Reyertas inútiles
Lejos de ampliar la visión de sus socios principales, el Mercosur les ha permitido pasar por alto la necesidad de ser competitivos.
En tiempos difíciles, los dirigentes nacionales suelen caer en la tentación de atribuir a otros países sus problemas más engorrosos, de suerte que no extraña que se haya intensificado la voluntad de distintos funcionarios argentinos y brasileños de intercambiar lindezas, ni que algunos ciudadanos privados se hayan entregado con regocijo a este juego. Mientras pareció que la Argentina se encaminaba hacia un «default» y la economía brasileña daba la impresión de estar avanzando viento en popa, nuestros vecinos pudieron dar a entender que si no fuera por la proximidad de un país tan poco confiable, el Brasil se erigiría pronto en una potencia más que respetable. Ultimamente, empero, la situación se ha transformado. Si bien aún no existen demasiados motivos para creer que la Argentina haya iniciado una recuperación, la devaluación constante del real brasileño -fenómeno que ha significado que conforme a la estadística México ya es dueño de la mayor economía latinoamericana-, ha estimulado a aquellos argentinos que quisieran convencerse de que el gran problema de nuestro país se llama Brasil.
Se trata de simplificaciones absurdas, claro está. Aunque no cabe duda de que los intentos por integrar en el marco de un «mercado común» dos economías manejadas por personas con criterios radicalmente diferentes ha creado un sinnúmero de dificultades coyunturales, tanto aquí como en el Brasil las causas básicas de las crisis respectivas tienen que ver con factores mucho más profundos como los supuestos por el atraso educativo, la ineficiencia generalizada, la asfixia ocasionada por el predominio de corporaciones políticas acostumbradas a subordinar todo a sus propios intereses y así largamente por el estilo. Son lacras que son comunes a toda América Latina y atenuarlas será imposible, a menos que las clases dirigentes de todos los países de la región asuman las dimensiones de los desafíos que deberían enfrentar.
En teoría, el Mercosur podría constituir un instrumento muy útil en manos de los resueltos a llevar a cabo las reformas drásticas que, si bien son necesarias, serán resistidas porque, obvio es decirlo, atentarán contra una multitud de intereses creados fuertemente atrincherados. Sin embargo, la realidad es que hasta ahora este intento local de emular a la Unión Europea ha incidido de manera negativa en buena medida porque a argentinos y brasileños les ha resultado tan fácil achacar sus propias falencias a la perversidad, egoísmo o torpeza de su socio principal. A diferencia de lo que ha sucedido en países como España, Italia y Grecia en que los gobernantes han podido emprender con éxito «ajustes» excepcionalmente severos aludiendo a la importancia de cumplir con sus compromisos con «Bruselas», a ningún político de la Argentina o del Brasil se le ocurriría justificar un planteo a primera vista antipático sobre la base de los acuerdos mercosureños.
Lejos de servir para ampliar la visión de los dirigentes de sus socios principales, el Mercosur ha tenido el efecto contrario al permitirles pasar por alto el hecho de que para prosperar los dos países deberán aprender a ser «competitivos» en el mundo entero, no sólo en una región tradicionalmente proteccionista de productividad sumamente reducida. Asimismo, el que un país, la Argentina, se haya comprometido con la estabilidad monetaria cueste lo que costare y otro, el Brasil, haya apostado a la flexibilidad, es decir, a las devaluaciones, constituye una fuente permanente de conflictos que ninguna conferencia -la próxima «cumbre» ministerial se realizará el 8 de octubre- podría resolver. Las contradicciones de este tipo no importarían mucho si los gobiernos de los presidentes Fernando de la Rúa y Fernando Henrique Cardoso se conformaran con un Mercosur decididamente menos ambicioso que el existente, aceptando que a lo sumo representa un conjunto de acuerdos comerciales y culturales, además de los vinculados con la libertad de movimiento, pero debido a que pocos están dispuestos a archivar la fantasía de la «unidad», es de suponer que conservará su forma actual a pesar de que las tensiones provocadas sirvan más para dividir que para unir.
En tiempos difíciles, los dirigentes nacionales suelen caer en la tentación de atribuir a otros países sus problemas más engorrosos, de suerte que no extraña que se haya intensificado la voluntad de distintos funcionarios argentinos y brasileños de intercambiar lindezas, ni que algunos ciudadanos privados se hayan entregado con regocijo a este juego. Mientras pareció que la Argentina se encaminaba hacia un "default" y la economía brasileña daba la impresión de estar avanzando viento en popa, nuestros vecinos pudieron dar a entender que si no fuera por la proximidad de un país tan poco confiable, el Brasil se erigiría pronto en una potencia más que respetable. Ultimamente, empero, la situación se ha transformado. Si bien aún no existen demasiados motivos para creer que la Argentina haya iniciado una recuperación, la devaluación constante del real brasileño -fenómeno que ha significado que conforme a la estadística México ya es dueño de la mayor economía latinoamericana-, ha estimulado a aquellos argentinos que quisieran convencerse de que el gran problema de nuestro país se llama Brasil.
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