Riesgos bélicos
La contribución más útil que podría hacer la Argentina es asegurar que, sobre todo sus fronteras, queden libres de células terroristas.
Ya que George W. Bush ha declarado la «tercera guerra mundial» contra el terrorismo que a su entender encarna el mal absoluto, todos los gobiernos sin excepción se verán obligados a elegir entre redoblar sus esfuerzos por desmantelar las organizaciones locales que podrían ser calificadas de terroristas, o exponerse al riesgo de verse incluidos en la lista negra de los enemigos del bien. Aunque es demasiado temprano como para saber hasta dónde Estados Unidos estará dispuesto a ir en esta «guerra», no cabe duda de que en todas partes la reacción provocada por los ataques contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono fortalecerá enormemente a los que favorecen una lucha despiadada contra todos los grupos violentos que se han propuesto embestir contra el statu quo. Justificar la ofensiva anunciada no será difícil: aunque la mayoría de las agrupaciones terroristas no cuenta con aspirantes al «martirio» y, de todos modos, pocas están en condiciones de emprender un ataque tan espectacular y sanguinario como el concretado el 11 de setiembre, a raíz de la «globalización» comunicativa se ha intensificado la propensión ya notoria de bandas terroristas del origen más diverso a intercambiar información y a ayudarse mutuamente, razón por la cual es por lo menos concebible que la detención oportuna de un etarra en nuestro país pudiera suponer la frustración de un atentado horroroso planeado por «islamistas» egipcios o sirios en Australia.
Con todo, mientras que en las naciones en que la democracia está bien consolidada desde hace muchas décadas y el respeto por la ley es tradicional, los perjuicios provocados por la necesidad de combatir el terrorismo con menos contemplaciones que antes podrían resultar mínimos, en otros, como la Argentina, es evidente el peligro de que las acciones resulten contraproducentes. Es que, por desgracia, la historia reciente de nuestro país ha mostrado de manera muy clara que los riesgos planteados por una «lucha contra la subversión» mal encarada distan de ser meramente teóricos. Aunque el régimen militar del general Jorge Rafael Videla logró su propósito de «aniquilar» a los Montoneros y al ERP, lo hizo al precio de convertirse el mismo en una suerte de organización terrorista. Para colmo, entre los que más prosperaron en el marco siniestro del Proceso se encontraron facciones militares, como la encabezada por el católico ultramontano Mohamed Alí Seineldín, que simpatizaban con los extremistas «islámicos» por motivos de antisemitismo o por su odio hacia Estados Unidos y Gran Bretaña. Por lo tanto, en el caso de que se reprodujera aquí el clima bélico que, por razones comprensibles, se ha apoderado últimamente de Estados Unidos, los más beneficiados no serían necesariamente los decididos a defender los valores básicos de nuestra civilización sino, por el contrario, sus enemigos más resueltos.
El gobierno del presidente Fernando de la Rúa se ha comprometido a colaborar plenamente con su homólogo norteamericano. Es muy bueno que lo haya hecho: dadas las circunstancias, otra actitud podría costarnos muchísimo en los próximos años sin reportarnos ventaja alguna. Sin embargo, aunque es factible, si bien poco probable, que la colaboración incluyera un aporte simbólico a las fuerzas militares de la alianza que está conformándose, la contribución más útil que podría hacer consistiría en asegurar que la Argentina, sobre todo en sus zonas fronterizas, quede libre de células terroristas que pudieran llevar a cabo atentados como los ya perpetrados contra la embajada de Israel y la sede de la AMIA o ayudar de cualquier modo a sus congéneres del resto del mundo. Pues bien: no existen muchos motivos para creer que la Policía y la Gendarmería poseen la capacidad para hacerlo con eficacia, la incompetencia de «los servicios» es sabida por todos y la idea de que sea imprescindible la eventual participación de las fuerzas armadas en tareas de inteligencia interna, si bien lógica, no puede despertar mucho entusiasmo. Así, pues, ajustarnos a la «tercera guerra mundial» podría ser casi tan difícil como ya nos ha resultado tratar de ajustarnos a las exigencias supuestas por la evolución de la economía internacional.