en crisis y a años luz de zonas más desarrolladas de China como la conformada por la megalópolis de Shanghai. Si bien los chinos mismos se preocupan por la rigidez característica de sus tradiciones educativas, no se les ha ocurrido adoptar modalidades propias de sociedades que privilegian la autoestima o quieren hacer de la enseñanza una diversión amena. En la raíz de la diferencia cada vez más notable entre nuestro sistema educativo y el de aquellos países emergentes cuyo progreso plantea un desafío a los ya ricos, incluyendo a Estados Unidos, y además, huelga decirlo, a los subdesarrollados, está la virtual desaparición de la llamada “cultura del esfuerzo”. No es malo que tantos sean conscientes de sus derechos y que se hayan acostumbrado a reclamar que sean respetados, pero sería positivo que también fueran igualmente conscientes de sus deberes. Mientras que en algunas partes del mundo los padres están dispuestos a hacer grandes sacrificios para asegurar que sus hijos aprovechen las oportunidades educativas que se dan, en otras, como la Argentina actual, parecen estar más interesados en encontrar pretextos para pasarlas por alto. A juicio de Sileoni, “en algún sentido, la pobreza funciona como un obstáculo educativo” porque dicen a los chicos que terminen el secundario “para pelearla en la vida”, pero sucede que aquí, como en ciertos países de Europa, abundan los jóvenes que ni trabajan ni estudian a pesar de disponer de tiempo más que suficiente para hacerlo, lo que sería considerado condenable en las sociedades de Asia oriental. A menos que tales actitudes se modifiquen pronto, se eliminará por completo la posibilidad de que la Argentina logre mantenerse a la altura de vecinos como Brasil y Chile que, a pesar de las dificultades que enfrentan, han entendido que en un mundo globalizado el status y la calidad de vida de los distintos países dependerán del nivel educativo de sus habitantes y que por lo tanto no les cabe más opción que hacer todo cuanto resulte necesario para mejorarlo.
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