Robots
Columna semanal
EL DISPARADOR
Al alba, suena el despertador. Un muchacho de treinta y pico se despierta en un edificio que tiene seis departamentos en cada uno de sus doce pisos. En un movimiento mecánico, se sienta en la cama y apoya los pies en el suelo. Se prohíbe darle lugar a un susurro, interior, con tono de ruego: “Cinco minutos más, dale”.
Elude el desayuno y a los diez minutos ya camina por la calle. Prolijo: afeitado, pantalón pinzado, camisa planchada. En el subte ya no está solo. Va hasta el Obelisco, ese punto de reuniones tan dispares. Sube un charter que lo dejará en el trabajo una hora después.
Había amanecido con una llovizna tenue. Ahora salió el sol. Él entra a la oficina, y es como si fuera una cabina presurizada de un avión. Desangelada. Se sirve un café.
Sonríe, en un acto estudiado, ante los pocos jefes que tiene. La mayoría de sus compañeros están en un rango inferior. A ellos también les ofrece una sonrisa. Algo más descontracturado, incluso, cruza bromas. Breve. Como si todo fuera una ensayada introducción que precede la corriente por venir.
Se mete en una reunión. En otra. Y en otra. Un llamado. Almuerza frente a la laptop cuando promedia la tarde. Rápido, porque tiene otra reunión. Un llamado y otra reunión. Duda en su interior, pero su gestos son firmes, seguros. Como sus decisiones. Resuelve. Siempre resuelve. Se equivoca lo justo, y acierta mucho más. Y crece. Así pasarán años, cada vez con menos jefes, pero, igual, con más de los que él desearía tener.
Empieza a alistarse para irse. Cuando está por apagar la laptop ve un mensaje de la secretaria del gerente general: “Reunión de último momento”.
Dos horas después mira el reloj. Son las ocho. Otra vez, ¡ya son las ocho! Nunca es más temprano. Pero siempre llega a tiempo al charter que la empresa dispone para sus empleados. No se pregunta por qué el último viaje no sale antes. Está ocupado en descifrar cómo resolverá la ola de pedidos que le acaban de caer.
En el charter algunos se duermen, otros arreglan citas por chat y alguno se pierden mirando por la ventana. Damon Albarn suena en una radio que promociona un concierto que dará en Buenos Aires. El músico británico es un convencido de que la gente está alienada y ya no se mira a los ojos porque va con la cabeza gacha, enfocada en sus teléfonos y tabletas.
“Este es un disco que por sencillo no pierde profundidad, al contrario. Rescato su arte de decir fácil lo difícil, de explicar simple lo complejo”, comenta el locutor, antes de dar lugar a “Everyday robots”, un tema que, justamente, habla de cómo las personas se convierten en máquinas mientras viven, impulsadas todas por la trampa de la tecnología. Sigue “Heavy seas of love”, que dice algo así como que cuando tu alma no está bien y está desnuda, cruda en la noche, está en tus manos; y que cuando los vestigios de la oscuridad llegan para desvanecerse en la luz, entonces estás a salvo.
El muchacho baja del charter. Desanda el camino recorrido por la mañana. Sube por el ascensor. Enciende la luz del departamento. Piensa en el trabajo. Piensa y piensa. Se pone pantalones cortos y sale a trotar.
Juan Ignacio Pereyra (pereyrajuanignacio@gmail.com)
EL DISPARADOR
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora